‘Los días que vendrán’, una brillante mirada de Carlos Marqués-Marcet a los tiempos de una pareja

Lo que hace funcionar una película tan especial como esta es la absoluta complicidad entre David, María y Carlos, que logra retratar la intimidad de la pareja con honestidad y con ternura, pero también poniéndolos en situaciones conflictivas.

Por Angelo Nero | 7/01/2026

“Los días que vendrán” (2019) es la película que completa el tríptico que el director catalán Carlos Marqués-Marcet inició con “10.000 km” (2014), y “Tierra Firme” (2017), las tres protagonizadas por David Berdaguer, a quien acompañan en las dos primeras entradas Natalia Tena y en esta última María Rodríguez Soto, su pareja también en la vida real. En las tres se abordan las dificultades en las relaciones de pareja, la frustración generacional y las dudas que genera la maternidad, intentando resolver en cada nueva entrega algunas de las preguntas que se generan en la anterior. Así, en “Los días que vendrán” se intenta, y creo que con éxito, cerrar el círculo, mirando hacia el pasado y hacia el futuro, para afrontar el presente, a través de la filmación del embarazo real del primer hijo de María y David (Vir y Lluis en la ficción), para el que el director tuvo que vencer alguna reticencia inicial, como señalaba en una entrevista:

El temas alió cuando me enteré del embarazo, fue en aquel momento. Tenía ganas de hacer una película sin saber dónde ir. Cuando me enteré que María estaba embarazada fue, hostia, molaría hacer una película sobre ello, pero era una locura absoluta. También en ese momento de locura fue buah, ¡me lanzo! Muy de majaras. Yo creo que David estaba un poco más así, más reticente, también porque tenía mucho trabajo en ese momento, que si teatro, acabábamos de rodar la otra… estaba un poco agobiado y le daba un poco de cosa. Pero María desde el minuto cero también por el hecho precisamente de estar embarazada y, de repente, poder estar trabajando esos meses y hacer una película con David y conmigo para ella fue un subidón.”

Lo que hace funcionar una película tan especial como esta es la absoluta complicidad entre David, María y Carlos, que logra retratar la intimidad de la pareja con honestidad y con ternura, pero también poniéndolos en situaciones conflictivas, a través de un guión excelente en el que, como en las otras dos películas del tríptico, emergen diálogos inteligentes, afilados y divertidos, pero, sobretodo, absolutamente creíbles, en esa suerte de cuenta atrás que se inicia en el momento en el que se conoce la gestación hasta la llegada del parto, una espera no exenta de dudas y sobresaltos, de pasos hacia adelante y de momentos de bloqueo, sabiendo que al final de esa cuenta, sus vidas cambiarán para siempre.

Toda la primera parte del rodaje, hasta el séptimo mes de embarazo, la construimos a partir de improvisaciones. Lo que pasa es que sí que también teníamos un guión. Ensayábamos en casa por las tardes, cuando venía de montar ‘Tierra firme’, entonces grabábamos las improvisaciones, las transcribíamos y a partir de ahí yo hacía los guiones. Luego en el rodaje ellos se los aprendían, pero si algo se encallaba recurríamos a la improvisación, más cómo técnica que no realmente como manera de construir las escenas. Yo creo también que a veces el problema de la improvisación es que le das un doble trabajo al actor, no solo va de encontrar emociones únicas y genuinas, sino que a la vez hay que inventar el texto, y no tienen por qué ser buenos guionistas. Sí que hay algunas escenas que están improvisadas, no muchas, ni las que seguramente dirías que lo son, pero la mayoría de ellas están escritas.”

En la película hay un diálogo permanente entre el pasado y el presente, entre el presente y el futuro, esos días que vendrán es también una mirada a los días que fueron. Como nexo la grabación real del embarazo de la madre de María y de su parto. Y la película va un poco más allá de esa bella espiral en el tiempo, con la llegada de la niña, con los primeros pasos en los que los protagonistas dejan de ser dos, para ser tres. Sin duda, la confirmación de que Carlos Marqués-Marcet era ya algo más que una promesa en el panorama cinematográfico español.

En este manejo de los tiempos, Marqués-Marcet recurre a imágenes del archivo de los padres de Vir, para mostrar aquel aire despreocupado de los ochenta, donde la situación económica y social era otra, en la que el pasado en blanco y negro parecía quedar atrás, y el futuro solo parecía ofrecer libertad y prosperidad.

El rodaje en espacios pequeños, también un reto afrontado en sus dos películas anteriores, es muestra de su maestría, creando un lenguaje cinematográfico propio con la utilización de continuos fuera de campo en los que crea espacios de intimidad para cada uno de los protagonistas, donde expresar su felicidad o sus miedos, sus sueños, frustraciones o silencios.

La llegada inminente de una nueva vida, a la que proveer, proteger, cuidar y alimentar, crea tensiones entre Vir y Lluis, cuando ella es despedida, y él tiene que asumir la continuidad en un trabajo que no le satisface plenamente, pero que es vital para sostener a la familia. También las dudas entre escoger una escuela pública o privada, temas en las que se cuestionan sus convicciones. Aquí también hay un elemento de crítica social, reflejando la renuncia de muchas parejas jóvenes a tener hijos –o a demorar el mayor tiempo posible- ante la incertidumbre laboral, el problema habitacional y la carestía de la vida, que acaban afectando también a la buena salud emocional de la pareja.

Para mí había una intención con esta película de captar una intimidad, que, en ese sentido, la ficción es más apta para ello que el documental. A veces, los documentales que cuentan la intimidad son un poco perversos, pueden ser de gente que no son plenamente conscientes de lo que está suponiendo su imagen, si lo eres, ya te pones en escena y ahí se pierde esa acción. Pero todo viene un poco de ahí, de esa búsqueda de la intimidad”, señala el director catalán.

La banda sonora también tiene su importancia en la película, que tiene un broche de oro en “Tú que vienes a rondarme”, de María Arnal y Marcel Bagés.

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