‘Matar al Rey’, un duelo interpretativo por la corona castellana

No es una reconstrucción histórica espectacular, pero realmente funciona como un thriller, como una dramática reflexión sobre la lucha del poder en aquella Castilla del siglo XV, centrado en la fragilidad de la monarquía y en la construcción de la legitimidad política.

Por Angelo Nero | 3/06/2026

Después de que Vicent Monsonís me volara literalmente la cabeza con “La invasió dels bàrbars”, una adaptación cinematográfica de la obra de teatro de Chema Cardeña, una de las mejores películas sobre Memoria Antifascista que se han realizado en los últimos tiempos, he decidido indagar en la cinematografía del director valenciano, y me he encontrado con otra interesante película suya, basada en otra obra teatral de Chema Cardeña que, firma el guión y, además, es uno de los interpretes principales de “Matar al Rey” (2016). La película es una producción histórica centrada en los momentos finales del reinado de Enrique IV de Castilla, cuya muerte causó la Guerra de Secesión Castellana, que llevaría al trono a su hermana Isabel, que pasaría a la historia como Isabel la Católica.

Las intrigas de la corte tienen como protagonistas a la princesa Isabel (a la que da vida Iría Márquez), a la Reina Juana de Avís (que encarna Rosa López), y a Beltrán de la Cueva, amante de la Reina (el actor Jaime Vicedo), cada uno con sus propios intereses para gestar un magnicidio, que sostienen intensos duelos dialécticos, entre promesas y amenazas, con un testigo incómodo: el judío Jacob (un impresionante Juan Carlos Garés) que mientras intenta curar al rey (el propio Chema Cardeña) de su impotencia, asiste a las conjuras, sin poder hacer nada para evitarlas.

La película tiene una indisimulada puesta en escena teatral, pero esto, lejos de ser un lastre para la adaptación cinematográfica, es uno de sus principales atractivos, y para aquellos que gustamos de las artes escénicas, podemos disfrutar de este teatro en diferido, para asistir a la interpretación excepcional de este elenco de lujo, rodado principalmente en el valenciano Castillo de Benissanó.

Absténganse los amantes de grandes producciones históricas, como aquella Isabel creada por Javier Olivares y a la que daba vida Michelle Jenner, aquí no hay ninguna romantización de la historia, no hay grandes escenarios ni grandes batallas, ni un ejército de figurantes, ni falta que hace, hay diálogos más afilados que las espadas, y una sucesión de intrigas que, aún sabiendo el final de la historia, te mantiene en vilo hasta el final. No es una reconstrucción histórica espectacular, pero realmente funciona como un thriller, como una dramática reflexión sobre la lucha del poder en aquella Castilla del siglo XV, centrado en la fragilidad de la monarquía y en la construcción de la legitimidad política, que dio lugar a dos guerras civiles castellanas, que dieron principio y fin a la Casa de Trastamara. Uno de los aspectos más interesantes del film es que nos muestra el conflicto por la sucesión del reino como una lucha por controlar el relato, algo que sigue estando, cinco siglos después, de actualidad.

Enrique IV, en la piel de Chema Cardeña, es un rey acosado por aquellos que quieren hacerse con su trono, ante las dudas sobre su virilidad, y sobre la paternidad de su hija a la que apodaron La Beltraneja, y tanto su hermana Isabel como su esposa, Juana, quieren asesinarlo para asegurarse la corona, mientras propagan rumores, buscan alianzas e siembran amenazas, mientras el buen galeno, el judío Jacob, intenta encontrar el origen del mal que aqueja al Rey y se convierte en su confidente y, quizás, su único amigo. Es el personaje interpretado por Juan Carlos Garés el que narra los hechos desde su reclusión, a donde lo ha llevado el tribunal religioso que intenta (o no) saber la verdad de quién quiso matar al rey, un personaje que se ha querido mantener al margen de las intrigas criminales, sin poder evitar que fuera situado en el centro de la trama.

“Matar al Rey” reflexiona sobre el poder, sobre la legitimidad del poder, también sobre la debilidad de los reyes de aquella Castilla, que, como otros reinos peninsulares, pendían de las alianzas con los nobles, de los complots familiares, de las intrigas palaciegas, más que de los ejércitos que les respaldaban, y, una vez muertos, también sufrían las manipulaciones históricas: los enemigos de Enrique IV difundieron el relato de que Juana no era su hija, sino del Beltrán de la Cueva, pero algunos historiadores actuales concluyen que la cuestión pudo haber sido utilizada como herramienta política para justificar la sustitución de la línea sucesoria, que llevó al trono a Isabel la Católica.

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