LOS LÍMITES DEL REALISMO DE IZQUIERDAS[1]: la búsqueda de lo revolucionario, el espontaneísmo y el lenguaje

Por Ricard Jiménez

  • Introducción

Es bien cierto que entorno al contexto actual podríamos hablar sobre el hecho de una crisis global, potenciada y acelerada por la aparición del COVID19, pero que viene entretejiéndose desde los inicios de siglo.

El siglo XXI arrancó con una progresiva inestabilidad, la volatilidad como sistema. Los sucesos en América Latina, la crisis de 2008 y Oriente Medio son algunas de las continuas turbulencias que parecen poner en jaque a la misma humanidad. Por ello es necesario afrontar los nuevos retos a los que ésta debe medirse.

Pero dentro de este contexto, y con estas premisas previas, hoy en día, estamos viviendo también un período de fuerte movilización reaccionaria, de repliegue, que lleva a poner en cuestión la situación crítica de los preceptos que vienen desarrollándose desde la izquierda. Hablar de crisis de la izquierda no resulta, en ningún caso novedoso, y termina siendo prácticamente la tónica general del devenir de los ciclos iniciados en los 70’, con el eurocomunismo y que alcanzaría su punto álgido, en lo teórico, tras la caída del muro de Berlín y de la Unión Soviética en los 90’. Desde entonces el paradigma, como expone Atilo Borón, viró hacia la pérdida de “planteamientos universalistas y superadores del capitalismo”[2]. No cabe olvidar que, para este proceso, conocido como posmarxista, y garante del realismo de izquierda pospolítico (ROMANO y DÍAZ PARRA, 2018) fue necesaria una relectura, entre otros, de los postulados de Antonio Gramsci entorno a su concepto de cultura y ‘guerra de posiciones’ (ANDERSON, 2017; SACRISTÁN, 1998).

  • Gramsci y el realismo de izquierdas

Ya en la III Internacional la dificultad que trascendía del ‘biennio rosso’ para llevar a cabo la revolución de carácter socialista en Italia supuso un punto de inflexión en la concepción del Estado como meramente aparato coercitivo. Posteriormente para Gramsci la derrota frente al fascismo, al contrario de lo que ocurrió con la victoria de los soviets, le llevó a cuestionarse las dificultades de una posible victoria en occidente debido a la mentalidad y educación burguesa en los países con formas democráticas consolidadas: “La lucha de clases ha entrado ya en la fase de guerra de posiciones, y hay que pensar en el gris aguante cotidiano en la trinchera y el también gris esfuerzo por desgastar al enemigo día tras día, sin esperar la consumación de los tiempos”[3].

Sobre esto Perry Anderson observó que “Gramsci que no era ni un gradualista ni un eurocomunista ante diem (…) si no que escribía en una época en la que – como se ha dicho – el fascismo había infringido amargas derrotas a la clase obrera en Europa oriental y central y buscaba la manera de superar el callejón sin salida que la Tercera Internacional significaba en un momento como aquel”[4].

De estos preceptos, que podemos extrapolar a la actualidad, derivó su concepción de que el “estado de occidente que no es una maquinaria violenta de represión policíaca como lo fue en la Rusia zarista: las masas tienen acceso a través de elecciones democráticas regulares que permiten formalmente la posibilidad de un gobierno socialista. Pero la experiencia muestra que estas elecciones nunca producen un gobierno dedicado a la expropiación del capital y a la realización del socialismo”[5].

Por lo tanto, pasaría a ser entendido el poder hegemónico como un compendio de los sistemas de coerción y los elementos de sometimiento consensual (ANDERSON, 2017).

A modo de apunte breve puede observarse que, ahí, en el grado de coerción y/o de consenso, reside la clave y diferencia entre América Latina y Occidente. Esto, en el primero de los casos, sin duda, se debe a una doble opresión intrínseca del capitalismo frente a lo periférico. Por un lado, el estado como sujeto controlador del poder prestablecido y por otro el colonialismo y la necesidad del subdesarrollo para llevar a cabo un progresivo desarrollo en el ‘norte’.

Este proceso de ascenso de los gobiernos progresistas en América Latina (el boliviano en concreto) ha sido analizado, con atino, por Álvaro García Linera.

  • Las fases del proceso revolucionario de los gobiernos progresistas[6]

La primera fase, la del develamiento de la crisis de estado, “los pilares de la dominación estatal (institucional, ideas fuerza de legitimación, y correlación de fuerzas entre gobernantes y gobernados) comenzaron a resquebrajarse”.

