Noravank, viaje al corazón de Armenia

Por Angelo Nero

Durante una hora larga fuimos discurriendo paralelos a la frontera de Nakhichevan, en una carretera atestada de puestos de melones, sandias,  albaricoques y granadas, arcenes poblados por trincheras y casamatas, cielos vigilados por esbeltas cigüeñas y horizontes escarpados de cadenas montañosas, recorriendo unos 75 kilómetros desde Khor Virap, hasta llegar a la localidad vinícola de Areni (Արենի), en el comienzo de la provincia de Vayot’s Dzor, donde hicimos una breve parada para visitar unas bodegas. Aunque hubiera preferido visitar la iglesia de Surb Astvatsatsin, al otro lado del río Arpa, del siglo XIV, levantada por el maestro Momik (el mismo de Noravank), o incluso las cuevas de la edad de cobre, donde se han encontrado los calzados más antiguos del mundo, de más de 5000 años de antigüedad, y que se exponen en el Museo de Historia de Yereván, así como tinajas donde se almacenaba el vino, que ya se cosecha en esta zona desde la antigüedad. Pero no demoramos más en Areni, y un poco más adelante tomamos un desvió para internarnos en la Garganta del río Gnishkajour.

La carretera discurría siguiendo la línea sinuosa del afluente del Arpa, entre farallones de roca rojiza que se perdían en las nubes, en los que buscaba líneas por donde intuir escaleras al cielo, como las que subía cuando, hace un millón de años, ejecutaba una suerte de danza vertical. Por ella no tardamos en divisar otro de los monasterios cuya visita es poco menos que imprescindible, y que se encuentra encaramado a los pies de una de estas paredes magnificas, donde el valle se estrecha todavía más, Noravank (en armenio Նորավանք, «nuevo monasterio») o Noravank de Amaghu. Construido sobre el emplazamiento de una iglesia del siglo IX, fue refundada en el siglo XII, aunque las edificaciones más importantes datan de los siglos XIII y XIV, fue un importante centro no solo religioso, sino también cultural y político, ya que los príncipes Orbelianos lo utilizaron como mausoleo, ordenando construir al Maestro Momik el más hermoso de los monasterios.

Salimos del coche entre una multitud que ansiaba o ya estaba visitando el complejo, cuyos principales edificaciones son la iglesia de Surp Karapet (San Juan el Precursor), que sirvió como lugar de enterramiento del predilecto de los Orbelian, junto a la capilla de Surp Grigor (San Gregorio), y la de Asvatsatsin (Santa Madre de Dios), con dos plantas, y una curiosa escalera en la fachada, por la que se accede a la superior, que parece inspiradora de la bandera de Artsakh –algo que sería rebatido en los días venideros-, a lo que se añaden las ruinas de diversos edificios, varios jachkars y las murallas de los siglos XVII-XVIII.

Como suele suceder en los lugares que, como este, hacen difícil lograr una buena toma sin el aluvión turístico, busqué encuadres que me permitieran la ilusión de que visitábamos aquel lugar en petit comité, y lo primero que hice fue colocarme bajo los muros que protegen Surp Karapet, haciendo equilibrios en la colina herbosa, para encuadrar el pequeño templo entre las montañas y el cielo, donde un puñado de nubes de algodón acentuaban la atmósfera telúrica que envolvía, mientras Sonia me seguía algo temerosa, puesto que a nuestros pies se extendía un peligroso barranco.

Admiramos a continuación los jachkars que se extendían por el pequeño cementerio, algo más de una docena, de una belleza indescriptible, quizás por el emplazamiento, y después rodeamos la iglesia de Asvatsatsin, cumpliendo con la tradición de subir los escalones a la planta superior, pese a que en esta no había nada de interés. Incluso subí hacia la montaña, para tener una vista más aérea del complejo monástico, aunque no demasiado, puesto que seguía pegando el sol a pleno y no hacía muy aconsejable ponerse en plan montañero.

Tomamos otra vez la carretera principal en Areni, poniendo rumbo hacia Arpi, otra de las pequeñas poblaciones fronterizas con Najichevan, sorteando un puerto de montaña con una sucesión de trazados sinuosos, donde estuve tentado de pedir a nuestro conductor que detuviera el coche, puesto que era un paisaje de inusitada belleza. Quizás no lo hice debido a que no parecía fácil orillarse al borde de aquel abismo, donde pude contar los restos de tres vehículos –uno de ellos un autobús- siniestrados al fondo del barranco, y no parecía prudente tentar a la suerte.

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