Marta Romero: ‘En Perú existe una clara pugna por las memorias hegemónicas y oficiales, imponiendo una única verdad y silenciando otras realidades’

Foto: Rodrigo Viera Amaral | La Diaria

Entrevistamos a la investigadora Marta Romero Delgado, autora del libro ‘Las mujeres de Sendero Luminoso y del MRTA’. 

Por Isabel Ginés | 14/05/2025

En el corazón de uno de los conflictos armados más cruentos de América Latina, las mujeres de Sendero Luminoso y del MRTA han sido sistemáticamente silenciadas, estigmatizadas o convertidas en caricaturas. La investigadora Marta Romero Delgado rompe el cerco del prejuicio para ofrecer una mirada radical y comprometida sobre esas vidas, cuestionando los relatos oficiales, desnudando estereotipos de género y devolviendo a estas mujeres su dimensión más incómoda y más humana: la de sujetas políticas. Esta entrevista es una inmersión valiente en esas historias invisibles que siguen doliendo y, por eso mismo, deben ser contadas.

Si alguien que nos lee no conoce Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru ¿cómo se lo explicarías?

El Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) y el Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso (PCP-SL) fueron organizaciones políticas de ideología comunista que surgieron de distintas experiencias políticas previas. Otro precedente próximo en el contexto peruano fueron las guerrillas de los años 1960 que, especialmente para el MRTA, las cuales actuarían como referente político y de acción, aunque la participación femenina en este caso fuera más bien escasa. Además, los dos grupos se consideran herederos de los postulados de Marx, Lenin y Mariátegui, además de ser influenciados por las circunstancias políticas y sociales que se vivieron los años previos. Por esto, es necesario considerar en el análisis al menos las dos décadas anteriores al estallido del conflicto armado, remarcar la convulsión que se vivía a nivel mundial y regional latinoamericano, así como señalar los cambios que se estaban produciendo en la economía, la composición de las zonas urbanas y rurales, y en la estructura familiar peruana, entre otros factores de grandes transformaciones sociales.

En concreto, el Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso (PCP-SL) resultó de varias escisiones del Partido Socialista peruano que fue fundado en 1928 por José Carlos Mariátegui hasta que entre el año 1969 y 1970, el PCP-Bandera Roja de tendencia maoísta se disgregó dando lugar al PCP-SL en Ayacucho, liderado por Abimael Guzmán. A mitad de la década de 1970, el PCP-SL se expandió más allá de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Humanga (UNSCH) y de las zonas urbanas por lo que muchos cuadros se trasladaron al campo para unirse y convivir en las comunidades construyendo bases de apoyo. Después de varios plenos del Comité Central (CC), el PCP-SL decidió que, debido a las características peruanas del momento, la única salida era la lucha armada, iniciándola en 1980, justo cuando el país volvía a las primeras elecciones democráticas tras varias décadas de gobiernos militares.

Por su parte, el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) también surgió de varias escisiones del partido Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre en 1931. Un grupo de militantes que venían del APRA Rebelde formó en 1962 el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de ideología marxista-leninista. A finales de los años sesenta, el MIR se disgregó en 3 facciones, una de las cuales era el MIR-EM (El Militante) y años después, junto con el Partido Socialista Revolucionario-Marxista Leninista (PSR-ML) fundaron el MRTA en 1982, a pesar de que comenzaran a operar oficial y públicamente en 1984, año cuando se realizó el I Comité Central del MRTA en Lima. Es en este año cuando decidieron declararle la guerra al estado peruano y comenzar igualmente la lucha armada, aunque de manera autónoma y con distinto ideario del PCP-SL.

