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Desde una perspectiva internacionalista y solidaria, la presencia del equipo sionista en esta competición no es un detalle menor, es una afrenta, una extensión de la violencia colonial.
Por Dani Seixo | 9/09/2025
«El colonialismo y el imperialismo no saldaron sus cuentas con nosotros cuando retiraron de nuestros territorios sus banderas y sus fuerzas policíacas. Durante siglos, los capitalistas se han comportado en el mundo subdesarrollado como verdaderos criminales de guerra. Las deportaciones, las matanzas, el trabajo forzado, la esclavitud han sido los principales medios utilizados por el capitalismo para aumentar sus reservas en oro y en diamantes, sus riquezas y para establecer su poder»
Frantz Fanon
«Hay que escuchar a la gente, aprender de la gente. No escondan nada ante el pueblo. No digan mentiras: denúncienlas. No pongan máscaras a las dificultades, los errores, las caídas. No canten victorias fáciles»
Amílcar Cabral
El alquitrán hirviendo bajo el sol del verano en la península. El zumbido de los neumáticos forzando su resistencia, la respiración entrecortada de los ciclistas que exprimen hasta la última gota de su sudor por un maillot rojo, una foto final y un nuevo contrato. Otra Vuelta a España, otro espectáculo rodante que pasa por nuestras carreteras, por los viejos pueblos, por la Galiza que resiste ajena al sentido de esta competición y la que no se rinde. Pero este año, uno puede apreciar algo más en el aire, un frío hedor a podredumbre que no viene del asfalto o del sudor rancio de los deportistas. Es el hedor de la historia repitiéndose, del blanqueamiento descarado de un genocidio, una farsa que hemos visto antes, ahora revestida con nuevos ropajes y patrocinadores dispuestos a todo por intentar limpiar la sangre de sus manos.
Uno ve ese equipo sionista, con sus colores y el símbolo de una nación que hoy mismo masacra y borra la memoria del pueblo palestino, deslizándose con la misma impunidad con la que hace unos años las potencias europeas aplaudían los Juegos Olímpicos de Berlín. Era 1936 y Hitler, con su sonrisa de depredador, usaba el músculo de Jesse Owens para distraer al mundo mientras la maquinaria nazi comenzaba a engrasar sus ejes con promesas de sangre y fuego. Los diplomáticos, los grandes industriales, la burguesía occidental, con sus copas de champán en la mano, hacían la vista gorda. Miraban a otro lado o directamente aplaudían el «orden» y el «esfuerzo» mientras el fascismo germinaba en el corazón de Europa. Blanqueamiento en directo, patrocinado por la indolencia y los intereses de clase. Al igual que entonces, los más cínicos entre los responsables de la barbarie, llamaban a no politizar el deporte.
Y aquí estamos de nuevo, en las carreteras gallegas o en cualquier carretera serpenteante del estado español. El circo ciclista sigue su curso, pero fuera del cordón de seguridad, la policía carga. Los porrazos, los empujones, los gritos de «Palestina libre» ahogados por el rugido de las motos y silenciados por comentaristas deportivos y periodistas a sueldo del genocidio. ¿Dispersarse ante qué? ¿Ante la verdad? ¿Ante la conciencia de quienes se niegan a soportar en silencio el asesinato impune de miles de niños? Esos jóvenes que levantan la voz contra el genocidio, contra la limpieza étnica, contra un régimen de apartheid que no se esconde, son los mismos que en el 36 habrían sido señalados como «elementos subversivos» por oponerse al «orden» que convenía a los de arriba. Los mismos que habrían sido sacrificados en el altar de la esvástica ante un proyecto genocida e inhumano, como lo es hoy el sionismo. La historia, joder, no es una espiral, es una línea recta de violencia y complicidad que se disfraza con nuevos uniformes y logotipos. Todo por el beneficio de una minoría, por el peso de un sistema cainita y cruel.
Desde una perspectiva internacionalista y solidaria, la presencia del equipo sionista en esta competición no es un detalle menor, es una afrenta, una extensión de la violencia colonial. Israel es en su propia esencia, un proyecto de Estado colono-invasor. Su existencia se fundamenta en la expropiación, el desplazamiento y la negación de los derechos de un pueblo palestino nativo. Sus instituciones, incluyendo las deportivas, son herramientas para la normalización de esa brutalidad, para presentarse ante el mundo como un Estado «democrático» y «moderno» que solo busca su «propia defensa y seguridad». Es la misma lógica que operó en la colonización de América o África, solo que, en pleno siglo XXI, con cámaras de alta definición y redes sociales, el blanqueamiento se vuelve más obsceno, más descarado. La sangre de sus víctimas casí puede palparse, pese a la indiferencia de tantos. Se intenta borrar la historia, la memoria de la nakba, la diaria humillación en los checkpoints, la violencia de los asentamientos. El deporte se convierte así en un teatro para la «deshumanización» del colonizado y la afirmación del poder colonizador.
Pero nuestras carreteras aún nos gritan la verdad desde las entrañas: esto es un asunto de clase. La burguesía, esa que se sienta en los palcos, que invierte en los equipos, que controla los medios, no tiene moral, solo rentabilidad. ¿Que Israel es un régimen de apartheid? Da igual. Es un aliado estratégico en una región vital para el capital global. Es un baluarte de los intereses occidentales. Una pieza vital en esta nueva guerra mundial que ya está en marcha. La represión de las protestas pro-Palestinas en nuestras ciudades no es una mera cuestión de «orden público», sino que supone la defensa del statu quo, la protección de los intereses económicos y geopolíticos que se benefician de esa brutalidad. La policía, con sus porras y sus cascos, es el brazo armado de esa defensa de clase, de una burguesía transnacional que blanquea fascismos y colonialismos con el mismo cinismo y la misma eficiencia. Lo importante es que las ruedas sigan girando, que el dinero fluya, que nadie moleste con verdades incómodas. Lo importante es imponer un tupido velo de mentira ante los gritos desesperados de las víctimas de su codicia.
Uno se cansa de ver siempre lo mismo, la misma mierda bajo diferentes capas de pintura. Los atletas, con sus músculos tensos y sus caras de esfuerzo, son solo peones en un tablero mucho más grande, un tablero donde se deciden la vida y la muerte de pueblos enteros. Y mientras ellos pedalean hacia la meta, con el público animando y las cámaras transmitiendo el espectáculo de la «unidad» y el «deporte», fuera de cuadro, la brutalidad sigue su curso y el hedor de la hipocresía se hace más intenso, más asfixiante. La historia nos advierte, pero la sordera del capital es incurable. Y en medio de todo este circo, solo puedes escupir tu rabia al suelo y esperar que el ruido de los porrazos despierte a alguien más allá de los cánticos coreografiados y los aplausos vacíos. Porque si a ellos no les importan nuestros muertos, ¿por qué deberían importarnos sus absurdas competiciones? ¿por qué deberíamos someternos a sus valores a su pacifismo de un único carril? ¿por qué seguir reaccionando comedidamente ante la injusticia?
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