Moción a futuro

Salvar Al Garito IOSIF

La Transición se ha agotado víctima de sus fracasos, devino en lo que en principio fue, una Restauración borbónica, exactamente igual a cuando Antonio Cánovas, en 1874, propicia la vuelta de Alfonso XII. La Transición no fue más que la Restauración de la monarquía expulsada por segunda vez en España. Hoy la Constitución suena a cachondeo. Ni los partidos se la creen. Hay que dar respuestas a lo que llamo crisis de civilización, que no es sólo económica y financiera, sino medioambiental, alimentaria, ética, política, total.

Julio Anguita

La historia pertenece a los que la prolongan, no a los que la secuestran.

Manuel Vázquez Montalbán

Por Daniel Seixo

Sin hacer ruido, agazapada entre la actualidad propiciada por el avance del coronavirus e inevitablemente condenada a un fracaso inmediato, el Congreso celebra esta semana una sesión poco habitual, pero a la que políticamente parecemos acostumbrarnos poco a poco ante la rudeza de los tiempos y la inoperancia de nuestros representantes públicos y nuestra estructura democrática. . Todas las anteriores, salvo una, precisamente la presentada por el PSOE en 2018 y que terminaría con la investidura de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno de España, han fracasado. Cierto es que no siempre una moción de censura tiene como objetivo el acceso inmediato al poder, precisamente es en esa otra dimensión del tacticismo político que parecen jugar sus cartas los de Santiago Abascal.

Del mismo modo que Adolfo Suárez le ganó la partida a Felipe González en 1980 en la primera moción de censura de la democracia, el propio Felipe González superó con holgura la moción de censura presentada por Alianza Popular en 1987 y Mariano Rajoy hizo lo propio en un primer intento de desalojarlo del poder por parte de Podemos, las sumas parlamentarias en esta ocasión parecen de nuevo dejar claro que no existe posibilidad de alternancia precipitada en el gobierno de España. A priori, el partido que lidera Santiago Abascal apenas podrá contar en su iniciativa contra el gobierno de coalición con los 52 votos favorables de su propio grupo parlamentario, todo ello a la espera de improbables sorpresas o incluso de un giro radical del Partido Popular de Pablo Casado. Un Pablo Casado que hasta la fecha ha preferido ignorar la iniciativa de Vox, tildándola poco menos que de una ocurrencia disparatada destinada a dotar de protagonismo, mediante un altavoz privilegiado, al gobierno de Sánchez.

Pero es precisamente aquí que nos encontramos con la primera trampa de esta moción de censura. Acorralado entre quienes incluso desde sus propias filas le piden mano dura para dar con ello un paso adelante contra el gobierno de Unidas Podemos y PSOE y aquellos que continuamente hacen llamados a alejarse de los postulados más radicales representados por Vox, Pablo Casado encara estas jornadas con mucho que perder y poco o nada que ganar en el extenso debate que precederá a votación. La moción de censura en este sentido sitúa en una difícil disyuntiva electoral al Partido Popular, si Pablo Casado decide menospreciar la iniciativa de los de Santiago Abascal y ejercer una estrategia moderada frente a los duros ataques que evidentemente Vox lanzará contra Sánchez e Iglesias, en medio de una de las mayores crisis sanitarias y económicas de nuestro estado, el camino de la oposición frontal y decidida contra el gobierno se abrirá de forma cómoda a la formación ultra para lograr de este modo distanciarse de las normas parlamentarias y esa moralidad y altura política a la que la derecha tradicional parece aferrarse todavía mientras que la nueva política y especialmente la nueva derecha, parecen dispuestas a renunciar a esos mínimos consensos en busca de novedosas estrategias populistas y pendencieras que logren otorgarles mayores cuotas de poder.

