Nombrar a las mujeres: lenguaje, realidad y borrado simbólico

Nombrar en femenino y masculino no es una cuestión estética ni una moda pasajera. Es una herramienta básica de reconocimiento. Las mujeres existen como realidad material, no como identidad difusa, y por tanto deben ser nombradas de forma explícita.

Por Isabel Durán Báez | 27/03/2026

En los últimos años, el debate sobre el lenguaje se ha intensificado hasta convertirse en un campo de disputa política. Sin embargo, no todas las propuestas que se presentan como “inclusivas” lo son realmente. De hecho, algunas suponen un retroceso en la capacidad de nombrar a las mujeres como sujeto político.

El lenguaje no es neutro. Nunca lo ha sido. Durante siglos, el uso del masculino genérico ha servido para ocultar a las mujeres bajo una supuesta universalidad que, en realidad, tenía rostro masculino. Decir “los ciudadanos” no ha significado nunca lo mismo que decir “ciudadanos y ciudadanas”. Lo primero borra; lo segundo nombra.

Nombrar en femenino y masculino no es una cuestión estética ni una moda pasajera. Es una herramienta básica de reconocimiento. Las mujeres existen como realidad material, no como identidad difusa, y por tanto deben ser nombradas de forma explícita. Cuando desaparecen del lenguaje, desaparecen también como sujeto político con intereses propios.

Frente a esto, han surgido propuestas como el uso de “e” (“todes”) o símbolos como “x” o “@”, que se presentan como avances. Sin embargo, estas fórmulas no solo rompen con la estructura del idioma, sino que además diluyen la categoría de sexo, sustituyéndola por una neutralidad que vuelve a invisibilizar a las mujeres. Si todo es neutro, las mujeres dejan de existir como grupo específico.

Este es uno de los puntos clave: el problema histórico no ha sido la falta de neutralidad, sino el borrado de las mujeres. Por eso, responder a esa injusticia con más neutralización no soluciona el problema, sino que lo agrava.

Nombrar en femenino —decir “las mujeres”, “las trabajadoras”, “las niñas”— es un acto político en sí mismo. Permite identificar desigualdades concretas, denunciar violencias específicas y articular demandas propias. Sin esa capacidad de nombrar, el análisis feminista pierde su base material.

Ahora bien, esto no significa que el lenguaje deba volverse artificial o mecánico. El desdoblamiento constante puede resultar pesado si se aplica sin criterio. Pero existe un amplio margen para usar el idioma con precisión: alternar formas, usar sustantivos colectivos cuando no borren a las mujeres, y sobre todo, nombrar en femenino cuando se habla de ellas como grupo específico.

Además, es importante señalar que el lenguaje no crea por sí solo la realidad, pero sí la legitima o la cuestiona. Un discurso que borra a las mujeres contribuye a normalizar su invisibilidad. Uno que las nombra, en cambio, abre la puerta a su reconocimiento.

En este contexto, defender el uso del femenino y el masculino no es una postura conservadora, sino profundamente crítica. Supone rechazar tanto el masculino genérico tradicional como las nuevas formas de neutralización que diluyen la categoría de mujer.

En definitiva, nombrar a las mujeres no es opcional. Es una condición básica para cualquier proyecto que aspire a la igualdad real. Porque lo que no se nombra, no existe. Y lo que no existe, no puede defenderse.

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