Los delitos de Odio

Los pánicos morales contemporáneos son el instrumento propagandístico preferido por la ultraderecha.

Por Lucio Martínez Pereda | 16/07/2025

Algunos delitos de odio presentan una estructura tan compleja como la de los delitos financieros. En su origen, suelen intervenir actores políticos que generan un discurso propagandístico que actúa como desencadenante. Posteriormente, este mensaje es amplificado y normalizado por las llamadas cámaras de eco mediático, que lo hacen socialmente permeable. Finalmente, intervienen los ejecutores materiales: los que concretan el acto violento.

En su génesis, los delitos de odio tienen su punto de partida en actores políticos y líderes de opinión que -como autores ideológicos- ponen en marcha un discurso cargado de estereotipos, deshumanización y señalamiento de un «otro» como amenaza. Estos actores aprovechan su influencia para sembrar narrativas que legitiman el odio, presentándolo como una respuesta «justificada» frente a imaginarios peligros sociales, culturales o económicos. Esta primera fase es crucial, ya que crea las bases emocionales e ideológicas que alimentarán el resto del proceso.

Posteriormente, las cámaras de eco mediáticas desempeñan su función en la amplificación y normalización de estos mensajes. Estas cámaras de eco no solo amplifican el mensaje, sino que lo hacen socialmente permeable al presentarlo de manera repetitiva y simplificada, lo que facilita su aceptación por parte de audiencias predispuestas. Este proceso transforma ideas de Odio en percepciones aparentemente comunes, erosionando las barreras éticas que podrían frenar su propagación.

Finalmente, los ejecutores materiales entran en escena. Estas personas influenciadas por el discurso inicial y validadas por su entorno mediático, convierten las palabras en actos violentos. Aunque suelen ser percibidos como los únicos responsables, en realidad son el último eslabón de una cadena delictiva que ha sido cuidadosamente construida. Su acción, ya sea un ataque físico, verbal o simbólico, es la culminación de un proceso que comenzó anteriormente , en las palabras de un líder político y en la resonancia de un mensaje amplificado.

La estructura del desarrollo de los delitos de odio se originó en la década de los años 30 del XX: otra cosa es que tengamos el suficiente conocimiento de ello activado en los ámbitos decisionales -jurídicos y políticos- que tienen capacidad y poder para introducirlo en los códigos penales y así poder identificar a todos los autores -cada uno en su función- que intervienen en este tipo de delitos.

Creo que en la tipologización penal del delito de odio debería incluirse las conclusiones científicas procedentes del concepto “pánico moral”. La expresión acuñada por el sociólogo Stanley Cohen en 1972 analiza cómo algunos grupos sociales llegan a ser vistos como “enemigos”. Los pánicos morales contemporáneos son el instrumento propagandístico preferido por la ultraderecha. Desde su empleo en la campaña de Trump del 2016 -a diferencia de los Pánicos de la primera etapa- los actuales tienen corta duración y alta volatilidad: suelen durar poco, aunque pueden reactivarse con mucha facilidad. Usan el lenguaje emotivo del miedo , alteran estadísticas con datos acientíficos sobredimensionados , demonizan grupos sociales diana y recurren a una amplificación mediática para producir una saturación cognitiva que impida analizar la causa real del pánico puesto en circulación.

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