En medio de una crisis sanitaria y económica e inmersos en una clara recomposición geopolítica a nivel global que amenaza con disminuir considerablemente la fracción de poder e influencia correspondiente a occidente, nuestro futuro no puede basarse únicamente en la alternancia interna de élites

Puede que la moción de censura no salga adelante, ciertamente no lo hará, puesto que no cuenta con los apoyos necesarios, pero la intención de Santiago Abascal y los suyos nunca ha sido esa, nunca se ha tratado de desalojar a Sánchez de la Moncloa, lo que tendrá lugar en el parlamento, el fuego cruzado que presenciaremos en cada intervención, es un claro ataque al enemigo, un intento quizás acertado de lanzar una primera estocada que no derrumbe inmediatamente al adversario, pero que logre debilitarlo lo suficiente para complicar su supervivencia a largo plazo. Pervirtiendo el sentido original de la moción de censura y renunciando premeditadamente al planteamiento de un proyecto político firme y estructurado como alternativa al gobierno actualmente existente, Vox parece dispuesto a utilizar el escenario parlamentario para dirigirse directamente a los suyos, un espectro electoral este que parece ampliarse por momentos pese a la sorna y la mofa con la que otras formaciones continúan observando a los de Abascal. A las puertas de una notable crisis económica que condicionará inevitablemente las condiciones materiales y la existencia de millones de españoles y conscientes de que la oposición a la izquierda del gobierno apenas goza de representación en el parlamento en grupos minoritarios y periféricos, Abascal ha decidido mover sus fichas en un momento oportuno y con una visión a largo plazo que contrasta ampliamente con las estrategias seguidas por sus adversarios políticos. Personalmente desconfío de los análisis que enmarcan esta moción de censura en una mera campaña de marketing destinada a promocionar la figura de Ignacio Garriga de cara a las elecciones catalanas, no dudo de que existirá espacio también para ese componente de la actualidad política, pero ante el movimiento político de Vox no puedo evitar pensar en el largo plazo, observando un tablero en el que mientras otros juegan al inmovilismo, a la espera del error del rival que les favorezca, la formación ultra ha decidido moverse al ataque buscando un claro sorpasso a la derecha tradicional, representada por el Partido Popular, que en caso de producirse cambiaría radicalmente las reglas del juego de nuestra democracia.

Aparentemente dispuestos a asumir la clara amenaza que supone dotar de protagonismo al discurso de la ultraderecha, Partido Socialista y Unidas Podemos parecen preparar esta moción de censura profundizando en la estrategia de confrontación frontal contra Vox basada en la recurrente dicotomía “nosotros o el caos“. Una estrategia enmarcada en una falsa batalla contra el fascismo que le ha funcionado a los de Sánchez en ocasiones anteriores, no solo para mantener las distancias frente al influjo de Unidas Podemos, sino también para acorralar y promover la decadencia del Partido Popular menospreciando abiertamente su papel como referente en la oposición y obligándolo una y otra vez a pendular entre las propuestas más radicales de Santiago Abascal y la lealtad institucional propia de un partido con vocación de gobierno. Sánchez e Iglesias asumen conscientemente los riesgos de que sea Vox quien capitalice los réditos de la moción de censura y lo hacen participando en un juego de suma cero para el estado español en el que los cálculos electorales y la visión partidista le vuelve a ganar la partida a un parlamento privado hace ya demasiado tiempo de la altura de estado precisa en estos tiempos convulsos.

Partido Socialista y Unidas Podemos saltan de nuevo a la arena parlamentaria convencidos de que la probabilidad de que Santiago Abascal llegue a suponer una alternativa válida a la presidencia para una amplia mayoría de españoles es mínima, en eso basan su estrategia a largo plazo los partidos del gobierno, si es que tal planteamiento merece sel tildado de forma alguna de estrategia. Parecen ignorar Sánchez e Iglesias no solo que las victorias basadas únicamente en la decadencia del Partido Popular como alternativa de gobierno suponen a su vez la propia decadencia de las opciones progresistas, sino también los ejemplos prácticos de Inglaterra, Brasil o Estados Unidos en los que la falta de alternativas reales entre diferentes candidatos identificados con diversas familias del establishment político y económico abrieron definitivamente las puertas al primer paso del autoritarismo derechista. Llegando a esta moción de censura con un amplio repunte de popularidad entre sus simpatizantes y observando como Casado, Iglesias o Sánchez encadenan profundas perdidas de confianza en ese mismo baremo, Santiago Abascal encara decididamente no solo un asalto político y parlamentario al liderazgo de la oposición, sino también una última etapa de una absorción cultural hostil iniciada por el aznarismo y que sin llegar nunca a desaparecer, parece en la actualidad estar dispuesta a tumbar definitivamente la mentalidad o el “sentir” progresista de la sociedad española. Agotados por las crisis económicas encadenadas que no suponen sino la decadencia del propio sistema capitalista, conscientes de encontrarse entre los perdedores de la partida y desesperados por los primeros efectos de un inicio de siglo que promete arrojar al pensamiento occidental y especialmente al Europeo a un claro papel subordinado en la esfera internacional, la paciencia de los españoles con las formaciones progresistas que no son otra cosa que meros gestores del neoliberalismo, comienza a agotarse.

