Mario Draghi y el incierto futuro político de Italia

Por Eros Labara

Con unas instituciones débiles y una democracia exhausta, la nueva ola de reformas que se avizora en Italia puede terminar por dar luz verde para un experimento populista de extrema derecha en el corazón de la Unión Europea. Es urgente proponer un proyecto que movilice de una vez por todas a grandes capas de la hastiada población italiana.

L’Italia è così: tutta una commedia, sempre la commedia. Ecco il loro destino: il finale comico. Per questo motivo non avevano alcun destino. La commedia o la tragedia. Quasi sempre insieme.

De esta manera define Antonio Scurati a Italia en su magnífico M. El hijo del siglo (Alfaguara, 2020), un libro sobre el auge del fascismo de Benito Mussolini que contiene inquietantes paralelismos con la actualidad. La historia de la política italiana suele destacar por sus episodios tragicómicos, y prueba de ello es el habitual recurso del símil utilizado en los diferentes análisis sobre la situación e historia del país transalpino. Nos sirven los recientes movimientos en el Palazzo Montecitorio –sede de los parlamentarios italianos como ejemplo para comprobar que, casi cien años después de la convulsa situación social y política descrita en el libro de Scurati, Italia sigue siendo, en efecto, una obra trágica que entrelaza elementos propios de la comedia.

Solo así, entendiendo la política italiana como una obra de tragicomedia, podremos entender cómo Draghi ha llegado a convertirse en el Primer Ministro italiano con el beneplácito de prácticamente todo el arco parlamentario, exceptuando el del partido de la izquierda Sinistra Italiana (SI) y el de ultraderecha Fratelli d’Italia. 

Mario Draghi, que fuera presidente del Banco Central Europeo (BCE) en los peores años de la crisis económica, se convirtió el pasado mes de febrero en el presidente del Consejo de Ministros de Italia, en premier de la unidad nacional y líder de un nuevo gobierno europeísta encargado de gestionar los fondos europeos para hacer frente a esta nueva crisis económica que acompaña la pandemia del coronavirus.

Para muchos italianos, Draghi es Super Mario, el economista que salvó al euro y dotó de estabilidad la crisis de la Unión Europea con su ya histórico whatever it takes. Muchos creen que con Draghi en el poder se pondrá orden al desbarajuste político que acompaña al país desde hace ya demasiado tiempo. La figura técnica de Draghi sería como la de un reputado cirujano, que anestesia la democracia representativa italiana para así poder extirpar los males que afligen al cuerpo enfermo. De esta manera, hasta que el paciente pueda recuperarse y valerse de nuevo por sí mismo, la democracia queda suspendida indefinidamente.

Sin embargo, conviene recordar que il professore fue uno de los impulsores de las duras políticas europeas de austeridad y el artífice de los «ajustes estructurales», eufemismo que se emplea para denominar los impopulares recortes sociales y la ola de privatizaciones que llevarían a muchos países, principalmente del sur de Europa (Italia inclusive), a una progresiva pérdida de bienestar social y a un empobrecimiento de grandes capas de la población cuyos dramáticos efectos todavía persisten a día de hoy.

Aunque parece como si los italianos hubieran olvidado las consecuencias que tuvieron sus directrices desde el BCE para la clase trabajadora del país, durante años el BCE, junto al Fondo Monetario Internacional y la Comisión Europea, intervinieron en las políticas económicas de los países con excesos de déficit públicos para tratar de recuperar la confianza en la moneda única y satisfacer los mercados financieros. Las enormes presiones provenientes de la Unión Europea con Draghi a los mandos del todopoderoso BCE tuvieron efectos directos sobre la estabilidad sociopolítica doméstica de los Estados miembro, al percibirse como una amenaza directa sobre la soberanía.

Toda una serie de imposiciones y políticas de mano dura provenientes de Bruselas «para calmar los mercados» llegaron finalmente a dinamitar el sistema de partidos de diferentes países y a generar unos desequilibrios políticos que, paradójicamente, en Italia han acabado por dar a Draghi la llave del Palazzo Chigi.

El efecto Draghi

Cualquiera que haya tratado de adentrarse en la maraña de la política italiana de los últimos años seguramente haya salido con cierta confusión y no pocas preguntas. No es para menos: la tragicomedia italiana no resulta fácil de entender, ni tampoco parece apta para todos los públicos.

