Ola Arafat: ‘Para resistir, el pueblo palestino primero necesita sobrevivir’

Entrevistamos a Ola Arafat, presidenta de la asociación Salam Gaza, que desde Navarra proporciona ayuda humanitaria a la población gazatí.

Por Tania Lezcano | 4/08/2026

Ola Arafat es presidenta de la asociación Salam Gaza, en Pamplona. Nació en Gaza y hasta los 25 años vivió bajo el asedio israelí junto a sus padres y sus cinco hermanos. Estudió Farmacia en la Universidad de Al-Azhar y después trabajó en el hospital Al-Shifa, el mayor complejo hospitalario de Gaza, que Israel destruyó entre noviembre de 2023 y abril de 2024. En 2002, cuando Ola tenía 25 años, su marido obtuvo una beca para estudiar un Máster y una Tesis Doctoral en Navarra y ella vino con él.

En 2017 volvió a trabajar en su campo y fundó la empresa de biotecnología DNA Catcher, centrada en abordar problemas de salud, alimentación y medio ambiente a través de soluciones innovadoras. En diciembre de 2024 creó la asociación Salam Gaza, con el objetivo de proporcionar ayuda humanitaria desde la horizontalidad, sin olvidar la lucha del propio pueblo palestino por su liberación.

A lo largo de los años ha recibido numerosos premios por su labor profesional y también por su activismo por los derechos humanos. En 2024 el Gobierno de Navarra le concedió el Premio Navarra de Colores por ser «un auténtico referente y un apoyo para todas las personas migrantes, especialmente para las mujeres árabes», y por su «lucha incansable en defensa de los derechos humanos del pueblo palestino». Un año después fue nombrada Pamplonesa del Año y la asociación como colectivo obtuvo el Premio Navarra de Colores en la categoría de «Asociación de Colores». También en 2025, el Parlamento de Navarra concedió la Medalla de Oro al pueblo palestino y a quienes envían ayuda humanitaria. Ola Arafat la recogió como representante de Salam Gaza, y lo hizo junto al embajador palestino en España, Husni Abdelwahed.

En esta entrevista, realizada el pasado 29 de julio, hablamos con Ola sobre su vida en Gaza y su labor humanitaria.

A los 25 años saliste de Gaza. ¿Cómo recuerdas tu vida allí?

Desde que nací, mi vida en Gaza fue ver a militares en la calle, tanques, ocupación. Con diez años viví la primera intifada, en 1987. Esto significa que salir e ir al colegio era una lucha diaria porque era muy posible que no pudieras volver. Aun así, recuerdo que nos juntábamos todos los vecinos de la casa para ir en grupo y así quitar un poco el miedo de enfrentarnos a los tanques y armas apuntándonos todo el rato. En ese momento, además, el problema era que los soldados israelíes eran jóvenes, acababan de hacer el entrenamiento militar. Casi todos tenían entre dieciocho y veinte años y estaban haciendo prácticas. Para ellos, los niños éramos como ratones de laboratorio. Y probaban: «¿Qué te parece si apuntamos a este a ver?». Éramos sus juguetes. Cada día, su juego era disparar a ver qué tocaba. Y recuerdo que cada día volvíamos con uno menos en el grupo. Mientras estábamos en el colegio, los soldados también podían entrar en cualquier momento, podían sacar a todos de sus clases y disparar… Pueden hacer cualquier locura que te puedas imaginar. Pero, para mí, lo más duro durante la intifada fue que no podía desarrollar ninguna actividad de mi vida. No podía ir al colegio ni disfrutar de salir con mis amigos a tomar un helado, por ejemplo, o jugar en la calle. Eso es algo que nosotros nunca hemos vivido.

