Los logros económicos de la Comuna de París

Nada como estos logros para demostrar lo que se podría conseguir hoy si hubiera verdadera voluntad y conciencia de clase.

Mario del Rosal, profesor de economía

La batahola de acontecimientos económicos de primer orden en estos días es estruendosa. Desde la reforma laboral hasta la cuestión de los fondos europeos de recuperación, pasando por la aprobación de los presupuestos generales el Estado o la creciente inflación, las noticias son múltiples y de gran calado. De ahí que su análisis sea tan tentador como necesario.

Sin embargo, y por ir a contracorriente, el texto que propongo hoy irá destinado a recordar y homenajear una de las hazañas más memorables de la clase trabajadora a lo largo de la historia: la Comuna de París de 1871. Y no sólo porque estemos a punto de cerrar el año de su bicentenario, sino por las extraordinarias medidas económicas y sociales que sus protagonistas se atrevieron a poner en marcha, a pesar de su brevedad y sus gigantescas dificultades. Nada como estos logros para demostrar lo que se podría conseguir hoy si hubiera verdadera voluntad y conciencia de clase.

Estas medidas son un valiosísimo ejemplo de lo que es la economía política de la clase obrera en contraposición a la economía política de la burguesía, de cómo los trabajadores podemos alcanzar la emancipación material sin la que cualquier idea de libertad no es más que un fraude esgrimido por los explotadores para apuntalar sus privilegios.

Antes del levantamiento comunero, los trabajadores de París, tras cinco meses de sitio por parte del ejército prusiano en la guerra francoprusiana de 1870, se encontraban una situación desesperada. Las letras pendientes de los pequeños comercios vencidas desde agosto de 1870 fueron exigidas por sus acreedores en marzo de 1871 con intereses, a pesar de que era imposible conseguir dinero o crédito, con sus negocios cerrados durante siete meses. De igual manera, todo el mundo temía el pago de los alquileres pendientes, que llevarían a mucha gente a la cárcel.

Ante esta situación, y sin perder un solo momento tras el levantamiento del 18 de marzo, el Comité Central puso en marcha acciones inmediatas y directas contra las deudas, auténtica condena de esclavitud para el proletariado. Así, el día 21 de marzo prohibió los desahucios, suspendió la venta de bienes empeñados en el Monte de Piedad y prorrogó un mes los vencimientos de efectos comerciales. El día 30, con la Comuna ya proclamada, se decretó una rebaja general de los alquileres pendientes de pago.

En el ámbito laboral, la delegación de Trabajo e Intercambio, comandada por Léo Frankel e íntegramente compuesta por socialistas revolucionarios, tuvo un papel muy destacado. Fue la única que pidió la participación de los obreros en la redacción de los decretos. Gracias a ello, se puso en vigor una serie de medidas de gran calado. Se prohibió el trabajo nocturno de los panaderos y se acabó con las oficinas de colocación privadas, auténticas ETTs de la época, transfiriéndolas a las alcaldías de los distritos. Se establecieron, para los funcionarios y los representantes políticos, salarios similares a los que ganaban los obreros, con un tope máximo de 6.000 francos. En realidad, no se trataba sólo de una medida de igualación retributiva, sino de evidenciar el hecho esencial de que los servidores públicos deben ser trabajadores al servicio de los trabajadores y que, por lo tanto, debían vivir como ellos. Por otra parte, esta delegación publicó un decreto destinado a entregar las fábricas cerradas o abandonadas por sus patronos a los obreros, organizándolas en cooperativas. Además, se planeó la unión de todas estas cooperativas con el objetivo de evitar la competencia mercantil entre ellas y abrir el camino para una verdadera socialización de los medios de producción y de la actividad económica.

Para aliviar la terrible miseria de gran parte de la población de París, la Comuna destinó una parte de sus fondos a los más pobres y trató de aplicar un impuesto urbano progresivo, reduciendo tipos para las rentas más bajas y aumentándolos para las ganancias del capital. Y había proyectos mucho más ambiciosos. Por ejemplo, el responsable del departamento de Asistencia Pública, Treilhard, que organizó admirablemente el caótico servicio sanitario, propuso la creación de un sistema para sustituir la beneficencia. Asimismo, la delegación de Trabajo e Intercambio lanzó un proyecto destinado a instaurar un embrión de Seguridad Social destinada a dar a los trabajadores garantías de auxilio y apoyo en caso de desempleo.

El eficiente funcionamiento del departamento de Finanzas permitió la continuidad e, incluso, la mejora de los servicios públicos gracias, sobre todo, al buen hacer de trabajadores modestos, que hasta ese momento habían estado marginados de la función pública, siempre en manos de la alta burguesía. Sin duda, éste fue uno de los mayores logros de la Comuna.
Y, por supuesto, se abolió la financiación de la Iglesia por parte del Estado y nacionalizó todos los bienes eclesiásticos, algo esencial para hacer efectiva la separación Iglesia-Estado.

Es interesante recordar que estas medidas, impuestas por el proletariado para la emancipación del proletariado, resultaban atractivas también para la pequeña burguesía urbana y para el campesinado rural. Para la primera, porque acababa con las draconianas leyes sobre impagos de deudas y alquileres que estaban arruinando a una buena parte de los comerciantes de París. Y para el segundo, porque repudiaba sin matices la deuda ilegítima que Bismarck impuso a Francia tras su derrota en la guerra francoprusiana y que se había cargado sobre las espaldas de los campesinos.

