Neonazis y libertad de expresión

Por Ricard Jiménez

La noche del 23 de febrero se llevaba a cabo la octava jornada de movilizaciones celebrada en Barcelona a raíz del encarcelamiento de Pablo Hasel y en favor de la libertad de expresión. A la misma hora desde el grupo de Instagram de los Tercios Urbanos de la ciudad se contraprogramaba en Plaza Artós con un «pasacalles festivo» , porque «se os acabó el quemar contenedores perroflautas», expresaban.

Rápidamente, desde la cuenta de Los de Artós se desvinculaban del grupo convocante. Sin duda, la convocatoria fue un fracaso, puesto que no se llegó a la treintena de asistentes, entre los que se encontraban jóvenes militantes de VOX y radicales neonazis.

Tampoco quisiera dar más voz de la que merece, pero me gustaría hacer una breve reflexión (o preguntas más bien) de cómo se ha llegado a esto. No a la existencia de estos grupúsculos, sino a su tolerancia, al blanqueamiento en medios de comunicación, que han vendido el discurso de que ser antifascista es incitar las «peleas entre bandas» y lo que esto implica para la libertad de expresión.

La periodista Alba Sidera, en referencia a este blanqueamiento del fascismo aludía en El Punt Avui al hecho de que «ser demócrata es ser antifascista», sin embargo, aquí se pone en cuestión el mismo concepto de democracia. Por lo menos, deberíamos ser conscientes de las carencias que esconde la democracia liberal para los derechos y libertades, a pesar de que en esta se exponga a cada individuo como un ciudadano, presuntamente, igual.

No hace falta sacar a la palestra la violencia que ejerce este tipo de democracia sobre nuestra sociedad, ¿no? Desahucios, precariedad, carencias de perspectivas de futuro, etc. Pero aquí se trata de poner en jaque algo más, la libertad de expresión, aunque en el fondo la pobreza es la mejor forma de coartala.

Frente a la impunidad de estos grupos neonazis, me pregunto, ¿libertad para expresar qué o cuándo?

Las posturas de la nueva extrema derecha, que promovidas por las ideas de la Nouvelle Droite, con un carácter populista, han «amenizado» el cotarro, agilizando y facilitando el viraje hacia la derecha de la política institucional, hasta el punto a que el extremista ya no tenga porque sentirse cohibido, si es que lo tuvo que hacer mucho tiempo alguna vez.

Tanto la extrema derecha, el fascismo, como el nazismo originario y los grupos neonazis, pese a un discurso antisistema, que en cierto modo refiere al institucional y político, siempre ha servido para apuntalar los intereses de la clase privilegiada, pero es capaz de argumentar con mezquindad contra aquel estamento social que aún se encuentra en peor situación. ¿Será por ello que nunca ha importado demasiado su connivencia con ciertos estamentos policiales y judiciales?

Sí, se que no son equiparables, al menos en sus estratos e idearios y si llevamos a cabo un estudio sociológico, pero el auge de recortes en derechos humanos que se exhiben a costa de unos son un excelente caldo de cultivo para los otros.

Estas dudas no me surgieron anoche, pero mientras durante todos estos días se pone el foco en Pablo Hasel ningún medio a puesto atención sobre la idea de libertad de expresión y lo que esta implica en una sociedad carente de toda equidad.

Lo que si que es cierto es que anoche pude ver, una vez más, y siempre en las mismas circunstancias, lo que es la libertad de expresión. Mientras la policía lleva desde tiempos inmemoriales reprimiendo a todo aquel que pide pan, como cantaba Evaristo, «al que pide pan le dan leña», estos sujetos podían gritar a los cuatro vientos «Puigdemont, explosión», hablar de matar CDR y rojos, de promover cacerías («pasacalles festivo» que le llaman ellos») o amenazar periodistas ante la indiferencia policial.

Ante esta regresión paulatina desde la izquierda debe hacerse una profunda reflexión, no de estas que se prometen cada vez que se pierde unas elecciones. Con esto quiero decir, que pese a las luchas parciales, que en algunos campos pueden haber supuesto un avance, y bienvenidos sean, deben afrontarse taxativamente los problemas de raíz para no ser un dique de contención y desmovilización para tratar de repartir las migajas.

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