Además, había toque de queda. A partir de las ocho de la tarde estaba prohibido abrir la puerta de tu casa. Ni siquiera podíamos abrir la ventana para refrescar. Imagina ese momento de la tarde, te agobias en casa, con todos tus hermanos. Y no podías abrir las ventanas, porque había soldados al lado de cada casa y podían dispararte a la cabeza y ya. Y esto te marca para toda la vida. Y tú, como niña, ¿qué vas a hacer en esos ratos tan largos? No nos quedaba otro remedio que estudiar, estudiar y estudiar. O hacer actividades relacionadas siempre con la mente: hacer autocontrol, reflexionar sobre cómo vas a ser fuerte en medio de ese desastre. Por eso, si te fijas, prácticamente toda la población palestina tiene una fuerza espectacular. Y todo el mundo se pregunta de dónde la sacamos. Y la verdad es que no nos queda más remedio que sacarla. Así que mi vida en Gaza era luchar por sobrevivir, luchar por la educación, luchar por cualquier cosa mínima que, aunque era un derecho básico, para nosotros siempre era una lucha. Eso nos enseñó a poner siempre retos en toda nuestra vida. Nunca cogemos algo fácil. Siempre los retos y, si lo sacamos, genial; si no, al menos lo hemos intentado.

Otra de las cosas que me marca de pequeña son las noches. Imagina cuando ya hace mucho frío y está lloviendo, de madrugada. Mientras tú duermes, de repente ves cómo la puerta de tu casa se rompe y entran cincuenta soldados. Se llevan a todos los hombres en calzoncillos a la calle, con el frío, y las mujeres sentadas. A los hombres los obligaban a limpiar las calles. Ya sabes que con la lluvia está todo lleno de agua, no hay desagües… Pues les daban una herramienta especial y les decían: «No quiero ver ni una gota de agua en el suelo». ¡Pero está lloviendo! Y eso hacían con los hombres mayores de catorce años: mi padre, mis tíos… Esto está marcado en mi cabeza, no podré olvidarlo nunca. Pero los soldados no se contentan con eso. Mientras nosotras, las niñas y las mujeres, estamos sentadas dentro, ellos miran por la casa: «Este reloj me gusta». Lo pone en su mano y tú no puedes abrir la boca. «Guau, una pulsera de oro. ¿Esto te regaló tu marido cuando os casasteis? Pues ahora me la llevo para mi mujer». Incluso abren la nevera y empiezan a comer. Cualquier cosa. Y tú sientes rabia, impotencia, no puedes hacer nada, los hombres tampoco pueden hacer nada…

En definitiva, hemos vivido la ocupación. Y creo que la palabra «ocupación» habla por sí sola. Aun así, me gustaría destacar que, a pesar de todo, todo eso que vivimos bajo la ocupación no tiene nada que ver con lo que pasa en Gaza desde el 7 de octubre de 2023. Porque con la ocupación vivimos la fuerza militar, las humillaciones y todo esto, con lo duro que es, pero por lo menos teníamos nuestras casas, teníamos comida y agua. Por la mañana, aunque con mucha dificultad, podíamos ir al colegio y sacábamos nuestra vida adelante. Pero, en este momento, el pueblo gazatí se está enfrentando a la ocupación que enfrenta desde hace 78 años, pero también a un genocidio. El 99 % de la población ya está en tiendas de campaña de plástico. Han perdido todo. Antes te podían robar algo, pero ahora te han robado la vida. Y, aunque ves gente andando, en realidad son cadáveres andantes. Son cadáveres sin alma, su cabeza solo vive minuto a minuto, luchando por un vaso de agua y un plato de comida. Antes, bajo la ocupación, teníamos objetivos, pensamiento, teníamos colegios y universidades. Era difícil, pero lo teníamos. Ahora mismo no hay nada.

¿Cómo fue tu llegada a España?

Mi marido era profesor en la facultad de Farmacia de la Universidad de Al-Azhar. Era excelente y su objetivo era mejorar con un Máster y un Doctorado. Quería llegar a lo más alto porque su intención era volver luego a esa universidad con nuevos métodos de aprendizaje, para mejorar también la mentalidad y el futuro de los estudiantes de Gaza. Así que empezó a solicitar becas en otros países hasta que le cogieron, en una preciosa casualidad, en la universidad privada de Pamplona, y entonces vinimos.

