Mujer de placer: la novela que devuelve la voz a las prostitutas

La novela ‘Mujer de placer’, de Kiyoko Murata, ambientada en el Japón de 1903, aporta puntos de vista a tener en cuenta en el debate que en la actualidad se está produciendo dentro del seno del movimiento feminista sobre la prostitución.

Por David Valiente | 6/09/2025

Es inapropiado comenzar las reseñas de libros hablando del desenlace. Es casi una falta de respeto al potencial lector que desea sumergirse en las novelas y llegar hasta el final sin que un pedante comentador de literatura se lo revele. Perdónenme por lo que voy a hacer. Mujer de placer (Hermida Editores), escrita por la autora japonesa Kiyoko Murata, termina con la huelga de unas prostitutas cansadas de las condiciones abusivas impuestas por el dueño del burdel. Hasta aquí voy a contar. Aunque no era lo habitual, se han documentado actos de resistencia colectiva protagonizados por profesionales del amor japonesas tanto dentro como fuera del país nipón en los que la autora, posiblemente, se ha podido inspirar.

No importa la revelación que acabo de hacer. Mujer de placer es una de esas novelas cuya trama es solo el sostén de un ideario que invitan a una reflexión obligada. El texto cuenta el día a día de un grupo de prostitutas en un burdel del barrio rojo de Kumamoto en el año 1903. Punto. Por supuesto, cada personaje es un ser pensante y complejo, pero esto solo potencia la interacción del lector con el abanico de ideas expuesto por la autora.

La pobreza, la mejor cantera de prostitutas

Kiyoko Murata muestra que las adolescentes que nutrían los burdeles procedían de las áreas periféricas, tanto sociales como geográficas, de Japón. Muchas familias pobres vendían a sus hijas a los burdeles a cambio de unos cuantos yenes que les permitirían sobrevivir o aventurarse en algún pequeño proyecto empresarial. Las prostitutas más cotizadas provenían de antiguas familias de samuráis caídas en desgracia, ya que la formación que habían recibido desde niñas les confería un aura más seductor, un excelente reclamo para que un cliente adinerado pagara mucho dinero por pasar una noche con ellas.

Puede parecer irónico, pero en esta situación de oprobio y abuso, las prostitutas disfrutaban de cierta autonomía y podían tomar alguna que otra decisión relacionada con su bienestar. Quienes disfrutaban de mayor libertad eran las oiran. Al ser las prostitutas más cotizadas, ocupaban el puesto más alto dentro de la jerarquía, pagaban antes sus deudas e, incluso, así lo narra la autora con el personaje de Murasaki, podían tener hijos de algún cliente y abandonar el oficio para dedicarse a cuidar de sus vástagos. Pero estos eran casos particulares y no aplicables al común de las mujeres de placer. La capacidad de agencia de una prostituta de rango medio o bajo se limitaba a cuestiones más prosaicas, como elegir a sus clientes y el número que iba a atender en una semana, acceder a la educación y tener días de descanso cuando les venía la momi (la regla)… En cambio, las kamuro, adolescentes asistentes y discípulas de las oiran, se veían mayormente limitadas por su edad: también se les reconocía su derecho a recibir una educación esmerada, pero las decisiones sobre su cuerpo o destino las tomaban los burdeleros o sus maestras en el arte de la seducción.

Con todo, las jóvenes trataban de mantener un alto grado de dignidad, y el personaje de Ichi Aoi demuestra que en algunos casos lo conseguían. Ichi (también conocida como Kojika, nombre que le pusieron al llegar al burdel) es una de las muchas jóvenes vendidas por sus progenitores y se convierte en el corazón de la novela según avanza la trama. De hecho, sin su presencia, Mujer de placer sería imposible de leer. En el espíritu de Ichi habitan la valentía y la inocencia más prístina, y son estas cualidades el hilo de Ariadna que ayuda al lector a salir del laberinto de penalidades. A pesar de haber experimentado la sordidez de la existencia humana, su carácter aún está por forjar, y cuenta para ello con dos modelos a seguir, uno representado por la oiran, Shinonome, y el otro por su profesora uno, Tetsuko.

Sobre la educación de las prostitutas y otras disputas

Tetsuko y Shinonome representan dos visiones del mundo, y aunque sean contrapuestas, resultan compatibles en las cosas más básicas. La maestra huye de las fruslerías del mundo, no puede definirse como una persona dulce, aunque tampoco se puede decir de ella que esté carente de empatía. Por el contrario, Shinonome abraza un cinismo cultivado por años de sufrimiento y especulación sobre su cuerpo. Pero no puede engañar a los lectores ni mentirse a sí misma: le inquietan los problemas del mundo, especialmente los de sus compañeras.

La maestra no solo enseña a sus alumnas a leer y a escribir, sino que también muestra el valor que tiene la educación en cualquier momento de la vida, sin importar el origen social ni la profesión desempeñada. Las prostitutas acuden por las mañanas a la escuela y aprenden cosas básicas, como leer y escribir, y otras más ligadas al mejor desarrollo de su trabajo. El aprendizaje de la danza, el canto y los rituales convirtieron a las prostitutas en un ‘producto’ más atractivo para los sentidos del hombre. Sin embargo, el conocimiento de las primeras letras les abría la posibilidad de un ascenso social. No todas conseguían que un hombre acaudalado se enamorara de ellas y pagara sus deudas, pero el saber escribir cartas de amor, poéticas y aduladoras les acercaba más a ese objetivo. La alfabetización evitaba también que fueran engañadas por los dueños de los burdeles que tenían la fea costumbre de inflar las deudas a montos impagables con el sueldo de una prostituta común. La autora sintetiza esa idea en esta frase tan reveladora: “Para una cortesana que renacía en una nueva vida, su arma era la cultura”.

