Los disparos benjaminianos de Jair Cabrera

«No es casual que el retrato esté en el centro de la fotografía más temprana. En el culto al recuerdo de los seres queridos lejanos o difuntos tiene el valor de culto de las imágenes su último refugio.»

Así se expresó el filósofo Walter Benjamin y del mismo modo, escondido tras su cámara da la cara el fotógrafo Jair Cabrera en el documental ‘DISPAROS‘, realizado por Rodrigo Hernández y Elpida Nikou (Muzungu), desde las entrañas de Iztapalapa, una de las demarcaciones con mayores índices de violencia de Ciudad de México.

El recuerdo de amistades y familiares para Jair Cabrera, tras el objetivo, se convierten en denuncia social sobre la inseguridad y la injusticia latente en el seno de la capital. La transgresión de la realidad por parte del fotógrafo, y de la mano de Jesús Villaseca, se da en el cambio social, en el cambio de unos disparos por otros. Construcción frente a la destrucción del narcotráfico, la desigualdad social y la corrupción.

Esta realidad es tal que incluso el relato de su propia vida se convirtió en una epopeya en 2017, cuando durante la realización de un fotoreportaje, Jair Cabrera fue retenido junto a otros periodistas en la zona norte de Guerrero por más de cien civiles armados, que supuestamente pertenecían a la organización criminal de “La Familia Michoacana”.

A mediados del S.XIX en la revista Leipziger Anzeiger, y expuesto para crítica por el mismo Walter Benjamín, se argumentaba que «Pretender fijar fugaces reflejos no es sólo imposible, como ha demostrado una investigación alemana rigurosa, sino que el simple deseo de así hacerlo ya es una blasfemia. Porque el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios mismo, y la imagen de Dios no puede fijarla una máquina humana. Como mucho, el artista, cuando está inspirado por el cielo, puede atreverse a reproducir los rasgos divino-humanos en su instante de mayor intensidad, y ello por orden superior del genio, pero sin ayuda de máquina alguna».

Argumentación que el filósofo consideraba toda una «grosería» y que ante los disparos de Jair Cabrera se convierte en un dogma pretérito hasta insultante. Desde el inicio de sus clases Villaseca invita a documentar a través de la cámara fotográfica la vida de sus barrios y eso es justamente lo que hace Jair. Pretende y fija fugaces reflejos en tanto que posible. A imagen y semejanza, o no, de Dios pero si tan real que transgrede la distancia y te expone frente a la cruda realidad «del barrio», la cultura, la violencia, la muerte y el llanto como Santo y seña. Por que como manifestó Benjamin «¿no es cada rincón de nuestras ciudades, precisamente, el lugar de un crimen? ¿No es cada uno de sus transeúntes bien precisamente un criminal? Y, ¿no tiene el fotógrafo –el sucesor de arúspices y augures– que descubrir la culpa en sus imágenes, señalando al culpable?».

La fotografía de Jair lo llevó a formar parte incluso de grandes medios de comunicación e incluso en 2015 una de sus fotografías fue elegida por la revista Time como una de las 100 mejores del mundo en ese mismo año aludiendo a que “la obra de Cabrera destacó por su crudeza al retratar la inseguridad en la Ciudad de México: un hombre envuelto con vendas hallado colgado del puente La Concordia.

«Se ha dicho que «el analfabeto del futuro no será aquel que no conozca por cierto las letras, sino quien no conozca la fotografía». Pero, ¿no hay que considerar del mismo modo analfabeto al fotógrafo incapaz de leernos sus propias imágenes?» decía Benjamín y no solamente consigue eso la fotografía de Jair Cabrera, y el documental, sino que incluso nos evoca, nos transmite todo aquello que vive, se palpa y se siente en Itzapalpa porque “es un barrio con muchas dificultades a raíz de la violencia, y la falta de oportunidades de crecimiento. Pero para mí es mi casa, es mi hogar. Es todo para mí”.


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