Conviene señalar que, aunque muchos partidos y agrupaciones políticas también consideraban la lucha armada como el único camino para la transformación social durante los años 1960 y 1970, es a finales de los setenta cuando se distanciaron política y estratégicamente del PCP-SL y de las facciones del MIR (y más tarde del MRTA) para separarse de los discursos de lucha armada que ambos mantenían y que serían los únicos del espectro político que la pondrían en práctica. Es así como dio comienzo el conflicto armado interno peruano en 1980, el cual se prolongó hasta el 2000, aunque la violencia bajó considerablemente en 1992 debido a las detenciones de los miembros de las cúpulas de ambos grupos armados. La Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) fue un ente estatal creado en 2001 con el fin de analizar las causas de la violencia del conflicto, así como los daños materiales y personales ocasionados. El Informe Final se presentó en 2003 y concluyó que hubo aproximadamente 69.280 personas desaparecidas o asesinadas, las cuales tres de cada cuatro eran de zonas rurales (principalmente de Ayacucho), y el 75% del total hablaba quechua o tenía como lengua materna alguna lengua indígena. Las pérdidas económicas entre 1980 y 1992 se estimaron en 21.000 millones de dólares.

¿Qué te llevó a centrar tu investigación en las mujeres vinculadas a los grupos armados del Perú, particularmente en un contexto tan complejo y doloroso como el conflicto armado interno?

Cuando llegué por primera vez a Perú en 2007 para realizar el trabajo de campo de mi tesis doctoral todavía no tenía definido mi tema de investigación, aunque sí sabía que quería hacerlo sobre mujeres y el conflicto armado. Cuando conversaba con la gente, inicialmente pensaban que quería hacerlo desde la perspectiva de las mujeres como víctimas, era entonces cuando en las universidades y en los centros de investigación o de derechos humanos todas las puertas se me abrían, brindándome su apoyo y mostrando su predisposición. No obstante, como lo que más escuchaba era que las mujeres de Sendero Luminoso eran “mucho más crueles e inhumanas”, me decanté por analizar qué subyacía detrás de esa afirmación tan repetida por los medios de comunicación, los sucesivos gobiernos y gran parte del mundo académico, momento en el cual se me cerraron todas las puertas y ya no había tal colaboración.

Empecé a sumergirme e interesarme cada vez más en el conflicto armado con ayuda de libros con los que me documenté, gente especializada con la que conversé (como profesores/as, Asociaciones de familiares y de Derechos Humanos, Comisionadas/os de la Verdad) y, en especial, gracias a las personas que participaron de manera directa o indirecta en el conflicto. Todas me ayudaron a tratar este tema tan doloroso con el respeto que se merece y a reconocer que realmente había pasado muy poco tiempo desde que finalizó el conflicto armado interno.

Incluso en la actualidad no se quiere investigar por parte del poder y prefieren no remover, aunque no sucede lo mismo con una gran parte de la sociedad, principalmente jóvenes, quienes sienten la necesidad de saber otras realidades e historias que fueron protagonistas durante el conflicto armado interno, más allá del maniqueísmo de buenos y malos impuesto por la historia oficial y hegemónica.

Finalmente decidí centrar mi trabajo en este tema porque las mujeres, al igual que los hombres, han participado en el conflicto armado de múltiples maneras y en ocasiones de manera voluntaria, aunque en otras haya sido menos meditada. Pero decir que solo han sido víctimas (concepto que también habría que analizar detenidamente porque frecuentemente se asocia a las mujeres y a estereotipos de género que las definen como frágiles, cuidadoras y con necesidad de protección de los hombres) salvo unas pocas locas, es no entender la complejidad de la realidad peruana. Por eso, frente a una objetivación sistemática de las mujeres, mi investigación trata de analizarlas como sujetas políticas y sociales con capacidad de agencia, a través del énfasis en sus circunstancias de vida y en los factores sociales, políticos e históricos que incidieron en sus experiencias vitales. Asimismo, me pareció muy relevante examinar cómo fue la socialización política que transformó sus identidades y subjetividades.

Tu libro aborda las motivaciones y experiencias de estas mujeres, así como su participación en organizaciones como Sendero Luminoso y el MRTA. ¿Qué factores consideras que influenciaron más decisivamente su incorporación a estos grupos?

Primero quisiera remarcar que, al igual que no hay una única manera de ser mujer, tampoco la hay de serlo al interior de estos grupos. Por eso, los factores que influenciaron la incorporación de las mujeres a estos grupos fueron diversos, siendo atravesadas por multitud de vicisitudes y experiencias vitales. Aunque los relatos de cada mujer entrevistada constituyen una historia personal, existen aspectos comunes a todas ellas que se convierten en distintos ejes temáticos de su narración tales como la familia, la maternidad, la cárcel y el futuro soñado, entre otros.