En 2006, cuando mi marido acabó los cuatro años de Máster y Tesis Doctoral, volvió a Gaza, pero yo no pude ir con él en ese momento. Se fue con mi hija mayor, que entonces tenía tres años, y fue precisamente para hablar con la universidad. Yo estaba embarazada y él les dijo que cuando naciera el bebé volveríamos a Gaza. Pero justo ese año hubo una guerra extraordinaria. Mi hija tuvo muchos problemas psicológicos por las bombas y se quedaron atrapados allí, no podían salir. De hecho, en ese momento me dirigí a los medios aquí para pedir que rescataran a mi hija, ya que es española. Por fin, tras mucho sufrimiento, los sacaron de allí. Cuando regresaron, mi marido vio que ya no era posible volver a Gaza y desde entonces tiene un shock respecto a regresar, así que decidimos quedarnos aquí definitivamente. Yo hace 24 años que salí de allí y nunca he vuelto, ni siquiera de visita.

Ola Arafat en su empresa de biotecnología, DNA Catcher.

¿Cómo viviste la intensificación del genocidio tras octubre de 2023?

Como gazatí, yo no podía quedarme de brazos cruzados y callada mientras veía caer a todo mi pueblo, a mis vecinos… viendo morir a cientos cada día. En ese momento, escuché a gente de aquí decir que habíamos empezado nosotros. Vi entonces que había tanta gente mal informada, y pensé que este pueblo navarro, que es muy solidario, merecía información. Entonces, yo era una de las fundadoras y principal portavoz de la plataforma Yala Nafarroa con Palestina. Salíamos a las manifestaciones con 12.000 y 15.000 personas, di muchas charlas en medios, para explicar que esto no empezó el 7 de octubre, sino en 1948 e incluso antes. Pero, a medida que pasaba el tiempo, empecé a ver que las necesidades eran otras por lo que me decían desde Gaza.

¿Qué mensajes te transmitían y te transmiten ahora tu familia y amistades en Gaza?

Cuando realizaba todas esas actividades, yo enviaba a mis familiares y amigos las fotos de las manifestaciones, etc., y me decían: «Mira, Ola, agradecemos todo lo que estáis haciendo, pero estamos al límite y, si nos preguntas ahora qué es lo que queremos, esto no afecta en nada. Está muy bien salir a gritar “Stop genocidio”, pero Israel sigue haciendo lo que quiere. Desde la calle no vais a cambiar nada. Si quieres ayudarnos de verdad, ahora mismo ayúdanos a sobrevivir. Estamos muriendo de hambre, de sed y por falta de medicamentos». Me dicen que, desde luego, no dejemos de ejercer presión política, de hablar sobre Gaza, pero ahora ya prácticamente todo el mundo y los medios saben lo que está pasando, y me pidieron que me centrara en salvar vidas y no perder mi energía en eso. Y, cuando desde dentro te dicen eso, ¿qué vas a hacer?

Además, para informar hay mucha gente experta que se puede encargar de esa tarea.

Eso es. Por ejemplo, en Yala Nafarroa hay gente mucho más experta y capaz que yo, sobre todo en el tema político. Saben más que yo y saben cómo hablar. Yo cero política en mi país y también aquí. Solo entré para ayudar a mi pueblo. Así que, como a mí me estaban pidiendo agua y comida, pensé que, mientras ellos hacían su trabajo, yo podía desarrollar este camino: transformar la solidaridad del pueblo español en acciones concretas. Porque ahora tú sales a la calle a gritar: «¡Viva Palestina, acabemos con la ocupación!», pero vemos a gente muriendo de hambre y de sed. Así puedes salir y apoyar, pero a la vez ayudar con un vaso de agua. Y quizá este vaso de agua va a ser más eficaz ahora mismo, porque lo otro es más eficaz a largo plazo. Llevamos 78 años y nadie ha podido parar esta masacre. Yo, como gazatí, llevo décadas esperando la libertad de Palestina. Yo vivía con mi abuela y ella pasó horas y horas explicándome nuestra raíz, porque no somos de Gaza, sino desplazados. Y ella, con la llave en la mano, me preguntaba: «¿Crees que volveré a mi casa?». Yo le respondía que sí. Y mi abuela ya no está. Llevo décadas esperando la vuelta a casa y la libertad de Palestina, así que yo, como gazatí, quiero vivir una victoria día a día. Y para mí, cada reparto de agua y de comida es mi victoria. Salvar una vida al día lo celebro como una victoria.

