Mat-arte

Por Virginia Mota San Máximo

¿Cómo dibujarías tu hambre o qué textura le darías al miedo? ¿Cuántos trazos para la desesperanza?

Hay momentos en los que el arte es un lujo. Todo él. Ocurre cuando el artista trabaja en un proyecto más mundano que exige concentrar todos sus esfuerzos en llegar con vida al siguiente segundo. Pero hay otros, cuando la insistencia del sufrimiento se hace costumbre, cuando ya nada sorprende, en los que se comienza a entender la cultura como un medio de salvación. Y el artista se rehace a sí mismo acentuando la melancolía. Darle cuerpo, abultarla para que pare el temblor. Porque, al final, se trata de poner en valor la defensa por medio de la cultura y, ya de paso, defenderla como proponía Gaya, es decir, sin dejarla descansar. Por eso, el arte angélico, no; ni la ciencia infusa. Solo los días de diario del alma.

La cultura de la catástrofe

Los artistas que padecieron la Guerra Civil se resguardaron entre difuminados eternos y dimensiones imposibles que hicieron dudar al surrealismo de su propia definición. Sus obras eran exactamente lo que parecía, figuras emborronadas en su proporcionalidad, contornos sinuosos y enormes ojos ahogados en la inmensidad de sus propias cuencas. Era metralla de artista, restos del naufragio de la República española que iban emergiendo con el costumbrismo de la mala política, un hábito más de fatalidad. El artista recomponía sus fuerzas, fulminadas de los montes de huesos desnudados por la herrumbre moral. Así resistió para prender la luz en aquel aciago mundo que había tocado vivir. Después de mucho tiempo viendo la esperanza más allá de las nubes, aquellos huesos aceptaron la oferta que entonces les hacía el arte, y pasaron a utilizarlo como bastión defensivo frente a la inhumanidad del diosito de turno.

Hubo quienes abrazaron el arte después de que la violencia política les diese el empujón necesario. Entonces, una vez pasado el trago, agarraron el carboncillo y masticaron aún más el papel maché. Fueron las ganas de escupir la congoja que envilecía sus noches, pero también fue rebeldía. Por eso no les importó que la libertad esperase su momento con los talones rotos. Había que dibujar, lo importante era pintar o esculpir para calmar los recuerdos.

De ahí la Evocación de Mauthausen de Ramón Milá. De ahí también que dibujase en 1946 los latigazos que daba un borrón uniformado contra unos hombres al borde de la extenuación. Consumidos, derrotados; empapados de vacío. Milá dibujó aquí la muerte que habían visto sus propios ojos, convencidos de que no volverían a pestañear en otro lugar. Lo hizo jugando con la intensidad del negro, al que dio el poder de quitar la vida. Por eso, bajo la ducha, los contornos de Milá se van apagando hasta casi desaparecer. Como si se respirase con la fuerza de su trazo. Esa escena de 1946 que no tenía demasiado valor artístico, recogió, sin embargo, toda la esencia de Gusen, donde Milá, el barcelonés, aterrizó con 18 años después de que la Guerra Civil española le condenase al exilio.

Porque agarrado del faldón de la Guerra caminó el exilio cultural. El año en el que España enviudó del todo fue 1939. Entonces las exequias del franquismo honraron al difunto con una mortaja de ostracismo. Y España se quedó medio huérfana de cultura.

Pero hasta que la vejez de Franco hizo su trabajo, la prosperidad de la intelectualidad republicana hizo su cama pobre en Francia. Primero encerrada en campos de concentración como Argelès-sur-Mer. Después, condenada por el régimen de Vichy a pasar miserias en los campos nazis. Mauthausen nos suena. Gusen nos suena. Auschwitz nos suena.

Por eso el papel maché de Ángel Hernández estuvo macerando durante muchos años. Su encierro en Austria duró más allá del alambre de espino, de la División Acorazada, de Linz. La deportación psicológica de Hernán se extendió hasta la década de los 70, cuando el artista comenzó a estirar sus esculturas todo lo que pudo. Con la pulcritud del blanco, esta vez y desde el otro polo monocromo que Milá, representó la forma del hambre, la suya, adelgazando sus figuras hasta el límite. De ahí que los torsos de sus Prisioneros se dilaten hasta poner cara a la arrogancia infinita de la bestialidad.

Aun así, y a pesar del carácter vírico de la deshumanización, los artistas no embrutecieron sus almas. Aquellas obras que el siglo pasado quedaban fuera del canon artístico de rigor, que no coincidían con la recta moral que siempre acompaña a un par de ojos cerrados, dignifican hoy al ser humano que modeló el sufrimiento entre sus dedos. Y ocurrió que aquellos que admiraban a los artistas tras el cristal, terminaron por serlo a la vera de la musa menos exigente del arte que es la tristeza. Y la tristeza se agarró con ellos a la eternidad.

El arte de la catástrofe. La vitalidad. La crítica plástica como goma de la democracia. Como Elías Taño haciendo política hace pocos días por tierras vascas y valencianas a través del muralismo artístico; como Witkin y su Face of a Woman; como las Paradojas que Rogelio Báez, del Santurce portorriqueño, pintó después del huracán María que devastó su país en 2017: “Experimentos, de percepción, reconocimiento y manifestación que se esconden en la superficie de la vida cotidiana”, escribe el artista sobre su obra. Cotidianeidad, ahí está la clave. Aunque alguna apetezca menos que otra.

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