Recordemos que allá por el lejano 2011 el Gobierno de Silvio Berlusconi, con la coalición de partidos Il Popolo della Libertà, finalmente cayó ante la disparada deuda pública y la difícil situación financiera en la que quedó sumido el país tras el estallido de la crisis. Fue entonces cuando la Unión Europea impuso, a los pocos días de su dimisión, el Gobierno tecnocrático de Mario Monti, un reconocido economista exasesor de Goldman Sachs y de la rama neoliberal ortodoxa, elegido para hacerse cargo de la maltrecha economía italiana.

Desde ese fatídico momento, y en el transcurso de pocos años, se sucede un vaivén de diferentes gobiernos y presidentes del Consejo –Letta, Renzi y Gentiloni– a través de los cuales la centroizquierda y la centroderecha italiana se encargan de impulsar animosamente la agenda neoliberal de la troika europea.

En un corto espacio de tiempo, los italianos acabaron sufriendo recortes en educación y sanidad, aumento del paro, fuga de cerebros, privatizaciones en masa, aumento de la edad jubilatoria, pérdida de poder adquisitivo y un empeoramiento de las condiciones laborales y los servicios públicos de manera generalizada. Sin duda, los años de aplicación de las fuertes medidas de ajuste europeas se tradujeron en una creciente desconfianza hacia la democracia representativa por parte de los italianos que, en definitiva, acabaría por dinamitar el sistema de partidos y conduciría al país a un desequilibrio permanente.

La falta de alternativas a la imposición del Gobierno de Monti y la continuación de la aplicación por parte de los posteriores dirigentes del país de las políticas de austeridad encomendadas por Draghi podrían verse, así, como el detonante y el caldo de cultivo idóneo para que buena parte del electorado italiano empezara a interiorizar sentimientos anti establishment y antipolítica.

Se trató del sentir de una época que, sobre todo, se hizo presente en los castigados Estados del sur europeo. La población italiana se encontraba profundamente exasperada con su clase política, y los principales partidos Forza Italia (FI) y Partito Democratico (PD), que habían impulsado mediante acuerdos de gobierno las políticas de austeridad dictaminadas por Draghi, se cobrarían un duro revés electoral en las últimas elecciones de 2018. Sus hegemónicos apoyos empezaban a desvanecerse, y sus políticos caían en el descrédito.

Los votantes italianos empezaron a apoyar a otros partidos que sostenían un discurso duro contra las políticas de Bruselas, como es el caso del partido de extrema derecha Lega y del prometedor Movimento 5 Stelle (M5S), un partido indefinido en lo ideológico que nació contra el Gobierno tecnocrático de Monti. Hay que recordar que el M5S se presentaba ante la sociedad italiana como antipolítica y antiestablishment, una especie de partido-protesta por la deriva política durante la crisis liderado por un conocido cómico, Beppe Grillo, que lograría más del 25% de los votos durante las primeras elecciones de 2013.

Resulta paradójico que, con estas credenciales, tanto los partidos que se vieron perjudicados por apoyar las reformas impuestas por Draghi, Forza Italia y PD, como aquellos que se vieron enormemente beneficiados al presentarse con un discurso contrario a las políticas de austeridad durante las pasadas elecciones de 2018, Lega y M5S, formen hoy parte de este nuevo gobierno «político-técnico» que, de nuevo y como viene siendo habitual a pesar del radical cambio de escenario, no ha necesitado que se vuelva a pasar por las urnas. Muchos se preguntarán cómo es posible que después de todo lo ocurrido acabe gobernando, incólume, Mario Draghi. No es fácil de explicar.

Del antiestablishment al establishment

El debate en la vida política italiana es especialmente tosco y gira en torno a diversos asuntos que se alejan del tradicional clivaje económico izquierda-derecha, como son la corrupción institucional, la crisis migratoria, la sempiterna presencia de la mafia y la disparada deuda pública, temas estrella de los medios y los debates públicos.

