Miguel Lacambra

Sería bueno medir nuestras palabras, sostener nuestras acusaciones con pruebas de peso y recriminar los errores en consecuencia al peso y la intención de quienes lo cometen.

Por Daniel Seixo

«El periodismo es libre o es una farsa.»

En un país en el que periodistas, políticos, literatos e incluso dictadores se han dejado caer por los rincones más variados de la profesión bajo la protección de un pseudónimo que los ocultase de las más dispares circunstancias, el caso de Miguel Lacambra, me llama poderosamente la atención por la capacidad del lector para ensimismarse con el dedo, cuando hace tiempo que el bosque se encuentra en llamas.

No pretendo en estas líneas profundizar en la guerra de trincheras en torno a las manifestaciones del 8 de marzo, me parece ridículo perder más tiempo confrontando posiciones ultras y considero que cualquier persona con dos dedos de frente, puede entender a toro pasado, que ningún acto que congregase a un elevado número de personas durante aquellos días, supuso impulso positivo alguno para evitar la propagación del coronavirus. Ni las manifestaciones, ni los actos políticos, ni las actividades deportivas o religiosas, ni por supuesto los desplazamientos por motivos laborales, evidentemente ayudaron a que nuestra situación actual sea menos dificultosa. Pero pretender hacer un uso partidista o propagandístico de esto cargando las malas tintas y la bilis contra el movimiento feminista, resulta cuanto menos reprochable. No nos equivoquemos, a quienes aquel domingo se dieron la mano como hermanos y hoy recurren a las artimañas más indignas para atacar sin misericordia al movimiento feminista, les importa bien poco la realidad, hace tiempo que los ultras han decidido vivir en su ficción y el artículo de Miguel Lacambra suponía poco más que un brindis al sol. Gasolina destinada a avivar la llama de «los suyos» y el odio del rival, «los otros».

En definitiva, «el caso» Miguel Lacambra no es el caso del ilustre redactor Claas Relotius en Der Spiegel y por supuesto, el trabajo para «desenmascarar» tan oscura trama por parte de la derechona y sus sicaritos de las redes sociales, no se asemeja en nada al de Bob Woodward y Carl Bernstein en el escándalo Watergate

Personalmente, reconozco que el artículo no me convenció, como tampoco lo hicieron otros similares en Público y otros medios «progresistas» o piezas en la línea contraria lanzados con bastante mala saña desde la caverna de la derechona. No llegó a persuadirme para nada debido a que en estos momentos, en los que sabemos aún relativamente poco de las tasas de contagio y el comportamiento general del COVID-19, las especulaciones en torno a epicentros locales del virus, las responsabilidades políticas y sociales de segundo grado y los culebrones de las Dos Españas, me preocupan más bien poco. Cuando el mundo tal y como lo conocemos se desmorona ante nuestros ojos a la espera de un nuevo orden mundial y existe en el periodismo tanto por decir, he decidido ocupar mi tiempo leyendo a Pedro Baños, Esteban Hernández, Daniel Bernabé o Alberto Sicilia, entre otros muchos. Me hastían estos días las vacuas luchas entre partidos casi tantos como los intentos por «evangelizar» a los ultras y en definitiva, me importa más bien poco si el enfermo se contagió en el bar del barrio, en la iglesia o luchando por la igualdad entre hombres y mujeres. Aunque para la bancada gris, al parecer, esto último sea poco menos que interpretable como un merecido castigo divino.

Pero vaya usted a saber el motivo, si por la evidente falta de alternativas políticas de los suyos o por los efectos del confinamiento en sus amplios pisos del centro, el texto firmado por Miguel Lacambra ha parecido escocer especialmente entre esa bancada del terrorismo a vuelapluma compuesta por elementos tan dispares como Ana Rosa Quintana, Alfonso Rojo, Cristina Seguí, Cristian Campos, Javier Negre o Jorge Bustos. Todos estos indecentes rentistas de los medios y sus respectivos estercoleros «informativos», han decidido por tanto atacar con especial virulencia a La Marea por permitirse publicar un texto firmado con un alias. Una práctica relativamente común en el periodismo cuando el redactor prefiere preservar su anonimato y que en el estado español ha sido utilizada antes por periodistas de investigación como Antonio Salas en sus pesquisas en el mundo de la ultraderecha o por Xulio Montenegro, redactor e investigador de El Mundo, para tratar de demostrar la supuesta relación del Partido Comunista de las Tierras Vascas con Batasuna en su reportaje Oiga, ¿para afiliarse al PCTV?. Incluso el dictador fascista, Francisco Franco, utilizó en su momento el seudónimo de Jakim Boor en numerosos artículos del diario ‘Arriba’ para denunciar el llamado contubernio de la masonería y los comunistas.

No me agrada el uso de esta «herramienta periodística» en textos de carácter analítico o en cualquier otra pieza con un mínimo de seriedad o profundidad en su desarrollo, pero no puedo salir de mi asombro cuando contemplo a la autora de «Sabor a hiel», al mayor fabricante de periodistas fakea quienes se dedican a difundir datos de un víctima de violación o a los hacedores de entrevistas falsas atacando con tal descaro a un medio en el que habitualmente o de forma más puntual hemos podido disfrutar de plumas tan contrastadas y leales con la profesión como las de Gervasio Sánchez, Daniel Bernabe o Dani Domínguez.

Me hastían estos días las vacuas luchas entre partidos casi tantos como los intentos por «evangelizar» a los ultras y en definitiva, me importa más bien poco si el enfermo se contagió en el bar del barrio, en la iglesia o luchando por la igualdad entre hombres y mujeres

En definitiva, «el caso» Miguel Lacambra no es el caso del ilustre redactor Claas Relotius en Der Spiegel y por supuesto, el trabajo para «desenmascarar» tan oscura trama por parte de la derechona y sus sicaritos de las redes sociales, no se asemeja en nada al de Bob Woodward y Carl Bernstein en el escándalo Watergate, por el contrario, no va más allá de una ligera campaña de Twitter sin prueba alguna o investigación que sostenga las acusaciones vertidas contra La Marea o contra el periodista Antonio Maestre. Acusaciones que sin embargo, para un medio formado por profesionales con bastante gallardía como para lanzarse a esta aventura del periodismo renunciando a la publicidad amoral o al control editorial a través de la misma de las grandes compañías del Ibex o las multinacionales, puede suponer el cierre, con los consiguientes efectos laborales y vitales que para sus trabajadores podría tener tan rastrera forma de actuar de aquellos que se dicen sus compañeros. 

En definitiva, sería bueno medir nuestras palabras, sostener nuestras acusaciones con pruebas de peso y recriminar los errores –como tal lo han admitido en una rectificación los compañeros y compañeras– en consecuencia al peso y la intención de quienes lo cometen. Resulta poco creíble ver a pesos pesados del panorama mediático recriminar el uso de un alias en una colaboración puntual, cuando muchos de ellos se dedican día tras día a manipular, retorcer e incluso crear de la nada contenidos para ponerlos al servicio de los intereses de las compañías para las que trabajan, todas ellas desde hace mucho tiempo realmente alejadas de los intereses puramente periodísticos. Como  viene reclamando Pascual Serrano en sus libros y en los espacios que se lo permiten, que no son muchos en el estado español pese a sus credenciales, puede que sea hora de encarar un código en periodístico que otorgue derechos, pero también deberes y responsabilidades a todos los compañeros. Idea que  me temo, no agradará a muchos de los que hoy señalan al tal Miguel Lacambra.


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