Miserias sólidas y privilegios líquidos

Por Daniel Seijo

«En virtud de la ideología de la industria cultural, el conformismo sustituye a la autonomía y a la conciencia; jamas el orden que surge de esto es confrontado con lo que pretende ser, o con los intereses reales de los hombres.«

Theodor W. Adorno

La política es el arte de controlar tu entorno.

Hunter S. Thompson

No suelo comenzar mis textos con premisas tan básicas, pero visto el panorama político y social que últimamente nos rodea, permítanme queridos lectores que en esta ocasión y con especial dedicación para todos esos sectores políticos plagados de falsos aliados, en realidad profundamente reaccionarios, escriba despacio y con la mejor letra posible. No con la crédula ilusión de que comprendan o quieran comprender lo que aquí expondré, sino para que al menos mis palabras no les sirvan para profundizar en su estúpido teatro de sombras.

No, sus preferencias sexuales no tienen por qué guardar relación alguna con su posicionamiento político y por si alguno de ustedes lo dudaba a estas alturas, ni el fascismo es una enfermedad venérea que pueda contagiarse dependiendo de a quién introduzca usted en su cama, ni el socialismo nace de una concepción milagrosa durante una noche en la que el mismísimo Karl Marx los ilumine irremediablemente con alguna extraña simbiosis entre sábanas mojadas y cuerpos agotados. Quizás, en la sociedad líquida presente y en la cultura de la comida y el pensamiento rápido, para algunos esto sería lo idóneo, pero hasta el momento y espero que durante muchos años, esto no es así. La perdida de identidad en la sociedad occidental, pero especialmente entre la izquierda europea y española, es un problema que prácticamente resulta imposible obviar. La desindustrialización y el paso de un país promiscuo entre lo rural y lo proletario al frenesí consumista del capitalismo neoliberal más extremo, ha traído consigo diversas y muy nocivas consecuencias, si bien es cierto que entre las más ridículas y desesperanzadoras para el militante socialistas de base, se encuentran las que afectan directamente a su realidad más cercana, a su día a día, a su identidad como miembro de una clase social y un proyecto heredado.

Tras décadas de participación en el seno de la comunidad europea, tras décadas de asimilación económica, austeridad y desindustrialización impuesta, aquí lo único que ha llegado de Europa son las neveras o los utilitarios alemanes, los centros escolares franceses para nenes elegantes y una condiciones materiales que en nada benefician al trabajador medio

Uno puede comprender que con eso de la inauguración de las luces de neón en los Pirineos y el cierre en falso de la convivencia de las «democracias» europeas con el fascismo franquista, ciertas cosas cambiaran en nuestro estado. No digo yo que fuese normal seguir aparentemente ajenos a los movimientos sociales, políticos y especialmente culturales del resto del mundo, ni que las tradiciones más caciquiles y los meapilas de nuestros dirigentes siguiesen inalterables desde la «Una grande y libre«, pero curiosamente, tras décadas de participación en el seno de la comunidad europea, tras décadas de asimilación económica, austeridad y desindustrialización impuesta, aquí lo único que ha llegado de Europa son las neveras o los utilitarios alemanes, los centros escolares franceses para nenes elegantes y una condiciones materiales que en nada benefician al trabajador medio. Los caciques siguen en su sitio, los corruptos, los torturadores e incluso los meapilas. Ahora incluso con la casilla de la renta patrocinada por el estado para subvencionar sus apetencias e ideología. 

Y en medio de todo esto, en medio de la desaparición de los bares de barrio, los quioscos, las plazas destinadas a jugar al fútbol, los botellines asequibles, la falta de etiqueta que nos permitía salir a tomar algo con el mono de trabajo o no tener que disfrazarnos para pasarlo bien por el centro en nuestra noche libre, en medio de la desaparición social y cultural de los usos y costumbres de lo que nos gustase más o menos era la clase obrera, con sus lujos y sus miserias, no nos han dejado nada a lo que agarrarnos y que realmente nos permita identificarnos como pertenecientes a un colectivo, a una resistencia. Dicen los liberales que este es el momento de la historia en el que el capital es más accesible y las libertades son mayores, pero cuando uno mira a su alrededor en un piso minúsculo de Vallecas, Monte Alto o la Ciutat Vella, lo único que ve son marcas, televisores accesibles e innecesarios y neveras, sí alemanas, pero cada vez más vacías. Nos pasamos la vida apilando chatarra innecesaria y cuidando nuestra imagen en ese universo paralelo de las redes sociales en el que todo es perfecto y maravilloso, pero la sanidad, la educación y nuestra conciencia de clase, poco a poco nos la siguen arrebatando. A cambio, uno puede ser lo que quiera ser, hombre, mujer, europeo, ario, solo tiene que desearlo, creérselo, aunque eso de poco le sirva cuando acuda a firmar una nueva letra a la sucursal más cercana de su banco. Podrá autoconvencerse de que vistiendo un corsé o «explorando su feminidad» por su vestimenta, realmente llega a ser una mujer, en su interior podrá hacerlo, pero cuando los números rojos acechen en el interior de ese banco al que acude desesperado, no será usted más que un triste proletario atenazado por una guerra de clases que entre magdalenas y los arriba y abajo, hace tiempo que ya ha olvidado.