Se trata de una atmósfera política convulsa con una base electoral atomizada, que durante las últimas décadas se ha visto afectada por diversos giros ideológicos de sus partidos de referencia. La progresiva y rápida desintegración identitaria de la izquierda y la apuesta por la tercera vía por parte de un sector importante de la centroizquierda italiana, con su difuminada y contradictoria amalgama de ideas, constituye sin dudas una de las varias razones por las que el país que hasta los años 90 tenía el Partido Comunista más potente de Europa Occidental (PCI), hoy tiene una izquierda (SI) relegada a una posición marginal que cuenta con poco más de un 4% de apoyos.

Todo esto se suma a la existencia de un histórico y extendido sentimiento antipolítica larvado durante décadas debido en parte a liderazgos veleta y al estallido de grandes casos de corrupción (como el sonado proceso de Tangentopoli, los incontables casos de il Cavaliere Berlusconi et al. y los habituales escándalos de políticos con vínculos cercanos a la mafia, entre otros).

La crisis de 2008, con sus durísimas políticas de austeridad para grandes capas sociales, tuvo como consecuencia la irrupción exitosa del movimiento antiestablishment M5S y su momento cúlmine en las pasadas elecciones generales de 2018, donde se alzó con más de un 30% de los votos. Es verdad que el expremier Giuseppe Conte como líder del M5S goza a día de hoy de una imagen positiva entre parte del electorado italiano, y eso se traduce en un revulsivo para los grillinos que les hace mantenerse con vida en las encuestas. Sin embargo, la realidad es que muchos diputados que empezaron en el M5S se fueron pasando a las filas de otros partidos y hoy apoyan diversos proyectos políticos, incluidos los de la ultraderecha.

De esta manera, la falta de coherencia entre el dicho y el hecho por parte de los representantes del partido terminaría por reforzar la imagen negativa de los italianos hacia su clase política. Sin una ideología claramente definida, el M5S acabaría siendo engullido por sus propias contradicciones. Se podría decir que incluso el discurso antipolítico abanderado por el M5S acabaría por servir en bandeja la llegada de este nuevo gobierno tecnocrático actual. Así pues, en cuestión de pocos años los italianos han sido testigos de cómo el M5S ha formado gobierno primero con la ultraderecha de Salvini, luego con el PD y, ahora, con Draghi. Como era de esperar, esta crisis orgánica del M5S ha afectado profundamente a la credibilidad del partido. Pronto se verá si de manera letal.

Para Lega las pasadas elecciones de 2018 también significaron un enorme crecimiento de sus apoyos, favorecido en parte por la instrumentalización xenófoba de la crisis migratoria y su centralidad en el debate público italiano. El partido populista de extrema derecha sigue liderando las encuestas electorales, pero el reciente apoyo al prócer del establishment europeo Draghi se le puede estar haciendo difícil de digerir a su electorado, que parece estar ya pensando en otras opciones. Cabe recordar que, hasta hace poco, su líder Matteo Salvini se paseaba por el país enarbolando un hipotético Italexit con sus habituales discursos virulentos anti-UE.

Pero la crisis sanitaria del coronavirus dará paso a una nueva crisis económica y, con ella, a nuevos desbarajustes sociales y a una nueva atomización del sistema de partidos, por lo que Salvini puede ser uno de los grandes perjudicados cuando todo este nuevo experimento de ajustes estructurales europeos empiece a ponerse en marcha y los italianos vuelvan a llevarse las manos a la cabeza. La ultraderecha tradicional, la que representa Fratelli d’Italia, solo tiene que esperar para recoger los frutos y redirigir el descontento hacia sus posiciones.

El disfraz del apoliticismo

La realidad sociopolítica de Italia es la de un progresivo abandono de las clases trabajadoras. Sumado a esto está el hecho de que, a tenor de los resultados electorales y las recientes encuestas de opinión, las posiciones que ven en la izquierda una alternativa están desaparecidas del mapa.

Con un creciente descreimiento institucional y una incrustada apatía hacia la política, puede que un gobierno que se denomina técnico y carece por tanto de etiquetas políticas sea una forma de apaciguar los ánimos en un país que da tumbos y muestra signos evidentes de cansancio. Muchos italianos parecen respirar relajados ante la presencia de Draghi al frente del país, como si los conflictos en política pudieran ser corregidos con simples ajustes técnicos y la economía se pudiera abstraer del conflicto social.