La oiran, por su parte, transmite a las novatas su actitud cínica: “Recuerda esto: nosotras, las cortesanas, atendemos a los clientes solo por horas. Eso es lo que se llama un contrato. Cuando pasa el tiempo, el cliente se marcha. Lo único que nos queda por hacer es arreglar la cama, y ya está. El resto del tiempo es nuestro, para nuestro cuerpo, no para el de nadie más. No creo que haya chicas más libres en el mundo que las cortesanas”. Cualquier anarcocapitalista suscribiría estas palabras.

Sin embargo, el discurso de la oiran omite la tortura que el cuerpo y la mente de las jóvenes sufren hasta alcanzar ese grado de convencimiento. Las jóvenes son vendidas como mercancías, disciplinadas como elefantes en un circo, golpeadas, a veces, hasta la muerte. No son libres. Por otro lado, las palabras de Shinonome recuerdan el debate actual dentro del feminismo entre quienes quieren abolir la prostitución y quienes quieren regularla.

Desde luego, las imágenes que refiere Murata distan mucho del discurso según el cual las mujeres hacen lo que quieren con su cuerpo. Por supuesto, la novela está ambientada en la primera década del siglo XX, pero algunas cifras revelan que el sistema ha cambiado más bien poco. Una buena parte de las prostitutas que ejercen “con libertad” son literalmente esclavas. Instituciones internacionales, como la UNODC (Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga el Delito) y el Índice Global de Esclavitud, estiman que alrededor del 50% de la prostitución mundial está vinculada a la trata de blancas. De hecho, un informe elaborado en 2014 por el Consejo de Europa tasa en un 84% las víctimas de trata que son empleadas en la explotación sexual tan solo en nuestro continente. Por supuesto, estos estudios varían según la metodología empleada por los investigadores o la región que se estudie. Sin embargo, revela una realidad y es el abrumador porcentaje de mujeres que son forzadas a vender sus cuerpos a desconocidos, una verdad que ciertos sectores progresistas edulcoran o directamente prefieren ignorar.

Contra los progresistas imperfectos

La autora se posiciona en contra de las corrientes progresistas que marginaban a una parte de la sociedad. El intelectual japonés Fukuzawa Yukichi, por ejemplo, no consideraba que las prostitutas fueran seres humanos. Era partidario de la igualdad entre hombres y mujeres, pero también defendía marginar a los grupos que no formaran parte de una comunidad moral. Murata cita fragmentos de la obra del Voltaire japonés para resaltar, a través de un análisis crítico, la incoherencia intelectual y la insuficiencia de un progresismo que trata de expulsar de la sociedad a sus hijos más incómodos. Por suerte, las corrientes abolicionistas actuales, por lo general, no se muestran tan obtusas. Si bien es verdad que existen sectores partidarios de marginar a ciertos grupos de la sociedad por su poca catadura moral, también se esfuerzan por rehabilitarlos y suelen direccionar sus ataques hacia el sistema y no contra las víctimas.

Maternidad y dominio del cuerpo

Una de las salidas narrativas que Murata explora en la novela es la maternidad. La decisión de la oiran Murasaki de tener a su hijo se presenta como una grieta por la que escapar del burdel. Pero no todo pinta color de rosa. En esto reside gran parte de la complejidad de la vida (y de la novela de Murata): la oiran alcanza su libertad plena, no porque la sociedad la considere un individuo libre por sí misma, más bien por el hecho de cumplir un rol legitimado por el patriarcado: ser madre. La maternidad desata esa paradoja de la existencia de las mujeres: al mismo tiempo que recobra su autodeterminación, reafirma el esquema social cosificador.

Un elemento interesante que destaca la autora es el proceso de seducción, cómo las mujeres marcan los pasos hacia el deleite. Respecto a esto, la oiran Shinonome tiene mucho que decir, pues ella considera que dentro del cuarto son las mujeres quienes manejan los tiempos del placer y, por ende, mantienen al hombre sometido a sus caprichos. Entonces, los burdeles se entienden como espacios invertidos, donde los hombres pagan por experimentar lo que todas las mujeres soportan fuera de esas cuatro paredes. Y, sin duda, esta es una de las ideas más interesantes de la novela porque el cuerpo femenino parece cumplir una función pasiva, pero también se yergue como el símbolo de resistencia frente a los deseos incontrolados del sistema.

Solidaridad femenina

El ambiente del burdel es una invitación al aislamiento de las mujeres respecto a sus compañeras. No obstante, Murata resalta que solo aquellas que se agrupen conseguirán cambiar sus condiciones de vida. De este modo, la autora también desmitifica la idea de que los burdeles son lugares de competencia entre mujeres. Ella lo representa como un entorno comunitario, ejemplar para aprender los principios de la cooperación femenina y los cambios desde dentro. La solidaridad es el eje principal de la novela y, sin ella, no sería posible un aumento de la capacidad de agencia de las mujeres.

Conclusión

Además de analizar el complejo mundo de la prostitución, Murata se centra en dar voz a una parte de la sociedad que desde los comienzos de la historia ha sido abusada y marginada. Sin lugar a dudas, y no importa que esté ambientada en el Japón de 1903, la novela aporta puntos de vista a tener en cuenta en el debate que en la actualidad se está produciendo dentro del seno del movimiento feminista sobre la prostitución. En efecto, su lectura se hace aún más pertinente en estos momentos que, debido a las redes sociales, nuevas formas de explotar el cuerpo femenino están proliferando como champiñones en otoño.

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