Los factores o motivos para la entrada de estas mujeres en el MRTA o en el PCP-SL no son excluyentes entre sí y se deben contextualizar dentro del momento vivido, dependiendo a su vez de diferentes variables como el estrato social, componente étnico, género y edad. Los he dividido en 3 grupos:

1. Según las condiciones sociales, políticas e ideológicas: En este grupo estarían la mayoría de mujeres que entrevisté, las cuales destacan por su incorporación a uno de los dos grupos armados debido a las razones subjetivas que conforman su realidad y principalmente por una socialización política temprana. Frecuentemente proceden de zonas urbanas, su nivel socio-económico y ocupación laboral se sitúan en todas las categorías sociales y aunque suelen tener formación universitaria, también las hay obreras y profesionales.

Estos factores sociales, políticos e ideológicos que hicieron posible que muchas mujeres se integraran a ambos grupos, también explican por qué hubo más mujeres en el PCP-SL respecto al MRTA y es debido al “trabajo político” hecho por y para las mujeres a través del Movimiento Femenino Popular (MFP), un organismo generado de finales de 1960.

2. Si atendemos a las mujeres que se vincularon a través de condiciones situacionales, destacan las circunstancias individuales y del momento más que las colectivas o políticas, las cuales fueron fruto del estallido bélico y por el contexto de violencia existente en aquel entonces en la sociedad, sobre todo en zonas rurales. De igual manera, hay otros factores que pueden influir en la entrada a los grupos armados como son la valoración dentro grupo, la movilidad de estatus social, el reconocimiento social y la búsqueda de venganza. Aunque para muchas mujeres su entrada por dichas condiciones situacionales no fuera tan meditada como las que se integran por los primeros condicionantes, tras largas condenas en las cárceles, su convicción social, política e ideológica aumenta considerablemente.

3. Y finalmente los últimos factores o condiciones son los grupales, donde estarían las mujeres que son reclutadas a la fuerza, pero como ninguna mujer que entrevisté se incorporó por este motivo, en mi investigación no analizo en profundidad esta cuestión, lo cual no significa que desconozca esta realidad. De hecho, al igual que sucede en la mayor parte de las guerras o conflictos bélicos, mujeres y hombres de todas las edades son reclutados a la fuerza en diversos momentos de la contienda, debido a su ubicación en lugares del conflicto ocupados por un bando u otro donde además, existía una polarización social muy intensa, como ocurrió durante el conflicto armado interno peruano especialmente en las zonas rurales.

En tu trabajo, mencionas cómo estas mujeres han sido frecuentemente estereotipadas como “crueles” o “antinaturales”. ¿Cómo crees que estos estereotipos han afectado la percepción pública?

Esta pregunta está íntimamente ligada a la anterior, porque a través de mi investigación, de las entrevistas realizadas de primera mano y del análisis de las fuentes secundarias, trato de desmontar estos estereotipos y prejuicios que todavía siguen vigentes a la hora de explicar cómo son estas mujeres y por qué se vincularon. Estos discursos maniqueos las retratan y las analizan por un lado como hiper-masculinizadas, crueles, sin sentimientos, sanguinarias, manipuladoras y hasta ninfómanas y locas; o por otro lado como hiper-feminizadas, afirmando que fueron embaucadas, subyugadas y manipuladas por hombres.

Quienes de igual manera han trabajado sobre las mujeres en las guerras o en conflictos bélicos recientes constatan que a diferencia de los hombres, a las mujeres se las sigue juzgando con estereotipos de género y sexistas a través de análisis superficiales que enfatizan sus rasgos biológicos y psicológicos. Dichos análisis concluyen que las mujeres que ejercen la violencia lo hacen motivadas por razones personales y emocionales, eliminando cualquier factor político y agencia. Pero las últimas investigaciones desde las ciencias sociales, principalmente de corte cualitativo, revelan que la violencia ejercida por parte de las mujeres y las razones para explicar la misma se parecen bastante a las de los hombres, careciendo por completo de credibilidad estos discursos construidos desde los medios de comunicación, el estado y gran parte del mundo académico.

