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La misión de Mario Armengol era disparar ‘tinta contra Hitler’, utilizando la caricatura como herramienta de propaganda para desacreditar al nazismo y elevar la moral aliada.
Por Joan Balfegó | 28/11/2025
En los años más oscuros de la Segunda Guerra Mundial, cuando el avance nazi parecía imparable y la propaganda del Tercer Reich seducía con su iconografía implacable, un artista catalán empuñaba el lápiz como un arma letal. Mario Armengol Torrella, conocido también como Mario Huber, no era un soldado en el frente, sino un guerrero de la sátira: un caricaturista cuya pluma afilada ridiculizaba a Hitler y desmontaba el mito de la invencibilidad aria. Desde el exilio en Londres, este hijo de industriales textiles transformó el humor en un frente de batalla cultural, produciendo miles de dibujos que circularon por el mundo aliado, erosionando la solemnidad del enemigo con ingenio e ironía cáustica.
Nacido el 23 de julio de 1909 en Sant Joan de les Abadesses, un pequeño municipio del Ripollès, Armengol creció en un entorno marcado por la industria textil de sus padres, originarios de Terrassa. A los once años, la familia se instaló en esta ciudad vallesana, donde el joven Mariano —su nombre de pila— desarrolló su sensibilidad artística. Estudió en Madrid y París, ciudades que le abrieron las puertas a la vanguardia europea, antes de regresar a Terrassa en los años treinta. Allí, se dedicó al diseño gráfico, creando materiales publicitarios para empresas locales y dejando su huella en emblemas como la insignia del Centro Excursionista de Terrassa. Su trazo ya revelaba un talento versátil, influido por la tradición satírica catalana de finales del XIX y principios del XX, con revistas como En Patufet, L’Esquella de la Torratxa o Papitu como faros de inspiración. Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil Española en 1936 lo arrastraría a un destino de compromiso político y exilio.
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Republicano convencido, Armengol se alineó con el bando leal durante el conflicto, pero la derrota en 1939 lo obligó a huir. Primero a Francia, donde en noviembre de 1938 se alistó en la Legión Extranjera en París, participando en combates contra los nazis en Noruega —la batalla de Narvik en 1940, junto a soldados franceses, británicos, polacos y exrepublicanos españoles— y en la caótica retirada aliada de Francia ese mismo año. En 1940, llegó a las costas británicas, cambiando su nombre a Mario Hubert Armengol para borrar huellas y reinventarse. Contactó inmediatamente con el Ministerio de Información del gobierno de Winston Churchill, un bastión de la resistencia cultural contra el Eje. En 1941, fue contratado como parte del departamento artístico. No era un rol convencional: su misión era disparar «tinta contra Hitler», utilizando la caricatura como herramienta de propaganda para desacreditar al nazismo y elevar la moral aliada.
Durante cuatro intensos años, de 1941 a 1945, Armengol produjo alrededor de dos mil cartoons —una media de más de uno al día— que se publicaron en cabeceras emblemáticas como el Daily Mail, Daily Telegraph, Chicago Sun o Boston Globe, llegando incluso a rincones remotos como Nueva Zelanda, Haití o Chile. Como el único artista español y catalán que colaboró masivamente en la maquinaria propagandística aliada, trabajó codo con codo con gigantes británicos de la sátira como David Low, Carl Giles o Illingworth, pero con un sello personal: un humor amargo, escatológico y sin concesiones, que el Ministerio permitió pese a sus directrices más estrictas. Su estilo era moderno y versátil, con líneas limpias que anticipaban el cómic contemporáneo, combinando la herencia catalana —afilada y popular— con influencias británicas como las de Low o Stephen Roth.
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En sus obras, el nazismo perdía toda aura de grandeza. Hitler era el blanco predilecto: su bigote icónico se convertía en una diana para burlas que lo despojaban de su «genio militar» fallido, reduciendo sus sueños de un Reich milenario a apenas doce años de ruina. La esvástica, símbolo de seducción hipnótica, se transformaba en una cruz de muerte e idolatría, combatida con ironía para romper su «poder de atracción». Mussolini aparecía como un bufón infantil o un payaso patético; los japoneses, escarnecidos por sus dudas estratégicas y rasgos exagerados; colaboracionistas como Pétain y Laval, con toques que rozaban el racismo de la época, pero siempre al servicio de la denuncia. Franco, por su parte, era retratado como un títere o un «limpiabotas» de Hitler, traicionándose cuando el Reich tambaleaba.
Armengol no se limitaba a retratos: sus dibujos narraban la guerra en un friso vivo. El frente ruso se llenaba de nieve y barro devorando tanques alemanes; el Atlántico, de barcos hundiéndose en un abismo mortal mientras la propaganda nazi mentía sobre victorias; los Balcanes y el Extremo Oriente, de alianzas traicioneras. Incorporaba guiños culturales para amplificar el ridículo: Mickey Mouse hipnotizando a soldados alemanes, Wagner caricaturizado como banda sonora de la derrota, o la ópera Rigoletto como metáfora del bufón Mussolini. Referencias históricas —sombras de Bismarck o Guillermo II— recordaban fracasos pasados, mientras que la moral aliada se elevaba con visiones de victoria en las ruinas del Reich, donde los nazis, arrodillados, se preguntaban: «¿No éramos una raza superior?». En un contexto de brutalidad inimaginable, su sátira exploraba los límites del humor: ¿puede la ironía interpelar el odio y la crueldad, o solo los maquilla? Armengol respondía con pluma implacable, convirtiendo el arte en resistencia.
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Tras la capitulación alemana en 1945, Armengol colgó los pinceles de la propaganda. Consideraba aquellos dibujos como «encargos de batalla», no como obra magna, y se volcó en la pintura, el dibujo y la escultura, ganando premios internacionales y exponiendo en eventos como la Universal de Montreal en 1967. Diseñó murales y gráficos para la BBC, los ferrocarriles británicos y la empresa química ICI, estableciéndose en Nottingham, donde falleció en 1995. No abandonó del todo la sátira política: hasta los ochenta, siguió caricaturizando a figuras como Margaret Thatcher y sus ministros, fiel a su espíritu combativo.
Hoy, Mario Armengol emerge como una figura olvidada pero esencial de la historia gráfica del siglo XX. Su legado trasciende los miles de originales conservados en fondos mundiales: es el testimonio de cómo un exiliado catalán, con un lápiz en la mano, contribuyó a demoler el monstruo nazi.
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