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Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos retomó su enfrentamiento con el comunismo soviético, su adversario global.
Por Ignacio Liziardi| 28/12/2025
El macartismo es una derivación del apellido del senador republicano de Wisconsin, Joseph McCarthy, que se hizo popular por encarnar el anticomunismo más furibundo en Estados Unidos y llevar a cabo la denominada caza de brujas a principios de los 50. En nuestro idioma, nos hemos ahorrado el anglicismo y utilizamos este término para designar la persecución estatal antidemocrática contra personas de izquierda.
No cuentes qué hay detrás de aquel espejo, no tendrás poder
ni abogados
ni testigos
Enciende los candiles que los brujos piensan en volver
a nublarnos
el camino
Canción de Alicia, Charly García.
A fines del siglo XIX y principios del XX, existía una fuerte cultura de izquierda en Estados Unidos. La potencia industrial que tenía su corazón en la Costa Este y los Grandes Lagos había dado lugar a la conformación de numerosas centrales obreras, asociaciones y sindicatos, muchos formados contra la ley. La inmigración europea (al igual que en nuestro país) había llevado a miles de comunistas y anarquistas. Esto no se condice con la imagen que actualmente tenemos, la idea de una Norteamérica “despolitizada” donde el sistema bipartidista permite solo leves oscilaciones, siempre en el marco de la derecha. ¿Cómo sucedió esto? ¿Qué mecanismos se pusieron en marcha para desactivar la lucha obrera en el interior de la primera potencia mundial?
En 1917, durante la Gran Guerra, el Congreso sancionó la Ley de Espionaje (Espionage Act) que habilitaba al gobierno a encarcelar, juzgar e, incluso, deportar a quienes “atentaban contra el esfuerzo de guerra”. En esta, se incluían un sinnúmero de acusaciones. Tal amplitud no era inocente, dado que ―como suele suceder con esta clase de legislaciones― su ambigüedad permitía juzgar arbitrariamente a quien el Estado considerara como enemigo interno. En la volteada, cayeron miles de pacifistas y comunistas que se oponían al conflicto. De este modo, comenzaron a elaborarse «listas negras», procedimiento básico de intimidación, la infancia de la persecución y represión a gran escala. En sí, estas nóminas no eran nuevas, su novedad radicaba en que fueran confeccionadas bajo un régimen supuestamente republicano.
En este clima, los líderes del Partido Comunista de Estados Unidos (CPUSA, por su siglas en inglés) fueron perseguidos y detenidos por la Justicia, con el argumento de que la bibliografía distribuida por el partido impulsaba la revolución violenta. En 1940, se sumó la Ley Smith (Smith Act) que buscaba perseguir grupos que pregonaran el derrocamiento del gobierno, aunque esto en la práctica no fuera una posibilidad real. Un acervo de leyes persecutorias se forjaba poco a poco.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos retomó su enfrentamiento con el comunismo soviético, su adversario global. A principios de la década de 1950, la administración de Harry Truman permitió ―con oposiciones veladas y bajo el supuesto “riesgo inminente” de conflicto con la Unión Soviética― el apogeo del House Un-American Activities Committee (Comité de Actividades Antiamericanas), que ya estaba activo desde el fin de la guerra. Como dice el historiador estadounidense Howard Zinn: “Los liberales criticaban a menudo al Comité, pero en el Congreso, tanto liberales como conservadores votaban año tras año a favor de darles fondos”. Al frente del organismo, estaba el senador ultraconservador, Joseph Raymond McCarthy, quien comenzó entonces a acusar personas con la connivencia del poder ejecutivo.

Sr. Brecht, ¿está usted afiliado al partido comunista o lo ha estado en el pasado?
Por su alcance mediático, los procesos judiciales que adquirieron fama internacional fueron los de Hollywood. Entre ellos, encontramos el de Arthur Miller. Este escritor ―que había saltado al estrellato con Muerte de un viajante (1949)―, en 1953, publicó The Cruicible (en español se publicó como Las brujas de Salem), una obra de teatro que revisitaba el episodio más salvaje de caza de brujas durante la Norteamérica colonial calvinista. Esta pieza apuntaba directamente contra los procesos del macartismo, en los que la víctima no tenía ninguna posibilidad real de defenderse.
El acusado era declarado culpable por la mera acusación y la defensa era solo un protocolo que rara vez alteraba el veredicto. La situación era desesperante, casi como una forma de tortura. Los acusados comparecían horas frente a senadores miembros del Comité que les leían su propia historia, sus antecedentes artísticos, sindicales, laborales, increpando hasta la más pequeña inclinación de izquierda. La única forma de aliviar su condena consistía en revelar, a partir de la extorsión, nombres de compañeros.
Esta dinámica alcanzó a todos los ámbitos de la vida pública, con especial énfasis al mundo del arte: Lillian Hellman, Alvah Bessie, Charles Chaplin fueron perseguidos. Otro de los acusados fue Dalton Trumbo, guionista y autor de obras como Johnny fue a la guerra. En este drama antibelicista, un veterano vuelve a casa de la Primera Guerra Mundial sin piernas, brazos, ojos, orejas y nariz, cambiando de manera brutal su percepción de la vida, que ahora siente como una ameba. Obra traducida en nuestro país por Rodolfo Walsh, otro perseguido por sus posicionamientos políticos. Este proceso fue llevado al cine recientemente, con Brian Cranston como Trumbo.

