Nos faltan las risas

Los niños que eran el último refugio de la alegría despreocupada ahora colapsan las urgencias de los hospitales presos de ataques de ansiedad por no sentirse capaces de llegar a todo.

 

Por Iria Bouzas

El otro día escuché a alguien riendo a carcajadas en la calle y me di cuenta de que el sonido de la risa empieza a resultarme extraño. Tengo la sensación de que poco a poco y sin darnos cuenta hemos ido perdiendo las risas que volaban por el aire envolviendo algunos momentos de nuestras vidas.

Y no, no hablo de los últimos años y la tristeza generada por la pandemia. Es algo más profundo y que viene de mucho tiempo atrás.

Los niños, que antaño fueron los primeros productores mundiales en la generación de alegría, hace mucho que no juegan en las calles. Los niños que eran el último refugio de la alegría despreocupada ahora colapsan las urgencias de los hospitales presos de ataques de ansiedad por no sentirse capaces de llegar a todo. Sepultados bajo toneladas de deberes y obligaciones si no tienen espacio para volar, ¿cómo van a tenerlo para poder reír?

Este mundo no quiere niños risueños subiéndose a los árboles y gritándole al viento que todo en sus vidas está por llegar. ¡No! El sistema voraz y competitivo reclama un ejército de pequeños soldados entrenados desde la teta en la disciplina de la productividad y la competencia.

¡Padres estad alerta! Enviáis a vuestros hijos al sacrosanto mercado del futuro y deberán estar preparados para competir. ¡Ahogad sus infancias! Es la supervivencia de vuestros vástagos la que está en juego.

A veces, cuando ya no puedo más con tanta ausencia de alegría, imagino un banco medio destartalado de madera pintado de verde esmeralda situado en medio del cielo.

En él, Benedetti y Michael Ende están sentados juntos bebiendo un chocolate caliente mientras miran hacia abajo sacudiendo la cabeza de tanto en tanto incrédulos por lo que están viendo.

Ende mira triste a su amigo Mario y piensa que las personas que quedaron allí no solo no defienden la alegría como una trinchera, sino que parece que están planteándose en serio prohibirla.

Mario bebe otro trago de su chocolate sin mirar a Ende y piensa que, quizás,  no dejó suficientes copias de “Momo” allá abajo y que los humanos están viviendo la vida sin ningún manual de instrucciones.

Ambos suspiran mientras en la Tierra se siguen apagando las risas una detrás de otra.

¡La alegría! Esa magia de celebrar la vida y agradecer el tiempo recibido que a veces dura apenas unos segundos pero que por esos segundos vale la pena haber nacido.

Esa alegría está muriendo porque la están asfixiando poco a poco.

Esas miradas reprobando al que ríe, ese acoso sistemático para aplastar los espíritus de los que aún quieren volar. Esa norma no escrita de que todo lo alegre es subversivo y por tanto debe ser aplastado.

¡Todo eso está asesinando la alegría!

De momento yo seguiré respirando profundamente cada vez que escuche una carcajada con la esperanza de que me llegue muy adentro y alimente todo lo bueno que hay en mí.

Y, por cierto, si quieren que les cuente un secreto las carcajadas que escuché el otro día en la calle eran las mías viendo a mi hija intentar recoger con sus pequeñas manitas todas las hojas de los árboles que los árboles habían dejado caer sobre el suelo del parque.

Y por ese momento, por esa imagen y por esa risa a mí ya me ha compensado estar viva.

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