Son discursos que, además de no ser ciertos, afectan de manera muy negativa a la percepción pública y ocasionan, entre otras cuestiones, que se juzgue de manera más severa a nivel social, simbólico y judicial a las mujeres, algo que no sucede únicamente con las mujeres de los grupos armados peruanos, sino con todas las mujeres que transgreden el rol asignado tradicionalmente a su género, es decir, que no son pacíficas, dóciles y dedicadas únicamente a la maternidad y a los cuidados de los demás. Es aquí cuando resulta clave el concepto de “gubernamentalidad” planteado por Michel Foucault. Es decir, que comprender la forma en que el Estado gobierna o ejerce control sobre su población nos ayuda a saber por qué estos discursos construidos son necesarios y funcionales al poder establecido. Según Foucault, la gubernamentalidad es el conjunto práctico de estrategias discursivas que tiene el estado para ejercer su poder por medio de diversos saberes especializados. Es así como los gobiernos logran imponer de manera sutil y a través de la obediencia una idea de justicia y afianzar su poder de forma que parezcan racionales y sensatos para la población dichos discursos.

Y el problema es que la opinión pública la conforma toda la sociedad, incluso las y los jueces encargados de deliberar en los juicios. En este sentido, tanto en el caso peruano como en numerosos ejemplos internacionales, las sentencias judiciales también están imbuidas de esos sesgos patriarcales, y las condenas a mujeres que ejercen la violencia son tratadas o bien desde la indulgencia de ser mujeres y no verlas capaces de ejercer violencia, o bien reciben sentencias y castigo ejemplarizantes por transgredir los roles y las expectativas de género.

Desde una perspectiva crítica y feminista, ¿cómo abordas la compleja cuestión de la responsabilidad de estas mujeres en la violencia cometida durante el conflicto, sin negar las circunstancias que las llevaron a radicalizarse?

Como he planteado con anterioridad, analizar todo lo que implica la vida y las trayectorias de estas mujeres desde una perspectiva crítica y feminista supone desafiar los estereotipos de género y biologicistas que siguen vigentes, no aceptar de manera acrítica ciertos discursos simplistas y dicotómicos, además de cuestionar las estructuras y las relaciones de poder existentes.

La violencia debe ser entendida como un producto sistémico y estructural, donde una de sus expresiones más extremas son las guerras y los conflictos bélicos. Desde una perspectiva feminista crítica no se niega la capacidad violenta de las mujeres, sino que esta es planteada dentro del entramado de opresiones estructurales como son el patriarcado, el capitalismo y el racismo presentes en nuestras sociedades. Y al entender que las mujeres pueden ser tan capaces como los hombres en ejercer violencia política, no se trata de deshumanizarlas sino de hacerlas responsables y comprender de manera más amplia que en el sistema bélico-patriarcal la guerra, la violencia y la dominación militar se entrelazan con las relaciones de género patriarcales, donde los roles de poder, control y autoridad a pesar de que en ocasiones puedan disiparse, permanecen muy marcados.

En este sentido, no cabe duda de que las mujeres han tenido gran responsabilidad en la violencia política cometida durante el conflicto armado, al igual que sus pares hombres. Ellas, aunque en menor número, estuvieron presentes en ambos grupos u organizaciones armadas, principalmente en el PCP-SL. No obstante, el hecho de que cometieran o no violencia explícita durante el conflicto armado no es un tema que aparezca en las entrevistas, principalmente porque han sido y siguen siendo muy estigmatizadas y condenadas de manera más severa por parte de la sociedad y de todas sus instituciones.

Por ello, desde una perspectiva feminista crítica lo que se rechaza es analizar a las mujeres desde la polarización y se aboga por comprender la violencia ejercida por las mismas como un fenómeno político que destaque los factores sociales y políticos, pero no desde la excepcionalidad, fascinación, negación o invisibilización. Resulta lamentable evidenciar cómo, a pesar de las numerosas investigaciones que desmontan estas explicaciones superficiales y estereotipadas, en la actualidad a la hora de analizar a las mujeres no existen los grises y se mantiene la falsa dicotomía entre el mito de la inocencia femenina (al ser vistas como dadora de vida, resulta imposible que la quiten), o por el contrario se las infantiliza o patologiza. Aún así, en ambos casos son consideradas carentes de agencia o de capacidad de acción.