En la segunda fase, la del empate catastrófico, lo que sucedió fue que los de abajo querían gobernarse como nunca lo habían hecho y esa determinación paralizó el orden estatal de dominación”[7].

La tercera fase, en la que la capacidad de movilización se convierte en presencia estatal gubernamental. “Los subalternos dejaron de serlo, se hicieron en común” y “está insurrección del orden simbólico de la sociedad que trajo la pérdida del gobierno, más no aún del poder por parte de las clases dominantes”.

Seguidamente, la cuarta fase, se llega al punto de bifurcación o momento jacobino de la revolución. Es el momento en el que “los bloques antagónicos, los proyectos irreconciliables de sociedad que cubren territorialmente la sociedad y el estado, deben dirimir su existencia de manera abierta, desnuda, a través de medición de fuerzas, la confrontación”.

Tras la victoria del proceso revolucionario, aunque también en todo su recorrido, en la quinta fase, surge la “emergencia de las tensiones creativas”.

Álvaro García Linera entiende estas “tensiones y contradicciones como los mecanismos mediante los cuales se logran los cambios y se impulsa el avance de una sociedad”. Sin embargo, el espontaneísmo surgido del momento de excepcionalidad tras la crisis del estado, que da pie a las sucesivas fases del proceso progresista, devela irremediablemente algunos de los límites imputables que han terminado por derrocar a estos gobiernos. Los límites que pueden trazarse cruzan en horizontal toda tentativa tensional de la exposición de García Linera desde el mismo inicio de las etapas del proceso revolucionario.

Por un lado, no cabe olvidar, que hablamos en tiempos de un mundo globalizado en el que el ‘sentido común’ como sesgo ideológico permanece y cruza fronteras.

Pero sin más dilación y volviendo a Gramsci, quien en sus escritos de la cárcel escribía que descuidar los movimientos espontáneos y renunciar a darles una dirección consciente “puede mantener consecuencias graves” (como lo que parece estar sucediendo en Francia con los Chalecos Amarillos). Por el contrario, “este debe ser orientado y depurado de todo elemento que pudiera corromperlo, para hacerlo homogéneo”[8].

  • Límites del espontaneísmo y de la búsqueda de lo revolucionario.

El primer punto que parece encontrarse como traba principal a los proyectos de progreso es el concepto de ‘ideología’. ¿Cuál y en qué consiste esta ideología dominante?

La ideología es, por un lado, “la expresión de las relaciones sociales concretas; es la forma en que se representan las relaciones sociales alienadas bajo el modo de producción capitalista (…) El capitalismo necesita producir individuos que se comporten con base en una cierta racionalidad económica. Los intereses y las lógicas del capital deben ser representados como los únicos racionales y universalmente válidos y deben ser reproducidos por todos los grupos sociales para que el sistema funcione de forma efectiva”[9].

Antonio Gramsci ya puso frente a la palestra el concepto de ideología sobre el que “hay que distinguir entre ideologías históricamente orgánicas, que son necesarias para hablar de estructuras, e ideologías arbitrarias, racionalistas, ‘queridas’. En cuanto a históricamente necesarias, tienen una validez que es validez ‘psicológica’: organizan las masas humanas, forman el terreno en el cual los hombres se mueven, adquieren conciencia de su posición, luchan, etc. En cuanto a ideologías arbitrarias, no crean más que movimientos individuales, polémicas, etc.”.[10]

De este modo, aceptar el capitalismo como ideología estructural, define los márgenes y los límites de las capacidades de desarrollar teorías de permeación de la democracia de Laclau, Mouffle y del realismo de izquierdas en general (ROMANO y DÍAZ IBARRA, 2018).

Laclau y Mouffe, como observó Sánchez Díaz, introdujeron posibilidades políticas, pero no sin antes señalar la “imposibilidad estructural de un cierre -sedimentación de lo social”. De este modo esta “ampliación del campo de acción política, no implica un proyecto de izquierda (emancipatorio, progresista, etc.), ni evita su reabsorción”[11].

Junto a la problemática que presenta este concepto de ‘ideología’ otro de los puntos conflictivos que surgen de la búsqueda de ‘lo revolucionario’ parte desde un punto de vista de la filosofía lingüística, que es factor indispensable y  puede descubrir algunas claves para llegar (o cuestionar por qué no se llega) a un sector más amplio de la sociedad fuera del estado de excepcionalidad y el espontaneísmo.