Sus preferencias sexuales no tienen por qué guardar relación alguna con su posicionamiento político y por si alguno de ustedes lo dudaba a estas alturas, ni el fascismo es una enfermedad venérea que pueda contagiarse dependiendo de a quién introduzca usted en su cama, ni el socialismo nace de una concepción milagrosa durante una noche en la que el mismísimo Karl Marx los ilumine irremediablemente

Y parte de la culpa de todo esto la tienen esos que llegaron para cambiarlo todo, pero que entre portadas en Esquire, abrazos con el diablo y pactos que no admiten crítica alguna, pero que tampoco destilan deje proletario, han terminado por asumir como ídolos de barrio a Jorge Javier Vázquez y a toda esa piara de burgueses acomodados viperinos que han vivido toda su vida de despedazar a cualquier inocente desheredado que por cuatro perras y un millón de seguidores en Instagram haya decidido acudir a un programa de telerrealidad para ser usado, humillado y desechado. Eso ha sido siempre el mundo del corazón, la sala de estar de la jet set, un club privado de individualistas acomplejados, bufones de corte y cocainómanos demasiados embobados con sus líos de faldas y su endogamia pseudointlectual como para tener posicionamiento político alguno o consideración por la realidad del proletario. Y si bien el marxismo no se adquiere por un triste coito, ese vertedero al que ustedes dan cancha como algo más que basura televisiva, sí ha demostrado que a la mal llamada princesa del pueblo, la memoria de clase se le puede olvidar con un simple polvo con un maldito asesino de toros. No señores, ni Jorge Javier es rojo, ni Sálvame tiene nada de proletario, por mucho que se dediquen ahora a ajustar rencillas con un terrorista con pluma de la ultraderecha más recalcitrante. Y sinceramente, si son maricones o no, me importa tan poco como con quién se ha acostado el señor Merlos. Que ellos solos se entretengan con sus rencillas amarillistas.

Pero en la era de la identidad fluida, en el mundo del «deséelo con fuerza» y «usted solo tiene que creer en ello«, en este ya demasiado largo reinado del campo de la autoayuda y el marketing político sobre ciertos sectores de la mal llamada izquierda parlamentaria, solo les pido queridos lectores, que conserven su razón crítica, su motivación por la carga política e ideológica de los textos de nuestros ancestros y de muchos compañeros que siguen en la brecha y por todo aquello que otorga las fuerzas de quienes nos sabemos parte de algo necesario y eterno. Me da igual a que partido votan, me da igual con que se entretienen, tampoco nos vamos a poner aquí divinos en nuestro esparcimiento, pero sepamos diferenciar lo real de lo que no lo es, tengamos claro los pilares irrefutables e irrenunciables de la que siempre ha sido nuestra lucha y por mucho que esa izquierda posmoderna nos quiera desestructurar entre risas y carantoñas envenenadas, tengamos claro que Jorge Javier no es ni tan siquiera Iñigo Errejón, Errejón no es Pablo Iglesias y el Vicepresidente Iglesias desde luego, pese a que a muchos nos pese, no es  Lenin, Fidel Castro o nada que tan siquiera se le parezca. 

El obviar estos matices, el conformismo motivado por las continuas derrotas, la desaparición de la conciencia crítica y la alienación intelectual con unas siglas, sean estas las que sean, podría arrojarnos a una realidad política, social y cultural meramente dual entre una especie de Sálvame naranja conservador y su versión posmoderna dirigida a la izquierda social y reflejada en Sálvame limón. Un mismo producto, dos envoltorios.


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1 Comment

  1. Saludos, concuerdo al cien por cien con el contenido, sólo pido que en vez de apelar a los «señores» lo hagas a ser posible tuteando y en inclusivo, las mujeres siempre hemos estado, es justo nombrarnos.

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