Para terminar este punto, me gustaría plantear que el concepto “radicalización” es controvertido y en mi opinión no resulta muy útil para analizar la realidad social, igual que sucede con el concepto “terrorismo”. Ambos términos están vinculados entre sí y son muy utilizados en los Estudios sobre Terrorismo, pero la falta de consenso existente a la hora de definirlos genera confusión y dificultad para su estudio y análisis. Además, esta falta de precisión y la sobreutilización actual, incluso en los medios de comunicación, hace que se hayan vaciado de significado y resulten conceptos bastante tendenciosos utilizados con fines políticos y solo en determinados contextos, principalmente en el referido al llamado “terrorismo yihadista”. Asimismo, los discursos y las representaciones sociales dominantes sobre las personas involucradas en violencia política también han sido creados particularmente por dichos Estudios sobre Terrorismo. En concreto, este tipo de violencia o “terrorismo” se ha visto como una patología aislada, máxime cuando la ejercen las mujeres. En cambio, considero necesario analizar la violencia política haciendo hincapié en los factores sociales, políticos y estructurales, prestando así especial atención a la socialización política y a la cultura política de las mujeres involucradas en la misma.

Una de las partes más emotivas de tu estudio es la exploración de la identidad militante de estas mujeres. ¿Podrías compartir cómo ellas mismas describen esta identidad y cómo ha cambiado con el tiempo?

En el libro analizo las transformaciones, permanencias o rupturas identitarias que estas mujeres hicieron como consecuencia del conflicto armado interno peruano. Hay que tener en cuenta que antes o durante el mismo algunas vivieron años en clandestinidad, pero lo que experimentaron la mayoría fueron largas condenas de cárcel. Todas estas experiencias extremas a las que tienen que hacer frente cambiaron por completo su cotidianidad, las relaciones personales y familiares previas, así como la manera de vincularse con el entorno.

Así, después de entre 10 y 30 años de privación de libertad (algunas continúan en prisión), su identidad va cambiando, transformándose o reconfigurándose para adaptarse a la realidad que estaban viviendo, afianzándose más en sus ideas políticas o desvinculándose de los grupos armados a los que pertenecieron. Todo ello propiciado por el estado, a través de diversas leyes como la Ley de Arrepentimiento de 1993, cuyo fin era debilitar el poder que ambos grupos tenían en las cárceles, principalmente el PCP-SL.

Entre otros factores, dependiendo de las circunstancias o motivaciones que hicieron posible que se vincularan en estas organizaciones, así será su desenlace o afianzamiento en el mismo. En el caso de las mujeres que ingresaron con una socialización política fuerte, en la mayoría de los casos afianzan sus convicciones, autodenominándose presas políticas o prisioneras de guerra, es entonces cuando la ideología marxista les sigue siendo útil como herramienta para sobrevivir a los duros y largos encierros carcelarios. También las hay que durante el conflicto armado y por diferentes contextos terminaron encarceladas acusadas de pertenecer a algunos de los dos grupos (incluso siendo inocentes de los cargos que las imputaban), pero es estando en la cárcel cuando desarrollan y definen una identidad militante que antes no tenían. Mientras que otras se desvinculan por completo con el fin de obtener beneficios penitenciarios, pasando a estar en la categoría de arrepentidas, independientes, desvinculadas o inocentes.

En tu investigación, abordas también temas como la maternidad, la diversidad sexual y los vínculos familiares. ¿Qué hallazgos destacarías sobre cómo estos aspectos influyeron en la vida de las mujeres militantes durante y después del conflicto?

De cada uno de esos temas se podría hacer un libro específico, porque realmente son varios capítulos o subcapítulos propios en mi libro. Pero de manera resumida, podría decir que la maternidad es uno de los temas más dolorosos y difíciles que aparece recurrentemente en las entrevistas, tanto para las mujeres que han sido madres como para las que no. La separación de sus hijas o hijos durante la clandestinidad o en la cárcel tras largas condenas es algo que siempre las marcará. Máxime por la idealización, mandatos, discursos y obligaciones de género que existen en torno a la maternidad, cuestión que es diferente respecto a la paternidad. Una de las conclusiones es que la lucha armada y la guerra es compatible con la paternidad, pero no con la maternidad.