  •    Los límites del lenguaje

Las teorías progresistas del realismo de izquierdas surgidas de los postulados de los 70 y 90, aluden, como recurso, de forma irremediable a la idea de Ernesto Laclau, de la pugna por los ‘significantes vacíos’[12]. Y de este modo se entienden estos conceptos como, correctamente, significados ocasionales y contingentes.

El lingüista H. Paul Grice, por poner un ejemplo[13], proponía a mediados del siglo pasado una teoría en torno al significado ocasional del hablante (GARCÍA – CARPINTERO, 1996).

Por un lado, aseguraba Grice, que existen los ‘signos naturales’ que no dependen de las intenciones explícitas o implícitas de nadie. Por el contrario, está el ‘significado ocasional’ del hablante, que “requiere, además de esperar una respuesta determinada por parte del interlocutor, que el interlocutor reconozca que el emisor tiene la intención concreta y que la intención de que este reconocimiento sea para el emisor una razón esencial para producir la respuesta concreta”[14].

Es decir, de antemano el receptor debe conocer qué se espera de él y la intención del emisor. Esto supone una de las mayores limitaciones para todo proceso progresista basado en un momento de excepcionalidad, la espontaneidad, sin consciencia de la clase subalterna de reconocimiento de clase ‘para sí’, sin organización de cuadros formados y en un marco contextual definido por el individualismo[15].

Por el mero hecho de que, a diferencia de lo existente, la intención es la de producir un cambio se requiere de diferentes actores importantes para poder sobrellevar la ‘tensiones creativas’ de las que habla García Linera.

 En este mismo sentido, Herbert Marcuse en ‘La agresividad en la sociedad industrial avanzada’ escribió: “No es ya la espontaneidad del concepto, sino la receptividad de la intuición la que sirve de medio de comunicación a la doctrina de la esencia”.

Esto puede parecer algo abstracto sobre el papel, pero como puede extraerse de las experiencias de movimientos como el 15M, Occupy, YoSoy131 o de los sucesivos derrocamientos de gobiernos progresistas en América Latina, que perdían el apoyo de la sociedad civil, el mensaje o ‘significado ocasional del emisor’ solamente ha sido reconocido en las fases iniciales expuestas para la ‘revolución’ (en pro de la obtención de un beneficio individual)[16]

Posteriormente, fuera de este período, el alcance del mensaje ha quedado sostenido principalmente por gente con una previa experiencia en luchas sindicales, debates académicos o, de forma esporádica personas con problemas individuales de alcance local y momentáneo. Se crea así un núcleo cerrado de posible alcance minoritario.

  • Conclusión

Podría también tratarse como límites otros elementos como el símbolo (usando a Ernst Cassirer como referente para hablar del ‘ser humano’ como animal simbólico), de la imposibilidad – insoslayable – de hacer frente a la tensión del desarrollismo dentro del capitalismo (GARCÍA LINERA, 2011) o incluso del uso de la ‘posverdad’ a través de una guerra mediática global[17], pero lo importante es destacar que estos límites del realismo de izquierdas, que se han hecho patentes desde los 70’, con mayor énfasis desde los 90’, son signo de una derrota ya marcada previamente frente a un bloque histórico hegemónico cohesionado y de actuación holística en el campo estructural.

“En la más pequeña manifestación de cualquier actividad intelectual, el ‘lenguaje’, está contenida una determinada concepción del mundo”, escribía Gramsci, y en este bloque histórico hegemónico y orgánicamente cohesionado, menos en la momentaniedad del ‘estado excepcional’ los límites se encuentran definidos precisamente, y válgase la redundancia, por una ideología predominante del bloque histórico hegemónico y orgánicamente cohesionado.

Tras ello se esconde la “aceptación por parte de la izquierda de la despolitización de la economía, una ocultación del antagonismo de clase (…) y unos movimientos sociales declaradamente apolíticos”[18], que comporta irremediablemente el estancamiento del discurso de progreso en ciertas esferas sociales establecidas.

Esto impide toda constitución de un proyecto alternativo de sociedad, que solamente podrá ser recuperada mediante la organización de clase con horizonte anticapitalista y superando el modelo de las microutopías disgregadas. La voluntad política robusta o ‘boulesis’[19] pragmática y democrática frente al deseo de que la contingencia traiga buenas nuevas.

  • Bibliografía

· ANDERSON, Perry (2017) Las antinomias de Antonio Gramsci. Ediciones Akal. Madrid.

