Luis Ferrero Litrán: “Me despierta interés esa aparente fragilidad y la invisibilidad de ciertas personas, me atrae lo vulnerable porque casi siempre es profundo”

Luis Ferrero Litrán emigró a China en el año 2005. Desde entonces ha vivido entre este país, Japón, Corea del Sur y el sudeste asiático. Abogado de profesión y promotor de negocios en Asia durante casi veinte años, publicó en 2021 Las luces de Oita, impactante ópera prima. Su segunda novela, Miss Monn, ve la luz en junio de 2025. Ambas editadas por Marciano Sonoro.

Por Sol Gómez Arteaga | 2/10/2025

Tanto en tu anterior novela, “Las luces de Oita”, donde visibilizas el fenómeno de los hikikomori caracterizado por el aislamiento social extremo, como en Miss Moon, donde te adentras en el universo de los kathoey (personas que únicamente tienen de un hombre el cuerpo con el que nacen) eliges personajes frágiles, casi invisibles, afectados por un cierto estigma social, ¿a qué se debe dicha elección?

Me despierta interés esa aparente fragilidad y la invisibilidad de ciertas personas, me atrae lo vulnerable porque casi siempre es profundo. En el caso de los hikikomori japoneses, empaticé con su necesidad de alejarse de la sociedad en un periodo en el que yo mismo buscaba aislarme, así nació Las luces de Oita. Por otro lado, me subyugó el universo kathoey. La valentía de esas chicas tailandesas me parece extraordinaria y, en muchos casos, también su ingenuidad, ¿cómo sino pueden enfrentarse a una vida como la que les espera? Para crear un relato parto siempre de una imagen o de una escena que me ha conmocionado: en mi primer viaje a Ko Chang vi a un grupo de kathoey haciendo un número de baile en un escenario improvisado al aire libre. Una de ellas desprendía un embrujo indescriptible (su fotografía aparece en el tráiler que promociona la novela). De esa especie de trastorno o secuestro temporal que sufro arranca la idea primigenia de cada novela, en realidad, de cada cuento que escribo; quiero recrearlo y estirarlo una y otra vez.

Tu obra está ambientada en el mundo asiático que conoces muy bien pues has vivido en él casi los últimos veinte años. ¿Hasta qué punto influyó en ti la cultura oriental: en tu forma de pensar, de sentir y hasta de escribir?

La cultura china, el sustrato sobre el que se asienta la cultura asiática, cala necesariamente, es incluso una cuestión de supervivencia, cuando vives tantos años allí. Hay una Asia competitiva, dinámica y feroz y hay otra de la que apenas hemos oído hablar, la adormilada e introspectiva, la que te enseña a acercarte a ti mismo y valora lo sencillo. Esta última frase podría ser una buena definición de la escritura que pretendo hacer.

Qué buscas al escribir, pregunta en un momento de la novela Karna, la protagonista del libro a Tom Walsh, escritor que escribe sobre ella. ¿Qué busca Luis Ferrero Litrán, cuando escribe “Miss Moon”?

Y Tom Walsh le responde: a ti.

Todos los escritores buscamos a alguien. Yo quería conocer a Karna y a Tom, los protagonistas, meterme en la piel de cada uno de ellos y hacer el viaje de su mano. Estos dos personajes encarnan una visión de Asia que presencié durante años: la de los estereotipos. Las ficciones que creamos para protegernos de lo desconocido. Orientales y occidentales se enfrentan entre sí proyectando clichés culturales que los alejan de lo esencial de las personas. La mente es capaz de crear imágenes tan potentes como falsas y de hacer que creamos en ellas hasta las últimas consecuencias. Ese capacidad de sublimar una idea preconcebida me ha fascinado siempre. Hay quien puede ver un suicidio en la inmolación de un monje cuando otro solo ve el acto más puro de una vida. Y hay quien para sentir la sensualidad de una mujer necesita mirar a un hombre. De esto habla Miss Moon.

Con un estilo impecable y una prodigiosa escritura en la que abundan descripciones bellísimas y llenas de sensibilidad, diálogos certeros, reflexiones profundas, desarrollas una compleja y nada convencional trama que el lector, como si de un puzle cuyas piezas encajan a la perfección, tiene que ir desentrañando, descubriendo, para sacar sus propias conclusiones. Hasta hay una novela −o dos−, dentro de la novela, en la que abundan distintos tipos de narradores y hasta de tipografías. ¿Cómo fue el proceso creativo de Miss Moon?

Esta novela me ha resultado mucho más difícil de cerrar que Las luces de Oita porque el reto literario era más complejo, con una trama muy exigente cuya dificultad desconocía inicialmente ya que, aunque tenía clara la idea principal, sin embargo, no había trazado un plano que recogiera estructuralmente el camino.

El resultado: cinco versiones diferentes en cuatro años y un larguísimo camino que no hubiera recorrido de no haber concurrido dos circunstancias: mi amistad con Simón Rabanal, quien leyó cada una de esas versiones y tuvo el valor y la paciencia de aconsejarme sobre las fallas (más que fallos) que observaba a nivel de estructura y de mensaje. La segunda, mi tiempo de convalecencia en Brasil donde una enfermedad amenazó con dejarme en el dique seco durante un par de meses. Ese tiempo de convalecencia me refugié en la escritura; cada día trabajaba diez horas en un pequeño patio del hotel con vistas a una diminuta piscina hasta reconciliarme con Miss Moon, que por entonces se llamaba Karna. Aquello no supuso el final del proceso creativo de la novela, pero sí un paso definitivo.