Asimismo, hay mujeres que por decisión propia no quieren ser madres, pero son pocas. Y por último, las hay a quienes les hubiera gustado serlo pero por el estallido del conflicto y posteriormente los años de condena, no pueden llegar a ser madres. No obstante, todas se convertirán en un apoyo fundamental para cuidar a esas criaturas que nacen en clandestinidad o en prisión, así como en un sustento emocional y material importante para las madres a través de una “maternidad colectiva”.

Además, esta es una de las tensiones identitarias más fuerte porque muchas tuvieron que elegir entre su vida familiar o su vida política, especialmente cuando se recrudeció el conflicto, cuestión que para los hombres no fue tan complicado, al menos no tuvieron tantas dudas o no lo expresaron de manera tan directa. Esto sucede porque en numerosos casos, la maternidad no es cuestionada y es uno de los mayores mandatos de género, considerado algo natural e inherente a la mujer, por lo que la sociedad e incluso en ocasiones ellas mismas reclaman y muestran conformidad con ciertos valores de la feminidad hegemónica.

Para las mujeres, las renuncias y las pérdidas más difíciles de gestionar son las referentes a los vínculos familiares, en concreto quienes fueron madres. Pero también fue muy doloroso la separación física con sus madres, padres y hermanas/os. Las que fueron madres, mencionan las culpas, frustraciones y dificultades vividas con sus hijas/os, a quienes no vieron crecer, temieron por sus vidas mientras estaban en clandestinidad o en la cárcel y en algunos casos perdieron por completo los vínculos.

Respecto a la diversidad sexual y genérica, lo que comprobé tras mi investigación es que, a pesar de que en la sociedad en general exista mayor tolerancia en la actualidad con las personas LGTBIQ, se mantiene una agresividad y rechazo explícito a las mismas, algo que también se aprecia claramente al interior de estos grupos. Estos últimos siguieron generalmente pautas y conductas bastante tradicionales, caracterizadas por una heteronormatividad muy fuerte y con actitudes retrógradas contra cualquier opción que fuera diferente. Cuestión que también está relacionada con lo anteriormente planteado de los mandatos de género y la feminidad tradicional hegemónica. En el libro también detallo algunos ejemplos de crímenes de odio contra la comunidad LGTBIQ cometidos tanto por ambos grupos armados como por las fuerzas militares y del estado.

¿Cuáles crees que son los desafíos principales que enfrentan hoy en día las mujeres que participaron en estos movimientos armados en el Perú, especialmente en términos de reintegración y reconciliación?

Debido a que el conflicto armado peruano finalizó con la derrota militar de ambas organizaciones armadas, no hubo procesos de reconciliación ni acuerdos de paz como sí sucedió en otros contextos tras enfrentamientos bélicos prolongados. Las consecuencias de esto es que existe una clara pugna por las memorias hegemónicas y oficiales, imponiendo una única verdad y silenciando otras realidades.

Es por esto que tampoco hay unas leyes ni apoyo de ningún tipo para la reintegración a la sociedad tras largas condenas en prisión. Generalmente las mujeres lo que encuentran a su salida es soledad y estigma social. Algunas no pueden recurrir a su familia puesto que, por diferentes motivos, han dejado de tener contacto con la misma. Son principalmente los medios de comunicación y el resto de la sociedad quienes más las señalan, sobre todo los casos que han sido más mediáticos. Además, a nivel legal, también se pretende que caigan en el ostracismo a través del aparato legal, como por ejemplo la ley del año 2012 y ampliada en 2019, que establece la inhabilitación definitiva para ciertos ámbitos laborales como el personal docente y administrativo de instituciones educativas públicas y privadas para las personas que hayan estado relacionadas con “delitos de terrorismo” y “apología del terrorismo”.

