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El libro ‘Peligro de muerte’, de Fonsi Loaiza, viene a decir una obviedad que parece que nadie quiere entender: la derecha no gobierna, solamente factura.
Por Dani Seixo | 23/06/2026
Coge el libro. 152 páginas. Si las aprietas, realmente sangran.
En esta ocasión Loaiza no escribe, Loaiza abre cadáveres. Y lo hace en un garaje, con una radial y sin anestesia, mientras el resto del país mira al techo y se pregunta por qué huele tan mal en la sala de estar. Peligro de muerte es un libro que no se lee, se respira. Y cuando lo sueltas, notas que algo se te ha quedado pegado en los pulmones. Alquitrán, o quizás ceniza. O el olor a residencia vacía en 2020, que al final es lo mismo.
Porque el libro, en el fondo, viene a decir una obviedad que parece que nadie quiere entender: la derecha no gobierna, solamente factura. Y lo público es el escaparate donde cuelga el cartel de «se vende» mientras las vidas entran y salen como mercancía en oferta. Este libro lo cuenta con la cara de póker del que ya no se sorprende de nada, pero se nota la rabia. Se nota en cada coma, en cada dato, en cada nombre propio que escupe sin temblar. No es un libro de opinión, es un libro de pruebas.
Habla de Mazón y la dana. Del que convirtió la emergencia en una lección de «no saber, no ver, no oír», mientras el barro se llevaba vidas y las responsabilidades se diluían en comisiones y subcomisiones hasta hacerse invisibles. Habla de Moreno Bonilla y el destrozo de la sanidad pública. De ese cribado de mamografías que parecía la logística de unos calcetines en un chino, con retrasos y fallos y diagnósticos que llegaban cuando el tumor ya tenía nombre y apellido. Habla de Ayuso. De las residencias. De los protocolos de la vergüenza. Muertos. Demasiados. Y detrás, siempre, el contrato, la privatización, el negocio redondo. Como si la muerte fuera un gasto menor en el balance de una multinacional.
Y no es que el autor tras este título sea un iluminado ni un profeta. Es un periodista. Pero un periodista de los que sudan. De los que cruzan datos y fechas y nombres hasta que la pieza encaja. Y el encaje de este libro es perfecto, pero perfecto en el sentido de un rompecabezas que te muestra una cara que no querías ver, la de los herederos de Franco que se visten de azul marino y hablan de eficiencia mientras desmantelan lo que otros sudaron por construir.
Pero lo que más molesta del libro, lo que realmente te deja la boca amarga y la cabeza caliente, no son las tragedias. Son los silencios. La manera en que todo esto no ha pasado, en que los responsables siguen en sus sillones y las víctimas, las de verdad, las que perdieron a su madre o a su hermana en una cama mal gestionada, tienen que organizarse en asociaciones para que alguien les haga caso. Loaiza les da voz, pero no como un favor, sino como una obligación. Porque el libro termina y te das cuenta de que no hay redención. No hay un capítulo final que diga «y entonces ganaron los buenos». Hay un epílogo que es una patada en los dientes y una pregunta que rueda por el suelo como una bala gastada: ¿qué coño vamos a hacer?
¿Que es un libro tendencioso? Claro que sí. ¿Que no es imparcial? Por supuesto. ¿Que se nota de qué lado está? Pues si con leer tres páginas no lo ves, es que llevas los ojos tapados a propósito. Pero la imparcialidad, en un tema así, es otra forma de cobardía. Loaiza no es cobarde. Es un autor que ha visto demasiado y ha decidido que el silencio no es una opción.
Peligro de muerte no es un libro. Es una prueba. Es el expediente de un crimen que sigue cometiéndose mientras hablamos. Y Akal no solamente pide que lo compres, pide que lo uses. Que lo lleves a la boca del que tiene el poder y le digas: «Mira. Esto es lo que hiciste. Esto es lo que hicieron los tuyos. Esto es lo que vas a seguir haciendo si no paramos».
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