Miss Moon” es, dentro de la novela, un cuento tradicional tailandés que viene a poner de relieve que las cosas no son lo que parecen y que, a veces, bajo una determinada apariencia se esconden realidades que no alcanzamos a ver, como la mal entendida inmolación por los occidentales del monje budista Quàng Dúc el 11 de junio de 1963 en Saigón, cuya foto ilustra la portada y es el inicio de la novela. ¿Estamos a años luz de entender la cultura asiática desde el mundo occidentralcentrista en el que vivimos?

Las culturas, no las sociedades, las culturas milenarias tienen entre sí más elementos en común de lo que imaginamos. La finalidad es la misma: una búsqueda de la armonía y de la paz del individuo, pero difieren dramáticamente en el modo. El problema es que vivimos en un mundo de ruido, donde se nos empuja a mirar, a imitar y actuar de una determinada manera, a hacer de todo menos escuchar y detenernos, así difícilmente podemos entender otras culturas, yo diría, cualquier cultura.

El grueso de la novela lo conforma la historia de la protagonista, Karna, en cuyo cuerpo de niño late, ya desde su nacimiento, un corazón de mujer. En esta historia abordas sentimientos encontrados como el amor, el deseo físico, la obsesión, los celos siempre enfermizos, la piedad, la compasión, la realización personal a través del arte −en este caso la danza−, la amistad, la culpa… pero, de manera muy especial, la identidad y, de nuevo, como cuando cuentas la historia del monje budista Quàng Dúc, la necesidad de ruptura de estereotipos. ¿Qué objetivo te propones con ello?

Hablar de estereotipos culturales implica, por definición, una obscena negación de la identidad. Pero yo me había propuesto dar a conocer la verdadera naturaleza de mis personajes, desnudarlos ante el lector para que este pudiera identificarse con ellos. Y en ese sentido, el papel de la palabra escrita es un recurso del que me valgo, como una luz que surge de otra luz. Tanto en Las luces de Oita, con las cartas que jugaban un papel fundamental en la resolución de la trama y en su significación, como ahora en Miss Moon, donde dentro de la novela principal aparece una segunda novela que nos lleva directamente a la psique de los personajes. La escritura con la que se expresan los protagonistas nos sirve para entender sus conflictos, el juego psicológico que lleva, en este caso, al crimen; los enriquece enormemente porque muestra sus flaquezas, sus vicios y virtudes o el papel que en ellos juega el arte como tabla de salvación.

Tus finales tienen, como regidos por una ley interna de compensaciones, algo de sanador, a modo de justicia literaria que como lectora agradezco. No sé si estás de acuerdo con esta lectura del sentido de tu obra.

Como lector busco y agradezco el papel de una literatura terapéutica, capaz de redimir dentro y fuera de la obra. Y, sin embargo, por momentos me aparté de esa idea cuando escribía Miss Moon. Me fui adentrando en una especie de crónica con un final objetivo, demasiado mundano y similar a la realidad que había presenciado en mis viajes a Ko Chang. Me costó rectificar, darme cuenta de que la literatura además de inquietar puede (debe) reparar. Así que, como creador, me otorgo el privilegio de impartir un poco de esa justicia de la que tú hablas, busco finales que permitan al lector imaginar a alguien varado echando a andar de nuevo.

Ahondas también en la novela en el proceso de la escritura y mencionas (escribo literal) distintos tipos de escritores: los elegidos o “fichados” por las grandes editoriales, los que quedan fuera y al final escribirán poesía, los que escriben por placer y sus textos nunca verán la luz, aquellos cuyas letras duermen años en los anaqueles de alguna biblioteca hasta que un día alguien los coja, con especial mención a Salinger, que escapa de la exposición pública porque considera “los sentimientos de anonimato y oscuridad de un escritor constituyen el derecho de propiedad más valioso que le es concedido”. ¿Qué tipo de escritor eres tú?

Uno tranquilo; de otros tiempos, quizás; uno que acude a la escritura como un monje a sus plegarias.

Me gustaría que a partir de ahora se encendieran las luces, que hubiera paz alrededor de mí, que pudiera ser una más −porque de sobra sé que soy distinta a las demás− que no hubiera más sombras ni personajes que interpretar, ni miedos, solo Karna y la vida, como un libro” dice la protagonista, Karna. Este también es mi deseo y que “Miss Moon” vuele y prenda y fructifique en el corazón de los lectores con el merecimiento que atesoran cada una de sus páginas. ¿Tienes ya en mente tu próxima aventura literaria?

Muchísimas gracias, querida Sol, por esta entrevista tan cálida. ¿Sabes? Me costó tanto escribir Miss Moon que, para compensar la frustración de los momentos de bloqueo, iba escribiendo cuentos, casi tantos como para completar una colección que quiero publicar más adelante. Por otro lado, me gustaría cerrar la trilogía asiática, tras Japón (Las luces de Oita) y Tailandia (Miss Moon) llegará China, donde más tiempo he vivido, con una nueva historia que tengo en la cabeza desde hace años.

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