Este aspecto laboral es uno de los grandes desafíos que enfrentan actualmente las mujeres que participaron en el PCP-SL y en el MRTA. Pero sin duda el aspecto más complejo es el de los vínculos personales, porque tratan de restablecer y mejorar las relaciones familiares y de amistad que se resintieron tanto en la época de clandestinidad como debido a las largas condenas carcelarias. Especialmente traumático es en el caso de las que fueron madres por la separación de sus hijas o hijos.

Has trabajado extensamente en temas de feminismos diversos y decoloniales. ¿Cómo se relaciona esta perspectiva con tu estudio sobre las mujeres en el conflicto peruano? ¿Qué nos enseña sobre la intersección de género y colonialidad en contextos de violencia?

Lo primero es entender que existen distintos tipos de feminismo, y no únicamente el hegemónico. Los feminismos desde las periferias y desde abajo, por ejemplo, enriquecen el análisis porque las protagonistas no suelen ser tenidas en cuenta por la historia oficial.

Respecto al caso peruano, se piensa que las mujeres que se vincularon a ambos grupos armados fueron únicamente de clase alta o media y blancas, pero no es así. Claro que hay una cuestión de clase y por lo general las que estaban en la cúpula eran de clases medias o altas, pero en la base hubo mujeres de todos los estratos sociales, principalmente en el PCP-SL, de zonas rurales y de Ayacucho. En este sentido, hay que señalar que en Perú el centralismo existente es muy fuerte, es decir, que para el poder y los medios de comunicación hegemónicos solo existe Lima, la capital, ya que es donde se concentran las élites. Asimismo, las desigualdades sociales existentes previas al conflicto armado se agravaron durante el mismo, lo cual repercutió en mayor medida en los colectivos que más discriminados han estado históricamente, como son las mujeres, las comunidades indígenas y las afrodescendientes. Por eso, es importante que el análisis considere las distintas variables sociales y lo haga desde una perspectiva crítica interseccional.

Para comprender el género en la guerra, la autora Cynthia Cockburn propone trabajar con los conceptos “posicionalidad” e “interseccionalidad”. En este sentido, el posicionamiento define las tres dimensiones del poder: el género, la etnia/‘raza’ y la clase. La interseccionalidad también es importante porque no solo se aplica a la experiencia de las personas o grupos, sino a los sistemas, es decir, son las estructuras y prácticas del poder económico, étnico y de género las que se entrecruzan y son mutuamente constitutivas.

Detrás de los conflictos bélicos existen multitud de intereses políticos, sociales, económicos y de control de recursos. Por ello, el sistema bélico-patriarcal alimenta y perpetúa la cultura de la violencia, en la que la guerra, la militarización y la violencia de género se ven como partes naturales o inevitables de la sociedad. Esto refuerza estereotipos de género, justifica la violencia contra ciertos grupos y mantiene estructuras de poder que benefician a quienes controlan los recursos y las instituciones. Aquí cobra especial relevancia el concepto de masculinidades militarizadas de la socióloga Raewyn Connell, que se refiere a un modelo de masculinidad que idealiza y promueve características asociadas a la disciplina, la agresividad, la jerarquía, el sacrificio y el control emocional, tomando como referencia los valores y estructuras de las instituciones militares. Desde una perspectiva crítica feminista y decolonial, las masculinidades militarizadas se entienden como una construcción social y cultural que refuerzan las relaciones de poder, dominación y desigualdad. De hecho, no solo promueve valores como la fuerza y la agresividad, sino que también están vinculadas a sistemas de opresión, como el colonialismo, el patriarcado y el racismo. Desde esta visión, las masculinidades militarizadas se ven como un producto de estructuras de poder que buscan mantener jerarquías y control, justificando la violencia y la guerra como medios legítimos para ejercer dominio. Es así como la masculinidad hegemónica, con sus normas y expectativas, puede ser reforzada y legitimada a través de la institución militar y la ideología de la guerra, fortaleciendo la idea de que los conflictos bélicos y la violencia son inherentes o naturales a los hombres, lo cual perpetúa la desigualdad de género y la exclusión de otras formas de ser y de relacionarse.

¿Cuál es tu perspectiva sobre el papel de la academia y la sociedad civil en la visibilización y comprensión de las historias de estas mujeres? ¿Qué más se puede hacer para asegurar que sus voces sean escuchadas y sus experiencias comprendidas en su totalidad?