La verdad es que, para sentir lo que siente ahora la gente de Gaza, hay que ser gazatí. Desde lejos, viviendo en tu casa, con tu agua, tu comida, tu coche y tu vida formada al cien por cien, no puedes saber lo que quieren estas personas masacradas. Ahora mismo, a ellas solo les importa parar todo esto, comer y vivir. Ni siquiera piden sus casas. Se conforman con vivir en esas tiendas, pero con comida, agua y medicamentos. Fíjate hasta qué punto. Hay que ser realistas. No puedes pensar en ellos sin vivir ni un minuto lo que han vivido.

Ola Arafat besa su colgante de Palestina en la recogida del Premio Navarra de Colores 2024.

Como el reconocimiento del Estado palestino por parte del Gobierno español. Es simbólico si no se llevan a cabo más acciones, como el boicot a todos los niveles o la ruptura de relaciones con Israel.

Me parece genial el gesto, es valiente. Pero ¿ha cambiado algo? Y efectivamente, hay que boicotear, hay que salir a la calle, hay que dar visibilidad, seguir hablando de ellos, seguir exigiendo que pare, etc. Pero mientras exijo y espero a que se cumpla lo que exijo, ya no quedará pueblo gazatí. Así que, mientras se hace eso, hay que ayudar al pueblo a sobrevivir.

Muchas campañas de recaudación de dinero tienen como base la caridad sin profundidad política. ¿Cuál es la filosofía detrás de Salam Gaza?

Mi lema siempre es: «Para resistir hace falta sobrevivir». No me hables de resistencia mientras la gente se muere por falta de agua. No lo compro. De hecho, desde Gaza, a mí me han dicho: «Basta de aplaudir nuestra resistencia. Ayudadnos a resistir». Ellos saben que les apoyamos, pero ¿cómo va a seguir viva esa lucha mientras se están muriendo por un vaso de agua? Siete personas murieron de sed hace una semana.

Además, seamos realistas: ¿quién liberará a Palestina? ¿Crees que nosotros, desde Europa o desde donde sea, vamos a liberarla? Quien la tiene que liberar es un palestino. Por eso, desde Salam Gaza ayudamos a estos niños palestinos también sabiendo que uno de ellos liberará Gaza. Y, si te fijas, el objetivo de Israel es acabar con los niños, porque lo sabe perfectamente.

Por otro lado, me gustaría subrayar algo muy importante. Quiero advertir a todo el pueblo que no confundamos la ayuda a Palestina con la ayuda a Gaza. Salam Gaza es la única ONG navarra (no sabemos si de otros territorios) que está trabajando en el terreno. Hay muchos más grupos que envían ayuda humanitaria a Palestina, pero no a Gaza, porque allí es realmente difícil. Trabajan, por ejemplo, en Cisjordania, donde también es necesaria la ayuda, pero es importante no confundir a la gente, porque, ante la urgencia en Gaza, muchas personas desean ayudar a quienes están allí.

Voluntarios de la ONG en Gaza.

Según vuestra información, en este año y medio habéis repartido más de 5.000 platos de comida recién hecha y más de 4 millones de litros de agua potable. Teniendo en cuenta el bloqueo de entrada de ayuda humanitaria que ejerce Israel, ¿cómo conseguís que llegue el dinero y cómo se transforma allí en comida y agua?