Con todo, tal vez sea necesario apuntar que, aunque el mandato de Draghi sea considerado técnico, simbólicamente aséptico y su líder no venga respaldado por ninguna sigla o etiqueta –independientemente de que en el gobierno confluyan diputados de distinto signo, desde la centroizquierda hasta la ultraderecha–, esto no quiere decir que no represente una ideología y unos intereses claramente definidos.

Por mucho que ahora use un lenguaje keynesianista, nada parece indicar que de repente Draghi sea un converso y en esta nueva crisis haya decidido bregar por los intereses de la clase trabajadora italiana. Al contrario: los italianos están abocados a otra taza del conocido café neoliberal de Draghi, cuyo amargo sabor conocen sobradamente desde los años noventa. Para este nuevo gobierno de ministros y empresarios encargados de gestionar los fondos europeos, el profesor ha elegido como principal asesor económico al «experto» Francesco Giavazzi, un antiguo conocido de la política económica italiana y asesor del célebre Gobierno técnico de Monti. Giavazzi siempre se ha destacado en el campo de recortar y privatizar el sector público italiano desde posiciones ultraortodoxas de libre mercado, algo así como un experto en el search and destroy pero en lo económico y con todo lo que huela a público.

Las débiles costuras de este nuevo gobierno durarán un tiempo prudencial hasta que, más temprano o más tarde, salten por los aires. Gobernar en el BCE desde una posición supranacional y alejada del ruido democrático no es lo mismo que bajar al barro de los conflictos sociales y políticos desde el gobierno. En Italia, la calma política no suele durar mucho tiempo. Con toda seguridad, las nuevas reformas que acompañarán las ayudas europeas serán adaptaciones a las habituales querencias del mercado y, por ello, las consecuencias de esta política «técnica» y «carente de ideología» comenzarán a sentirse en el bolsillo con rapidez. 

A pesar de los cantos de sirena keynesianos, pronto se volverá a las exigencias e imposiciones de planes de consolidación fiscal, con sus consecuentes recortes en un contexto económico de la Unión Europea –no lo olvidemos– liderado por el pensamiento ordoliberal germano de apertura comercial y deuda controlada para mantener la estabilidad monetaria.

La próxima asignación de ayudas europeas y su gestión por parte de un nuevo gobierno técnico con Draghi a la cabeza tiene grandes similitudes al paquete de puntos presupuestarios y ajustes estructurales que acompañaron al Gobierno de Monti en 2011 y a sus sucesores. Se trataría de un nuevo golpe sobre unas instituciones que se tambalean y sobre una democracia exhausta. No es descabellado pensar, por tanto, que esta nueva ola de reformas den a luz un nuevo gobierno radical, un experimento populista de extrema derecha en el corazón de la Unión Europea.

Un final abierto

Ante esta difícil situación, puede que Draghi sea la antesala de la conformación de una coyuntura de nuevos marcos que las fuerzas progresistas italianas no pueden permitirse desaprovechar. Si bien este punto de inflexión puede significar el último obstáculo para un definitivo ascenso de la ultraderecha al poder, también puede ser el acicate necesario para el surgimiento de renovadas fuerzas populares que consigan llenar de contenido e ideas una propuesta política progresista de nuevos liderazgos que impulsen, de una vez por todas, la ilusión y las esperanzas de la castigada clase trabajadora italiana.

Que esta tragicomedia tenga un final feliz o decididamente trágico dependerá de los actores que surjan de esta oposición a las nuevas medidas neoliberales que la nueva política europea trata de poner en práctica nuevamente en los países del sur. Pero también, y sobre todo, dependerá de la capacidad de proponer un proyecto que consiga situar en el centro las consecuencias sociales de esas políticas y movilice de una vez por todas a grandes capas de la hastiada población italiana.

Los italianos tienen ante sí una oportunidad para reorganizarse y hacer frente no solo las consecuencias de un nuevo shock neoliberal en ciernes propiciado por el caos pandémico, sino también la cada vez más fuerte propuesta de la ultraderecha más reaccionaria, la de la Lega de Salvini y la de Giorgia Meloni con sus Fratelli d’Italia, cuyo peligroso proyecto político, al igual que en el caso de otros partidos de ultraderecha diseminados por Europa, supondría despertar los fantasmas del pasado más oscuro de la historia del siglo XX.

Fuente: JacobinLat

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