El mundo académico es muy heterogéneo y en su interior existen voces más legitimadas y cómodas, frente a otras que son más críticas e independientes y por ello, más invisibilizadas y con menos poder. A su vez esto está relacionado con ciertas tendencias actuales y con el mercado que dicta lo que es considerado “publicable” o no.

Explorar el pasado siempre es complejo, especialmente si hablamos de un pasado reciente y si se hace desde una perspectiva crítica e incómoda para el estatus quo. En Perú, investigar este tema sigue siendo tabú, y en la actualidad es más complicado investigar que cuando yo fui a vivir por un tiempo en el año 2007. A pesar de todas las dificultades, para mi ha sido más fácil porque yo no soy peruana y actualmente no vivo allí, pero ha habido y sigue habiendo numerosos casos de censura, agravados por las sucesivas leyes o normas que la legitiman. Lamentablemente existen muchos ejemplos de ello, resultando difícil poder seguir investigando, debatiendo, opinando o simplemente reflexionando sobre esta etapa de violencia política peruana si no se sigue una línea estrictamente oficialista. Los criterios para censurar resultan cada vez más dudosos y difusos, abarcando cualquier área de conocimiento, como pueden ser conferencias, coloquios internacionales, películas u obras de arte. Además, existe una constante criminalización de la protesta y de cualquier disidencia, conceptualizado en la palabra “terruqueo”, que aunque nació durante el durante el conflicto armado, actualmente se ha extendido con el fin de silenciar, censurar y limitar la libertad de expresión.

En concreto, el papel de la academia y de la sociedad civil debería ser mucho más activo y crítico con el fin de exigir poder seguir debatiendo e investigando estas realidades, tanto en Perú como fuera de este país.

Mirando hacia el futuro, ¿qué esperas lograr con tu trabajo en términos de impacto académico y social? ¿Qué mensaje te gustaría que los lectores de tu libro se llevaran al conocer estas historias silenciadas?

Soy consciente de que es un tema incómodo como he explicado anteriormente, pero resulta necesario y apremiante conocer la realidad de estas mujeres. En Perú en concreto, sucede que en ocasiones las nuevas generaciones no saben bien lo que pasó y conviene que dispongan de toda la información para que luego conformen su opinión de manera más sólida y con argumentos. En este sentido y de manera humilde, me conformaría con que lo leyera el mayor número posible de personas peruanas y si eso hace que se hable del tema y que se pueda debatir con gente de todas las edades, me doy por satisfecha. Esto es lo que sucedió cuando fui a presentar el libro en agosto de 2024 a Argentina y a Uruguay, pero sobre todo cuando lo hice en Perú el pasado diciembre de 2024.

Además, este tema trasciende al país andino donde sucedió porque es un ejemplo más que ilustra cómo se sigue analizando a las mujeres combatientes o las que participan en la violencia política, y es de manera superficial, estereotipada y sesgada. Por eso, el libro está pensado para todos los públicos, principalmente para quienes tengan interés en la historia política y social de Perú y de América Latina, pero también para quien quiera saber más sobre el papel y la participación de las mujeres en las guerras contemporáneas desde una perspectiva crítica feminista. A nivel académico, se enmarca dentro de las Ciencias Sociales, incluyendo la Sociología, Psicología Social, Antropología Social, Ciencias Políticas, Relaciones Internacionales, Historia y la Teoría Feminista, entre otras.

¿Cuáles son tus proyectos del futuro?

Me gustaría seguir trabajando este tema y creando alianzas con otras compañeras que también estén trabajando temas similares. El año pasado cuando estuve presentando el libro en varias ciudades españolas y en América Latina, pude tener interesantes reflexiones y debates, además de conocer a otras compañeras con perspectivas e inquietudes similares a las mías, lo cual fue muy sugerente y gratificante. También me reencontré con gente peruana muy querida. Por eso, con algunas estoy en contacto para realizar colaboraciones y seguir investigando sobre este tema.

De igual manera, me motivan e investigo otros temas que para mi son importantes como los movimientos por la recuperación de la memoria histórica en el Estado Español o las mujeres en los movimientos anarquistas.

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