Aquí podemos hablar de las fortalezas de Salam Gaza. La primera es que dos personas de la junta somos gazatíes. Yo he vivido 25 años en el terreno y la otra persona, 35. Esto quiere decir que conocemos cada rincón de Gaza como la palma de nuestra mano. Eso nos permite llegar a zonas en las que muere gente y a las que no llega la ayuda humanitaria internacional ni saben entrar a esos rincones. Por otro lado, aquí en Navarra tenemos un grupo de voluntarios muy grande, pero ser gazatíes nos permite tener un grupo de voluntarios de Salam Gaza dentro de la franja. En nuestra cuenta de Instagram puedes ver los vídeos y actualizaciones de cada acción que llevamos a cabo y puedes conocer a ese grupo de voluntarios. Es decir, trabajamos en un equipo formado por dos partes: una parte en Navarra y España, que se dedica a recaudar dinero; y otra parte, que es la que ejecuta, busca y ve las necesidades de la gente sobre el terreno. Además, las dos personas gazatíes de aquí estamos en contacto minuto a minuto con Gaza, comprobando que todo llega.

Ahora, ¿cómo llega? Nosotros, desde aquí, trabajamos con organizaciones, empresas y restaurantes locales de Gaza. Y lo más importante: las ONG con las que trabajamos están reconocidas y autorizadas por la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Porque todos sabemos que la única fuerza legal es la ANP. Sobre el agua, la compramos a la única purificadora de agua que queda en pie en Gaza, reconocida también por la ANP. Que sean ONG locales significa lo siguiente: Cuando te encierran en tu casa y no permiten que entre nada desde fuera, tú aun así conoces tu hogar. Sabes dónde puedes encontrar una lata de atún guardada, un poco de arroz, etc., y lo mantienes. Estas ONG y empresas palestinas saben perfectamente cómo encontrar las cosas y dónde se pueden comprar. Eso nos permite no depender de abrir la frontera y esperar a que entren camiones.

No solo os centráis en la llegada de comida y agua, sino que también tenéis algún proyecto educativo para niñas y niños huérfanos. Cuéntanos un poco sobre ello.

Nuestro trabajo es salvar vidas, pero no solo nos dedicamos a agua y comida. Ahora mismo es la necesidad más urgente, pero tenemos otros proyectos para mejorar el futuro de las niñas y niños huérfanos, que no son menos de 40.000. Trabajamos con un internado, el instituto Al-Amal, que fue construido en 1949, un año después de la Nakba. Se ha encargado siempre de los huérfanos que ha dejado cada guerra y masacre. Pero después del 7 de octubre, Israel ha dejado una cantidad de huérfanos nunca vista. Porque este genocidio lleva 78 años, pero ahora a una escala mucho mayor. Además, este instituto también ha sido bombardeado y los huérfanos han sido desplazados y necesitan apoyo. Desde Salam Gaza apoyamos a este instituto a través de un proyecto. No podemos ayudar a todos los huérfanos que hay, somos pequeños, pero es un refuerzo. Lo que hemos hecho ha sido coger a 240 niños de entre 6 y 12 años. ¿Por qué esa franja? Porque es la edad donde se aprende. Y muchos de estos niños han sido rescatados de los escombros, pasaron horas o días junto a sus familias muertas bajo los escombros. Están muy mal psicológicamente. Tienen miedo, shock, trauma y depresión. Aunque todos los niños sufren lo indecible, esta edad es crítica. Así que el proyecto se ha llevado a cabo en tiendas de plástico y era 70 % trabajo psicológico y 30 % educación.

Y, a partir de octubre llevaremos a cabo otro proyecto también con huérfanos, pero de otra franja de edad: de 14 a 18 años. ¿Por qué? Porque este genocidio ha dejado a esa niña o niño de 14 o 16 años como responsable de cuatro o cinco hermanos suyos. Para ser responsables necesitan un trabajo y, para ello, formación. Por eso, vamos a dar a 80 niños de esas edades una especie de FP, formación básica durante dos años para tener un trabajo y poder ocuparse de sus hermanos. Ahora, lo que hacen es coger cosas para vender, por ejemplo. Llevan tres años sin poder estudiar, así que con esto queremos mejorar su futuro, intentar plantar una flor en un campo lleno de miedo. Para mí, uno de estos niños va a ser la flor de Palestina. No tienen derecho a ver todo lo que han visto. Y la vida no es solo comer y beber, queremos dibujar un futuro para ellos.

