Nada que contar

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Iria Bouzas

Cuando me saturo de trabajo me dedico a bucear por las profundidades de Internet buscando nuevas historias encerradas en libros que me pidan a gritos que vaya a por ellos y los rescate de las estanterías de la librería donde se encuentran depositados.

Una de las cosas malas de hacerse adulto, entre una lista interminable de penalidades por las que nos toca pasar, es lo escasa que se vuelve la disponibilidad de tiempo para cualquier cosa que no sean las malditas obligaciones de persona mayor, seria y responsable.

Perderse durante horas en una librería es un lujo solo apto para vacaciones y momentos especiales en los que recordar que hubo un tiempo sensato en el que la vida no era una competición absurda de productividad y agendas a punto de explotar.

En esos momentos, duele pensar en la felicidad que proporcionaba aquel café calentito con el que nos premiábamos al haber sido capaces de elegir nuestras próximas lecturas tras haber abierto infinidad de libros, leído con atención las contraportadas y habernos dejado engatusar voluntariamente por el diseño vistoso de alguna portada.

Mis visitas actuales a la librería son casi de médico. Le encargo a mi librero Óscar los libros que necesito, cuando me paso a recogerlos dejo que me seduzca con alguna recomendación de última hora, pago y me voy.

Hablando claramente, mi vida literaria en los últimos años se está acercando peligrosamente al calificativo que mi abuelo utilizaba tan a menudo de “mierda pinchada en un palo”.

Así que, en un acto de rebeldía infantil un tanto estúpido, dedico algunos momentos para bucear en la Red e intentar hacerme creer a mí misma que sigo disfrutando como antes de la experiencia de buscar historias.

Y he aquí donde aparece mi enfurruñamiento vital con el mundo editorial del Siglo XXI.

Vale que me haya convertido en una señora mayor ocupada en a saber qué cosas absurdas que no merecen que invierta en ellas mi patrimonio vital.

Vale que tenga que ahora tenga que conformarme con hacer la búsqueda en una pantalla sin poder acceder a aquello que antes venía acompañado del roce y el olor del papel.

Pero lo que sí que no vale es que, ya que me encuentro en estas condiciones existenciales deplorables en cuanto a la literatura se refiere, tenga además que desperdiciar mi escaso tiempo disponible intentando esquivar todo aquello que se publica de quienes no tienen nada que contar.

No pretendo ser crítica literaria, y si algún día ejerzo de ello, mi intención es dedicarme solo a escribir respecto a las obras que me revuelvan el alma y no sobre aquellas que me la dejen tan templada como se quedaban los cafés de mi juventud cuando nos liábamos a hablar sobre lo que habíamos comprado en nuestras pesquisas de librería.

Un libro puede parecerme malo y no pasa nada. Incluso puedo aceptar que un libro pueda ser malo y no pase nada.

Hay muchas formas de contar las cosas y no todas nos tienen que gustar.

Pero un libro debe escribirse solo cuando el autor tiene la necesidad de contar algo.

No sé qué necesidad hay de desertizar el pobre Amazonas a base de publicar hojas y hojas llenas de palabras que a su vez están llenas de nada.

Si usted necesita mejorar sus niveles de ego intelectual, por favor, matricúlese en algún curso online con nombre rimbombante, pero no escriba un libro.

Si es usted un fenómeno mediático que no para de hacer dinero, sea tan amable de patrocinar una marca de zapatillas deportivas o de tomate frito envasado, pero no escriba un libro.

Si es usted un político semiretirado que va a contar algo que no es cierto solo para volver a retomar a atención del público en una especie de revival folclórico haga el favor de acudir a alguna tertulia televisiva, pero no escriba un libro.

El mundo está lleno de cosas, de ideas, de conocimiento, de sentimientos, de emociones y de historias que merecen ser contadas y me enfada muchísimo pensar en que a veces no llegamos a ellas solo porque hay quienes usan los libros para cualquier cosa salvo para aquello para lo que fueron creados.

Los libros son puertas.

Abrir uno y encontrarse con que no lleva a ninguna parte es de las cosas más frustrantes y desesperantes que existen.

Tengan compasión de los pobres adultos necesitados de salidas de emergencia de la vida como servidora, publiquen sus libros solo cuando se hayan asegurado antes de que de verdad tienen algo que contar.

¡Gracias!


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