Esta es una de las razones por las que una parte importante de la pequeña burguesía apoyó a la Comuna. Y también fue una de las explicaciones de por qué aislar a París del resto de Francia fue una preocupación continua para la burguesía acantonada en Versalles. Cualquier contacto de los revolucionarios parisinos con las Comunas de Lyon, Saint-Étienne, Le Creusot, Marsella, Toulouse o Narbona habría podido provocar una sublevación que se habría extendido como la pólvora por todo el país.

No obstante, y a pesar de sus meritorios y memorables aciertos, la Comuna no supo afrontar algunas medidas económicas imprescindibles para garantizar su futuro. Y, en la mayor parte de los casos, se debió al atemorizado respeto que mostraron ante las dos instituciones económicas fundamentales de la burguesía: el Banco de Francia y el Ministerio de Finanzas.

Para empezar, ya el 19 de marzo, día siguiente al levantamiento, el Comité Central necesitaba imperiosamente dinero para poder pagar los treinta sueldos de subsidio con los que los trescientos mil parisinos sin trabajo ni recursos llevaban viviendo siete meses. Para ello, Varlin y Jourde, delegados del Comité, acudieron al ministerio de Finanzas, donde se guardaba el Tesoro. Pero, en lugar de forzar las arcas, cuyas llaves estaban en Versalles, el Comité decidió pedir el dinero al Banco de Francia. Su gobernador les aseguró que las cuestiones políticas no eran cosa suya y les entregó un millón de francos a cuenta de la ciudad de París(1) .

Este gesto es un claro síntoma del miedo reverencial a las instituciones capitalistas del que adoleció la Comuna desde su nacimiento. A pesar de tener en propiedad los 4,6 millones del Tesoro, 1,2 millones en la arcas municipales parisinas y medio millón más procedentes de los arbitrios municipales, optaron por seguir los cauces legales establecidos por el capital.

El día 22 de marzo ya se había gastado el millón y el Comité tuvo que pedir otro al Banco de Francia. Sin embargo, el gobernador decidió no entregárselo a los delegados, de modo que el Comité tuvo que enviar un batallón para forzarlo a pagar. Aunque el poder militar estaba en manos de la Comuna, el poder monetario, financiero y bancario seguía en las mismas manos de siempre.

De hecho, el Banco de Francia temía que los revolucionarios comuneros ejecutaran el Tesoro de un momento a otro. Tal fue así, que el gobernador Rouland huyó de la ciudad, dejando el puesto al subgobernador De Plœuc, quien pronto se daría cuenta del apocamiento de la Comuna y se convirtió en un fiero perro guardián, peleando a los delegados cada céntimo que pedían. Una situación absurda, ya que el dinero que la Comuna pedía era suyo, dado que la ciudad de París era acreedora de 9,4 millones en las cuentas del Banco.

Se estima que las bóvedas del Banco de Francia guardaban 77 millones en moneda y 166 millones en billetes, además de ingentes cantidades en valores, lingotes y joyas. En total, no menos de 3.000 millones de francos que la Comuna no se atrevió a tocar. De hecho, ni siquiera tuvo la iniciativa de nombrar a un gobernador, sino que mantuvo a De Plœuc y se contentó con enviar a un delegado que rechazaba la intervención del Banco con casi mayor convencimiento que el propio gobernador.

Este miedo reverencial a las instituciones económicas y financieras del capitalismo fue, junto con dejar marchar al ejército a Versalles, el mayor error de la Comuna. Supuso inevitablemente el sometimiento a su autoridad y arbitrio. Con el Banco de Francia en su poder, la Comuna podría haber tenido un arma clave para asegurar su supervivencia frente a sus enemigos, evitando, por un lado, que pudiera financiar a la Asamblea en Versalles (cosa que hizo con largueza, mediante préstamos que superaban los 250 millones de francos) y, por otra parte, facilitando la negociación con Prusia. Y algo mucho más importante: habría tenido en su mano el control de las reservas de oro, de la emisión de la moneda nacional y del crédito oficial, además de una irresistible influencia sobre el potente sistema bancario del resto del país.

La experiencia de la Comuna, con todas sus contradicciones y dificultades, debe servirnos como enseñanza fundamental para la actualidad, como ejemplo de lo que los trabajadores somos capaces de hacer cuando comprendemos y rechazamos nuestra sumisión como clase social bajo el capitalismo, cuando tomamos las riendas de nuestro destino. La Comuna pone en evidencia que las fronteras de lo posible están muy lejos de lo que nuestros gobiernos, simples gestores del capitalismo, pretenden hacernos creer. Y también deja claro que la emancipación de los obreros debe ser obra de ellos mismos, como recordaba la Primera Internacional y como se deduce del hecho de que la Comuna fuera la primera asamblea de la historia en la que más de un cuarto de sus miembros eran obreros (2).

Si aquellas gentes, en poco más de dos meses y en una ciudad sitiada por los ejércitos francés y prusiano, fueron capaces de levantar la Comuna, ¿qué no podríamos hacer nosotros si decidiéramos seguir su ejemplo?


(1) Esta actitud pretendidamente tecnocrática, tan característica de las instituciones financieras del capitalismo, hace buenas las palabras atribuidas a Mayer Amschel Rothshild: “Permítanme emitir y controlar al dinero de un país, y no me importará quién haga las leyes”.

(2) Los ejemplos de trabajadores con responsabilidades en el Comité Central y la Comuna son múltiples. Valgan como ejemplos los de Léo Frankel, delegado de Trabajo e Intercambio, Eugène Verlin, responsable de Finanzas del Comité, y François Jourde, delegado de Finanzas de la Comuna. El primero era joyero, el segundo era obrero encuadernador y el tercero, contable de banca.

 

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