Imagen enviada por el equipo de Gaza para confirmar que ha llegado la ayuda.

También tenéis un sistema de acogida de huérfanos, que se llama kafala.

Eso es. Ayudamos a grupos concretos en los que se queda un familiar —una abuela, un tío— cuidando a varios huérfanos. Llevamos un año con este proyecto y muchas familias de acogida ya. Por ejemplo, hay gente que me llama y me dice: «Quiero hacer kafala para un niño huérfano. ¿Cuánto es?». Y yo le digo: «Cien euros al mes». Y cogemos una familia de acogida. Cuanta más gente kafala hay, más niños se pueden acoger. Y hay más de 40.000 niños… Estamos trabajando con una abuela que me encoge el corazón cada vez que hablo con ella. Una abuela de 78 años, se han muerto tres de sus hijos con sus mujeres. Uno ha dejado tres hijos, otro cinco, otro cuatro… y ella está sola con todos ellos. Y no tiene fuerza. Como esta mujer hay muchísimas personas, pero no las conocemos.

En San Fermín habéis llevado a cabo una campaña especial con el lema «Una camiseta = 500 litros de agua». ¿Cómo ha sido la acogida en la población?

Siempre digo que la solidaridad navarra, chapó. La gente venía al puesto diciendo: «Yo quiero participar con mil litros de agua. ¿Qué cojo?». O directamente: «Quiero dar y no quiero llevarme nada». Ha tenido éxito, la acogida ha sido extraordinaria. Todavía no he hecho los cálculos, pero cuando sepa para cuántos meses de agua da, saldré en rueda de prensa para agradecer a todo el pueblo y comunicar cuánto tiempo más podremos aportar agua gracias a esta campaña. Creo que mucha gente ha encontrado en esto una forma de colaborar directamente dentro de Gaza. Y pueden saber perfectamente adónde ha ido a parar su dinero y cómo se está repartiendo.

Hay total transparencia, entonces.

Eso es. En nuestra cuenta de Instagram compartimos constantemente vídeos de nuestros voluntarios con carteles que especifican con qué campaña se está llevando a cabo esa acción: «Gracias al ayuntamiento de X», «gracias a San Fermín», etc. Se puede hacer un seguimiento de nuestro trabajo.

¿Cuáles son vuestros proyectos a medio plazo?

Tenemos más objetivos: vuelta al colegio de los niños de forma regular y también mejorar la vida de las viudas. Hay miles de viudas y, en vez de quedarse esperando ayuda, ¿por qué no les compramos una amasadora o una máquina de coser? Y que ellas sean independientes y saquen a sus familias adelante. Y luego otro, el más bonito para mí. Después de todo lo que está pasando, el 100 % de los niños y niñas gazatíes están enfermos psicológicamente. Para transformar la pérdida de familia, de toda su vida en un día, la rabia, el dolor o la venganza en algo positivo, queremos crear centros de deporte. Todos sabemos que con el deporte podemos sacar toda la energía negativa. Pero tienen que ser profesionales en psicología, que trabajen con los niños a través del deporte.

Tenemos muchos proyectos, pero todavía seguimos atados a la ayuda de emergencia, porque es lo necesario ahora mismo. Cuando entre la ayuda internacional, podremos empezar con nuestros proyectos grandes. Porque Gaza nos necesita ahora, pero nos necesitará mañana y pasado. Aunque acabe el genocidio, para reconstruir Gaza se necesitarán años y serán necesarios los gobiernos grandes. Pero nosotros seguiremos apoyando a los más débiles, los niños y las viudas.

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