· BORÓN, Atilio (2012) América Latina en la geopolítica del imperialismo. Buenos Aires: Luxemburg

· GARCÍA LINERA, Álvaro (2011) Las Tensiones creativas de la revolución. La Quinta Fase del Proceso de Cambio.  La Paz: Vicepresidencia del Estado Plurinacional. Presidencia de la Asamblea Legislativa Plurinacional.

· GARCÍA – CARPINTERO (1996) Aproximación a la filosofía del lenguaje. Ediciones Universidad de Barcelona.

· GRAMSCI, Antonio. (2013) Antología. Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán. Ediciones Akal. Madrid.

· GRICE, H. Paul. (1969) Las intenciones y el significado del hablante. L. M. Valdés (ed.) Tecnos. Madrid.

· ROMANO, Silvina y DÍAZ PARRA, Iban (2018) Antipolíticas: neoliberalismo, realismo de izquierda y autonomismo en América Latina (Prólogo de Atilio Borón). Buenos Aires: Luxemburg-IEALC.

· SACRISTÁN, Manuel (1998) El orden y el tiempo. Edición de Albert domingo Curto. Editorial Minima Trotta. Madrid.

· SÁNCHEZ DÍAZ, D. (2016), Hegemonía y antagonismo: análisis crítico de la teoría política de Ernesto Laclauy Chantal Mouffe(tesis de Maestría), Universidad Nacional Autónoma de México


[1] “Este supuesto realismo es equiparable a lo que Borón denomina ‘posiblismo’ en tanto que aceptación resignada de lo existente en contraposición al realismo necesario para transformar el mundo (y no solo para estudiarlo e interpretarlo)”. (ROMANO y DÍAZ PARRA, 2018)

[2] ROMANO, Silvina y DÍAZ PARRA, Iban (2018) Antipolíticas: neoliberalismo, realismo de izquierda y autonomismo en América Latina (Prólogo de Atilio Borón). Buenos Aires: Luxemburg-IEALC. (Págs 14 -15)

[3] GRAMSCI, Antonio. (2013) Antología. Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán. Ediciones Akal. Madrid.

[4] ANDERSON, Perry (2017) Las antinomias de Antonio Gramsci. Ediciones Akal. Madrid. (Pág. 22)

[5] ANDERSON, Perry (2017) Op. Cit. (Pág. 89)

[6] GARCÍA LINERA, Álvaro (2011) Las Tensiones creativas de la revolución. La Quinta Fase del Proceso de Cambio.  La Paz: Vicepresidencia del Estado Plurinacional. Presidencia de la Asamblea Legislativa Plurinacional.

[7] Todas las referencias sobre las fases revolucionarias de este apartado pertenecen a: GARCÍA LINERA, Álvaro (2011). Op. Cit (Págs. 12 – 28)

[8] GRAMSCI, Antonio (2013). Op.Cit. (Págs. 277 -280)

[9] ROMANO, Silvina y DÍAZ PARRA, Iban (2018). Op. Cit. (Pág. 30)

[10] GRAMSCI, Antonio (2013). Op.Cit. (Pág. 325)

[11] Sánchez Díaz, D. (2016), Hegemonía y antagonismo: análisis crítico de la teoría política de Ernesto Laclauy Chantal Mouffe (tesis de Maestría), Universidad Nacional Autónoma de México. (Pág. 221)

[12] Se usa el concepto de ‘significante vacío’ porque en la práctica, más allá de la gobernanza más burocrática, las tensiones de García Linera vienen a ser producto de esta antinomia dialéctica.

[13] Que no fue constituido con este fin, pero que puede ser de utilidad.

[14] GARCÍA – CARPINTERO (1996) Aproximación a la filosofía del lenguaje. Ediciones Universidad de Barcelona. (Pág. 374)

[15] Neoliberalismo

[16] Al que también podríamos llamar ‘flujo’ característico de ese momento de excepcionalidad y que bien puede ser revolucionario, bien puede ser reaccionario.

[17] Para así no caer de nuevo en un determinismo lingüístico al hacer frente a una estructura orgánica, holística y con diversos mecanismos de acción.

[18] ROMANO, Silvina y DÍAZ PARRA, Iban (2018). Op. Cit.

[19] Haciendo referencia al concepto de ‘boulesis’ utilizado por Aristóteles en Política y Ética Nicomáquea para hablar del proceso deliberativo como una ‘virtud’


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