Los poderosos y los desposeídos

El mercado laboral nunca volvió a ser el de antes, aunque consiguió un par de trabajos temporales y mal pagados con los que ir haciendo pequeños arreglos. Sintió violencia, vergüenza, incomprensión y dolor.

Por Jayro Sánchez | 21/02/2025

Es un lunes por la noche. El termómetro marca temperaturas bajo cero. Las corrientes invernales que se estrellan contra las aceras de la madrileña plaza de las Cortes confirman los partes meteorológicos de la televisión: un frente frío está pasando sus vacaciones en España.

Los señores diputados ya se han ido a sus casas. Al igual que los policías que se apostan junto a las puertas del Congreso cuando este está abierto. Los únicos testigos de lo que aquí ocurre son los dos leones de bronce africano Daoiz y Velarde, herederos patronímicos de los héroes del Levantamiento del 2 de mayo de 1808 contra los franceses.

Frente a la escalinata sobre la que se alzan, una sintecho se prepara para dormir en la puerta de una oficina del BBVA. Debe estar incómoda entre tantas capas de mantas y ese par de barreras plásticas para obras de color rojo y blanco, pero sabe que su única alternativa es la muerte por congelación.

Tumbada, contempla con una mirada triste y sabia a los escasos viandantes que se dirigen a las estaciones de Atocha y Sol para coger los últimos trenes en los que retornarán a sus hogares. Ella ya no puede volver al suyo, así que ahora viaja por esta ciudad enorme en busca de una esquina sin dueño que la permita encogerse lo suficiente para conservar el calor y la vida.

Una pizca de mala suerte

La mujer no cumple con las características del arquetipo de vagabundo que mucha gente guarda en su cabeza. Tiene unos 50 años. No viste harapos ni parece mal aseada. Su comportamiento no es excéntrico o intimidante. Y tampoco muestra signos de hallarse bajo los efectos del alcohol u otras drogas.

Aunque nadie de los que la ha visto al pasar por la plaza lo quiere reconocer, es una persona normal. Se llama Maricarmen, y quizá posee lo que algunos llamarían una pizca de mala suerte.

En su momento, superó unos estudios de cierto nivel. Y obtuvo, gracias a ellos, un puesto de trabajo de secretaria con responsabilidades serias y un salario más o menos aceptable. También un marido del que se divorció hace tiempo, hijos que crecieron y huyeron a otros países para buscar un futuro estable, y una hipoteca a 20 años con una entidad bancaria pública ahora privatizada.

De Carabanchel al centro

Su tragedia dio comienzo con el estallido de la crisis del 2008. Fue entonces cuando oyó los primeros rumores sobre reducciones de plantilla. Luego, la despidieron con una indemnización insuficiente, lo que causó problemas a la hora de cubrir el importe mensual del préstamo que le habían concedido para pagar su vivienda en Carabanchel.

Como superaba una determinada edad, le resultó difícil encontrar otra ocupación y un sueldo con el que devolver las cantidades atrasadas. Los negociadores del banco, cansados de esperar, vendieron su deuda a una empresa de cobros externos. Tiempo después, llegó el temido desalojo.

Los meses pasaron mientras vivía entre las casas de sus padres, hermanos y amigos. El mercado laboral nunca volvió a ser el de antes, aunque consiguió un par de trabajos temporales y mal pagados con los que ir haciendo pequeños arreglos. Sintió violencia, vergüenza, incomprensión y dolor.

Y, cuando ya no quedaba nadie a quien recurrir ni nada a lo que aferrarse, se fue a la calle porque Cáritas no disponía de más camas en sus hogares de acogida.

Desconocimiento

En 2022, el Instituto Nacional de Estadística (INE) reveló que al menos 28.552 personas sin vivienda eran atendidas en centros asistenciales de alojamiento y restauración en España. Según el Observatorio de la Vivienda Asequible, la mayor parte de ellas vivían en las comunidades autónomas de Andalucía, País Vasco y Madrid.

Pero estas cifras pueden representar una parte muy pequeña de la totalidad del problema, ya que, como la propia organización expresa, «la falta de actualización de los datos (una vez cada década) y la aproximación en el muestreo (solo se recogen datos de 3 ciudades en una noche)» dificultan la realización de estadísticas exactas y fiables sobre el sinhogarismo.

Aun así, los números que maneja atestiguan que este fenómeno ha aumentado un 25% en los últimos 10 años.

Las propias autoridades municipales de Madrid afirman que la ciudad albergaba a casi 3 millones y medio de habitantes en enero de 2024. Es la mayor urbe de todo el país en términos demográficos, así como su principal centro de actividades económicas. Sin embargo, también es uno de sus núcleos poblacionales más desiguales.

Encogidos entre cartones

La capital española es un lugar en el que se pone de relieve la disparidad entre las vidas de los poderosos y de los desposeídos.

Su distrito céntrico, una de las zonas más turísticas de la localidad, se extiende desde la plaza de España hasta la fuente de la Cibeles y desde la estación de Embajadores hasta la glorieta de Bilbao. Está ocupado por sedes de instituciones públicas, centros culturales, restaurantes, hoteles de lujo y monolíticos bloques de oficinas.

Y a sus puertas, encogidos entre cartones, se acurrucan los mismos sujetos de siempre. Un sorprendente número de indigentes que, como Maricarmen, son ignorados por la uniforme masa de ciudadanos que pasean felices entre los luminosos escaparates de la calle Mayor y los llamativos anuncios comerciales que se extienden a lo largo de la Gran Vía.

Daoiz y Velarde

¿Quiénes son los últimos responsables de la construcción y el mantenimiento de este corpus social? Los mismos que, desde las tribunas de representación pública, las sedes de las todopoderosas multinacionales y los despachos de los grandes medios de comunicación, justifican su desmesurado enriquecimiento personal aseverando que «para que haya ricos tiene que haber pobres».

La plaza de las Cortes se ha vaciado del todo en unos pocos minutos. Solo permanecen en ella Maricarmen, los leones Daoiz y Velarde, herederos patronímicos de los héroes del Levantamiento del 2 de mayo de 1808 contra los franceses, y el viento cortante que intenta arremeter contra la piedra inmóvil de los edificios.

Los señores diputados ya se han ido a sus casas. Al igual que los policías que se apostan junto a las puertas del Congreso cuando este está abierto. ¿Alguno de ellos se acuerda de la mujer que duerme en la puerta del cajero situado enfrente?

Para proteger la identidad del sujeto expuesto en la crónica, el autor del texto ha decidido nombrarle con un apodo y fusionar diversos aspectos de la vida de otros vagabundos para describir su realidad. Dada su fácil ubicación, el código deontológico de la profesión periodística exigía que el autor tomara estas medidas para evitar su vejación y sufrimiento indiscriminado

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