Odiar el moderneo es una necesidad (de clase)

Por Carmen Romero 

Como gentrificación se entiende la transformación de un barrio obrero o marginal en un barrio de supuesta clase media. Estos barrios suelen tener el metro cuadrado bastante barato, lo que le permite al promotor obtener beneficio.

Esto significa que el neoliberalismo se introduce en un barrio obrero a través de lo estético (bares de cereales, panaderías cuquis, etc.) y revienta a la clase trabajadora, la cual se tendrá que ir a vivir a la periferia. Los jóvenes de clase trabajadora expulsados a la periferia tendrán que ir cada mañana a trabajar al bar de moda del barrio donde vivieron sus padres antes de ser expulsado. No tiene más.

En ocasiones, en medio de todo este ecosistema chic, sobrevive una frutería o carnicería de siempre. Es como cuando entre tanto trapero pijo que va de barrio hay uno que de verdad lo es.

Poco a poco, las panaderias, los ultramarinos y los bares de bocadillos de choped se transforman en lo que a día de hoy es Malasaña: un espacio de ocio donde influencers, artistas del moderneo y bocadillos de aguacate a los que llaman brunch, confluyen.

La transformación de estos espacios va ligado a los cambios que sufre el entorno de los barrios. Se trata del encarecimiento de la vivienda, la transformación de alquileres locales en AirBnb para turistas y el consumo descarnado.

1. La identidad

Todo este movimiento se relaciona con la identidad hipster. No tengo nada en contra de los hipsters. De hecho, con 14 años lo fui. Se me pasó rápido la movida. Mis condiciones materiales no me permitían estar a la moda. Esta subcultura se basa en eso, en el consumo. Repasaremos la mayoría de las características que conforman esta identidad una a una: posiciones políticas verdes, ropa de segunda mano y establecimientos vintage.

Políticas verdes

No vamos a entrar a fondo en el tema del ecologismo. No tiene sentido. Sí hablaremos de las bicicletas. Podemos hablar de la elitización del uso de la bicicleta. No estoy diciendo ni mucho menos que usar bici sea elitista. Me explico.

Por esta gentrificación y la expulsión de la clase trabajadora del centro de las ciudades hacia las periferias, ir desde un barrio periférico de Madrid hasta Lavapiés en bici para trabajar es una locura. ¿Quienes se pueden permitir ir en bicicleta por el centro de la ciudad? Los que ya viven en el centro de la ciudad. Como dato, yo vivo en un pueblo y aquí solo usa bicicleta para ir de un lado a otro el tonto del pueblo o el profesor de biología que va de jipi.

Por otro lado, el consumo de alimentos veganos y orgánicos. Para mi el brunch vegano es levantarme tarde y con resaca un domingo y desayunar una tostada con guacamole a las 12 del medio día porque es lo único que hay en la nevera. Para este movimiento va más allá. Supongo.

Esto del ecologismo y la neolengua me llama mucho la atención. Lo explico en una anécdota.

Mi abuelo tiene sembrado tomates. Un día me dijo que si quería, que “son ecológicos de esos, como los del Carrefour”. Las trampas del lenguaje neoliberal llegan hasta a los que llevan trabajando el campo toda la vida. En mi pueblo eso es un tomate normal, el que dice que es ecológico es el mercado para ponerle la pegatina y cobrarte dos pavos más mientras el agricultor que los ha recogido no ve un incremento en su sueldo porque esos tomares sean eco.

Ropa de segunda mano

Sin duda, una de las primeras alarmas que salta cuando a un barrio le ataca la gentrificación es que se llene de tiendas de ropa vintage. Es lo que me gusta llamar El virus Malasaña. Barrio que se llena de ropa vieja y usada traída desde Nueva York para ser vendida entre las clases medias y que así puedan vestir un Gucci aunque sea usado, barrio al que llega la gentrificación.

En estas tiendas puedes comprar ropa Gucci, Balenciaga, Levis y diversas marcas caras a un precio más que barato en comparación al que se encuentra en las tiendas oficiales. Claro, esa ropa es de segunda mano o incluso tercera. El elitismo al alcance de todos, el consumismo extremo guiado por el aparentar y el pensamiento único. 

Establecimientos vintage 

Una tarde entré a una cafetería donde vendían libros y flipé. Nunca había visto esa fusión. Ahora es de lo más normal en este tipo de barrios. A esta integración de servicios se le llama reciclaje simbólico, una librería donde puedes tomar vino y venden editoriales independientes.

Luego están las barberías vintage. La típica barbería clásica donde un señor mayor y muy de derechas iba a cortarse el pelo. Era una cosa de la elite.  Ahora, con el rollo hipster, este tipo de barbería existen a rebosar. Pero con matices. Ahí va otra anécdota.

Un día iba andando por el centro y algo me llamó bastante la atención. La Malasaña de Sevilla es La Alameda de Hércules. De La Alameda salen dos calles principales: Amor de Dios y Trajano. Son calles paralelas. En Trajano hay una barbería bastante chula de rollo hipster, vintage o como quieran llamarlo (La Navaja). En Amor de Dios, una barbería clásica (Manuel Melado). La hipster suele estar llena de chavales jóvenes afeitándose, pelándose o tatuándose. La clásica, de señores mayores con camisa y pantalón de traje.

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2. El caso Sevilla

En septiembre de 2019 llegó la noticia de que el viejo cine Alameda iba a ser derribado para construir un hotel. Como dato, Sevilla es la cuarta ciudad de España con más viviendas turísticas concentradas en el casco histórico y alrededores.

La remodelación de la Alameda comenzó con la Expo del 92. Después llegaron las inversiones de fondos europeos para la supuesta reforma del tejido urbano. Esta operación se hizo con un supuesto tono progre, como supuesta contraposición al abandono por parte del franquismo de estos barrios.

En la Alameda, antes de todo esto, había prostitución, venta ambulante, tráfico de drogas, etc. Esta regeneración no contó con los vecinos que entonces vivían allí y en sus alrededores. Más bien se les expulsó. Al mismo tiempo que esto pasaba, en los barrios periféricos los vecinos se multiplicaban. A día de hoy, Sevilla cuenta con siete de los catorce barrios más pobres de España. Los precios siguen subiendo y el centro queda para las élites y el turismo.
Lavapiés, Trajano, Amor de Dios o la Alameda no son un paraíso multicultural de Lonely Planet. Estos barrios y los vecinos de toda la vida que quedan tienen bastantes problemas. La gente que vive allí se organiza y lo intenta arreglar a pesar de los buitres especuladores y sus necesidades de “higienización” a través de ese progresismo inútil de intentar llenarlo todo de color, cereales y magdalenas. Al final, todo vuelve a ser lucha de clases.

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