El HUAC también atacó a exiliados de los totalitarismos europeos. Bertolt Brecht, Fritz Lang y Elia Kazan (quien señaló a numerosos compañeros, acto que nunca le fue perdonado) fueron citados por el Comité y expuestos por la prensa. Los dos primeros se habían salvado milagrosamente de las garras del nazismo solo para terminar compareciendo en la supuesta tierra de la libertad frente a un tribunal que les cuestionaba qué leían, con quién se habían reunido hacía veinte años y, sobre todo, qué significaba cada línea de sus obras, cada diálogo de sus películas.
Las acusaciones partían siempre de la inversión de la carga de la prueba. Muchos acusados trataron de refugiarse sin éxito en la famosa Quinta Enmienda (Fifth Amendment), que dice lo siguiente: “Nadie será obligado a responder por un delito capital o de otro modo infame, a menos que sea presentado o acusado por un Gran Jurado, excepto en casos que surjan en las fuerzas terrestres o navales, o en la Milicia, cuando estén en servicio activo en tiempo de Guerra o peligro público; ni ninguna persona estará sujeta por el mismo delito a ser puesta dos veces en peligro de vida o integridad física; ni será obligada en ningún caso criminal a ser testigo contra sí misma, ni será privada de la vida, la libertad o la propiedad, sin el debido proceso legal; ni se tomará propiedad privada para uso público, sin una justa compensación«.
En este ambiente político y social es que el Capitán América, héroe de cómic, salía a la venta y se hacía popular luchando contra “comunistas, espías y traidores”. Paralelamente a este Temor rojo (Red Scare), se desató el Temor violeta (Lavander Scare), una ola de persecuciones a homosexuales (declarados y ocultos) en la administración pública. Miles de hombres y mujeres perdieron sus trabajos y se convirtieron en parias. Ambas acusaciones se complementaban en la mentalidad protestante norteamericana, pues los llamados degenerados también eran rojos. Muchos de estos mecanismos, estas “Acts”, fueron reflotadas cuando estallaron los movimientos hippies y antibelicistas contra la guerra de Vietnam. En la década de 1960, tal como había sucedido en 1917, pacifistas y comunistas iban a la cárcel por negarse a combatir en el barro del sudeste asiático, del mismo modo que miles de jóvenes emigraban a Canadá para evitar la conscripción.

En la eterna presidencia (1981-1989) de Ronald Reagan ―quien de joven participó activamente en el Comité de Actividades Antinorteamericanas―, el anticomunismo tomó nuevas formas y la batalla cultural alcanzó su auge. Su mandato atornilló el neoliberalismo en su tierra y en casi toda América. La expresión más recordada, sin dudas, es Rocky IV (1985), en la que Balboa (Sylvester Stallone) se enfrentaba al soviético Iván Drago (Dolph Lundgren). El mismo Hollywood, donde la caza de brujas había llevado a la cárcel y dejado sin trabajo a cientos de guionistas, directores y actores, producía ahora más propaganda que nunca. Habían pasado treinta años desde los interrogatorios y el público acudió en masa a ver la secuela del boxeador.
Con la caída del muro de Berlín y la caída del comunismo realmente existente en la mayoría de Europa del Este y la URSS, fueron numerosos los que anunciaron sin más el fin de las ideologías y de la Historia. La lucha de clases pertenecía a los museos.
Al día de hoy, conocer estos pasajes en los que el aparato estatal estadounidense orientó sus esfuerzos durante un siglo a la persecución de la actividad obrera, sindical y cultural nos puede ayudar a comprender de dónde viene la deriva global anti-woke, que ve comunistas hasta en la más pequeña lucha por derechos civiles y que ha logrado instalar esta palabra como un insulto. Desde Donald Trump a Javier Milei, pasando por Kast y Bolsonaro, son todos hijos sanos del macartismo.
Recomiendo leer Las brujas de Salem, de Arthur Miller, y La otra historia de los Estados Unidos, de Howard Zinn.
Este artículo fue publicado originalmente en La tinta.
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