La formación ultra ha decidido moverse al ataque buscando un claro sorpasso a la derecha tradicional, representada por el Partido Popular, que en caso de producirse cambiaría radicalmente las reglas del juego de nuestra democracia

España, al igual que Europa y gran parte de la esfera internacional, se encuentra anquilosada, atada a una estructura social y de poder cuya lógica desarrolla claros síntomas de parálisis permanente y que pese a ello se niega a permitir el paso a savia nueva, mostrándose de ese modo incapaz de comprender los peligros y amenazas que acechan tras las alternativas de siempre. Fiel aficionado, como ha dado sobradas muestras de ser, a las series televisivas, con total seguridad el Vicepresidente Pablo Iglesias conocerá “House of Cards”, la serie de ficción política de Beau Willimon para Netflix en la que Frank Underwood, interpretado por Kevin Spacey, da vida a un político demócrata dispuesto a todo para alcanzar el poder. Podemos extraer dos valiosas lecciones de esta producción cultural estadounidense: la primera se centra en la capacidad del peor populismo para, utilizando unos resortes del estado, que sin duda conoce, maneja y le resultan propios, llegar a manipular y adaptar las corrientes de opinión de cara a conseguir transformarse en una máquina electoral arrolladora capaz de obtener victorias “inesperadas” cuando los poderes económicos y los tiempos políticos necesitan un giro autoritario capaz de encauzar los cambios, la aparición un hombre político fuerte. La otra importante lección se dibuja en la figura del actor que da vida a Frank Underwood, Kevin Spacey, figura que nos debe hacer recordar que la realidad es capaz de desbaratar cualquier ficción, incluso la política. Esto debería hacer reflexionar a todas esas formaciones que hacen gala del espectáculo, el discurso hueco y la identidad como sustituto inconsistente de la ideología, arrojando la certeza de que los cimientos de esa nueva política, pueden llegar a mostrarse débiles e inseguros al mínimo golpe propiciado por una realidad material que amenaza con fuertes y prolongadas turbulencias en el futuro más inmediato.

Pese a que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha asegurado que acude con la “máxima seriedad” al debate de la moción de censura presentada por la formación de Santiago Abascal, la única forma en la que realmente se podría limitar el rédito electoral de Vox en esta moción de censura es saliendo al estrado para presentar una idea clara y precisa de una nueva realidad social, económica y cultural para España. Esta es la única forma de evitar o al menos minimizar los daños a largo plazo producidos por una moción de censura planteada por Vox como un ataque frontal a la concepción progresista del estado, resulta necesario que el gobierno de coalición se muestre capaz de exponer a sus votantes y al conjunto de la ciudadanía una amplia reestructuración del estado que con el ligero apoyo en los fondos europeos y la acuciante emergencia de los tiempos, logre al fin romper con los errores primigenios del régimen 78 para dar definitivamente paso a un proceso constituyente de amplio calado que afecte de forma directa a todas las facetas del estado.

Todo lo que no sea caminar en esta dirección, toda señal de continuismo y parálisis política durante esta moción de censura, no será más que un nuevo paso al lado incapaz de frenar la inevitable degradación que como sociedad llevamos tiempo sufriendo. La economía, las relaciones sociales y políticas, la ecología, las tecnologías y el propio virus nos han mostrado de forma acelerada los profundos cambios que se avecinan durante este siglo XXI, solo de nosotros depende sumarnos a este carro o permanecer anclados como sociedad al vagón de cola del siglo anterior y a un orden mundial que da ya claras señas de comenzar a desaparecer. En medio de una crisis sanitaria y económica e inmersos en una clara recomposición geopolítica a nivel global que amenaza con disminuir considerablemente la fracción de poder e influencia correspondiente a occidente, nuestro futuro no puede seguir basándose únicamente en la alternancia interna de élites y en el inmovilismo general propio de los juegos de suma cero. En tiempos convulsos, la fortuna sonríe a los valientes.


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