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La escritora japonesa Kiyoko Murata plantea la enorme distancia entre la forma en que los seres humanos delimitamos el territorio y la manera en que la naturaleza ignora esas fronteras.
Por David Valiente | 9/08/2026
Hace aproximadamente un año publiqué en este medio una reseña sobre la novela Mujer de placer de la reconocida escritora japonesa Kiyoko Murata, y debo admitir que mis convicciones ideológicas ensombrecieron lo que debería haber sido un análisis enfocado en la resistencia femenina. No me he dado cuenta de ello hasta terminar de leer la nueva novela publicada por Hermida Editores, Los que vuelan, que me ha permitido afinar algunas ideas precipitadas que tenía sobre la obra y el pensamiento de la autora nipona.
La historia comienza con el regreso de Umiko a la isla de Yōjyō, su tierra natal, situada cerca de China y Corea del Sur, donde aún vive su madre, Io-san, una nonagenaria que rechaza la propuesta de su hija de abandonar ese paraíso ya solo habitado por ella y Someko Kanaya, una amiga también próxima a los noventa años. Ante tal negativa, Umiko decide quedarse una temporada junto a las dos señoras y compartir las experiencias que ofrece ese mundo en declive. Las protagonistas no resisten al machismo de los hombres o las actitudes retrógradas de una sociedad tradicional. Ellas tratan de no ser devoradas por los procesos de modernización extendidos por todo el globo, una realidad sociológica que perciben tan extraña como hostil.
Murata se revela en Los que vuelan como una narradora atenta y con una extraordinaria capacidad para describir al detalle ese mundo de las pescadoras en vías de desaparición. Su prosa se hace eco de los rituales que permiten a sus habitantes conectar con el medio natural; también recupera antiguas canciones, producto de sincretismos ya olvidados. Las ancianas comprenden el lenguaje de la naturaleza y se presentan como el último baluarte de carne y hueso de un saber ancestral que, a pesar de haber recorrido generaciones, ahora se difumina en la bruma de la indiferencia social.
La pregunta pertinente es: ¿la tradición se autodestruye, se consume sola, o, por el contrario, el avance de la modernidad la devora sin compasión? No me atrevo a opinar sobre esta cuestión y, si lo hiciera, seguramente recurriría a una de esas fórmulas diplomáticas que tratan de aunar en una única respuesta ambos enunciados. De lo que sí puedo dar buena cuenta es de las motivaciones que impulsan a esas dos señoras a continuar en ese mundo extenuante y a no dejarse arrastrar a una vida de mayor placidez.
En primer lugar, todo lo que su memoria recuerda son nueve décadas de convivencia con la caprichosa belleza del ecosistema; nueve décadas alimentándose de lo que pescaban en el mar o cultivaban en la huerta; nueve décadas de madrugadas, trueques y festivales a dioses casi extintos. Es una cuestión de arraigo y, especialmente, de la dimensión espiritual intrínseca a la palabra. Entre las responsabilidades de las dos mujeres, se encuentra el cumplimiento de los rituales que los antepasados aguardan como agua de mayo. Io-san resume su postura en las siguientes palabras: “No quiero morir yendo a un lugar desconocido a esta edad. No voy a separarme de Some-san, mi amiga de toda la vida. Ni me apetece marcharme dejando las tumbas de los Ajisaka en la isla”.
Por otro lado, las dos ancianas profesan un profundo amor por la naturaleza, y esto se refleja también en el manejo cuidadoso del lenguaje que la autora despliega, a sabiendas de que el homenaje supremo que puede hacer al medio ambiente es representarlo tanto en su esplendor bucólico como en su potencial destructivo, pero, sobre todo, reflejando la realidad de la experiencia humana cuando disfruta de la calma chicha del mar o enfrenta la ferocidad de un tifón. Por mucho que se empecine en negar sus orígenes, el ser humano también buscó refugio de las inclemencias del tiempo en cuevas, peleó contra otras especies por los recursos y descansó sobre una roca durante horas bajo un sol primaveral, antes de encerrarse en megajaulas de hormigón y cemento, creyendo que todo lo que se extiende al otro lado del asfalto pertenece a otra realidad. Murata advierte que esto no es así, pues las crisis climáticas están profundamente conectadas con muchos de los problemas estructurales que están desarrollando nuestras sociedades.
En algún punto de la historia, recuerda de manera implícita la escritora japonesa, los humanos dejaron de recorrer los campos en total libertad. Las comunidades crecieron y, para no quedar desabastecidas, empezaron a levantar muros de madera y piedra que impidieran a otras comunidades adueñarse de los recursos tan necesarios. La tierra se controlaba con relativa facilidad. Pero los mares, “a quien nadie impuso leyes”, suponían un desafío extra para la gestión estatal, máxime cuando el territorio lo componía un archipiélago con miles de islas.
Cuenta la escritora nipona en esta historia que es habitual ver buques pesqueros chinos fondeados en las costas de las islas situadas en el extremo oeste de Japón, porque creen que se encuentran deshabitadas. Por lo general, los conflictos tienen fácil solución: basta con mostrar que en la isla hay más vida que solo la animal. Mientras Umiko contempla la flota de barcos con pabellón chino, un pensamiento fugaz y encrucijado se materializa: “Resulta imposible trazar fronteras sobre las olas”.
Seguramente los lectores informados serán capaces de hilar esta frase con los recientes sucesos en Ceuta. La crisis migratoria que afronta nuestro país, dicen algunos expertos, ha tenido como una de sus causas detonantes la sentencia 2965/2026 del Tribunal Supremo, que establece la imposibilidad de devolver en caliente a las personas que hayan entrado a España por mar; deben ser sometidas a un proceso de rechazo ordinario. Murata no propone soluciones a este dilema, solo plantea la enorme distancia entre la forma en que los seres humanos delimitamos el territorio y la manera en que la naturaleza ignora esas fronteras.
En suma, más allá de posturas ideológicas, Los que vuelan cuestiona las explicaciones habituales a desafíos como el abandono de áreas pesqueras, el desarraigo, el conflicto entre modernidad y tradición o las rencillas fronterizas por considerarlas simplonas e incluso estériles. En el fondo, todas estas problemáticas remiten a una misma cuestión que se puede formular en dos preguntas: ¿Qué significa pertenecer a un lugar? ¿Qué perdemos cuando dejamos de pertenecer a él?
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