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Sam Spade es un detective a la vieja usanza, con su propio código, sagaz y violento, cuando la ocasión lo requiere, irónico y descreído, de lengua afilada, puños de acero y afinada puntería.
Por Angelo Nero | 22/05/2025
Dashiell Hammett creó al detective Sam Spade como personaje central de una de las obras imprescindibles del género negro, “El halcón maltés”, en 1930, un antihéroe que acabaría de ser imortalizado diez años después, cuando John Huston la llevó a la gran pantalla, y le puso la cara del icónico Humphrey Bogart. Bogart también interpretaría a otro de los grandes personajes de la novela negra, el detective Philip Marlowe, creado por el escritor Raymond Chandler y que llevaría al celuloide el director Howard Hawks, en 1946.
Sam Spade es un detective a la vieja usanza, con su propio código, sagaz y violento, cuando la ocasión lo requiere, irónico y descreído, de lengua afilada, puños de acero y afinada puntería. Trabaja en San Francisco, a principios de la década de los treinta, y en la novela de Hammett tiene 38 años -Bogart tenía 42 cuando rodó El halcón maltés-.
No podíamos imaginar que el personaje envejeciera más… hasta ahora, cuando dos grandes creadores de ficción, Tom Fontana (Oz) y Scoot Frank (Godless, The Queen’s Gambit), decidieron retomar el detective creado por Hammett, y darle una merecida jubilación lejos de su zona de confort, en una pequeña villa francesa, en los años sesenta. El reto más difícil era, precisamente, encontrar a un actor que diera la talla para tal atrevimiento, y apostaron por el inglés Clive Owen.
Sam Spade está retirado en una gran mansión heredada de su mujer francesa, donde vive sin complicaciones, hasta que en un convento cercano, donde él tiene a una adolescente acogida, se produce un crimen atroz y el se ve abocado a volverse en la piel de detective. Este es el comienzo de una historia con muchas tramas entrelazadas, donde no solo regresa el recuerdo de la historia de amor que hizo que Monsieur Spade fijara su residencia en una pequeña villa francesa, sino que también asoma el pasado reciente de Francia, la ocupación nazi, la resistencia y los colaboracionistas con el régimen de Vichy, la guerra de independencia argelina, la OAS, el MI6 y la CIA, conventos y locales de jazz, y, sobretodo, ese lenguaje de cuchillos que caracterizaba a las obras de Hammett.
La nostalgia y el desencanto flotan en toda la serie, Sam Spade está de vuelta de todo, y se ha vuelto incluso más mordaz, irónico y huraño, pero no puede evitar verse implicado en la investigación de la desaparición de un niño argelino, del asesinato de las monjas y de todas las derivadas que se le presentan, en una sucesión de soldados con estrés postraumático, espías que se hacen pasar por pintores, monjas con pasado violento, y un pueblo que guarda un secreto inconfesable.
En esta revisión del personaje de Hammett hay una cierta desmitificación, pero lejos de quitarle credibilidad, hace más cercano al antihéroe que encarnó Bogart, y Clive Owen es capaz de conservar el atractivo del detective, a pesar de mostrar la fragilidad del paso del tiempo, y sus arrugas, su falta de agilidad o de punteria no hacen que pierda un ápice deta ese código propio, que le hace adentrarse hasta la zona oscura de los callejones sin salida.
Owen está arropado por unos secundarios de lujo, en el que destacan los papeles femeninos, Chiara Mastroianni -como Gabrielle Larvaron, la rica hacendada de la que se enamora-, Louise Bourgoin -interpretando a Marguerite Devereaux- o Cara Bosson -como Teresa, su joven protegida-, pero también Denis Ménochet -que interpreta al jefe de policía, Patrice Michaud, y al que conocemos aquí por su papel en As Bestas-.
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