Los cuatro jinetes del Francocalipsis

Por Sabino Cuadra

El Apocalipsis es el último libro del Nuevo Testamento. Tiene un carácter profético y en él, utilizando una abundante simbología, se describe la larga lucha ente las fuerzas del Mal y del Bien. La victoria final, por supuesto, corresponde a estas últimas, tras lo que llega finalmente el reino de Dios. Bueno, lo anterior es, al menos, lo que yo he entendido de la película, pues, como ya he dicho, hay mucha alegoría en el libro.

En uno de sus capítulos, éste se refiere a cuatro jinetes montados en cuatro caballos de color rojo, blanco, negro y amarillo, que representan a su vez la guerra, la conquista, el hambre y la peste, algo que los distintos imperios que hemos conocido a lo largo de la historia han ido sembrando con profusión: ¡mucha apocalipsis, poca diversión!

Tras la muerte de Franco y durante la Transición, mercachifles de todo pelo y condición se dedicaron a hablarnos de elixires constitucionales varios (derecho al trabajo, a la vivienda, libertades democráticas plenas, justicia social,…), sanadores de toda clase de males, algo que el tiempo ha demostrado no era sino agua de borrajas. Mientras mirábamos como lelos los oropeles de sus juegos olímpicos y copas mundiales de futbol, ellos, trileros profesionales del naipe y el cubilete, se dedicaron a privatizar las propiedades públicas (banca, eléctricas, combustible, comunicación…) y a reservarse a futuro mullidos sillones en los consejos de Administración de esas mismas empresas.

Pero la chistera no dio para más conejos. En los últimos años, el régimen de verdad, el de los pilares franquistas recauchutados, se ha mostrado cada vez con mayor nitidez. Cada día que pasa es más evidente que todo había quedado atado y bien atado. Hablo de los cuatro jinetes del francocalipsis.

El primero, el caballo rojo, el de la guerra. O sea, el Ejército. Los mercachifles nos lo vendieron como adalid mundial en misiones de la ONU (El Salvador, Colombia, Bosnia, Líbano, Afganistán…), pero ahora se nos muestra como una cueva de franquistas de la que cada dos por tres brotan colectivos de altos mandos (coroneles, generales, almirantes,…) glorificando al genocida y llamando a sarracinas de rojo-comunistas-separatistas. En su día, como seña de conversión a la democracia, tan solo se les exigió afeitarse el bigotillo fascista, pero de aquello hace mucho y ahora les ha vuelto a crecer el pelo. Bromas aparte, estos altos cargos militares jubilados son únicamente la punta del iceberg de la presencia de sus ideas en las filas castrenses. A pesar de ello, por más que leamos los programas referidos a la Defensa de los grandes partidos estatales, del gobierno o la oposición, ninguna línea se dedica a hablar de este problema y de la necesidad de extirpar lo que en su día se dejó sin extirpar. 

El caballo blanco: la conquista. La cosa viene de atrás. Tiene, cuando menos, quinientos años. Hoy, mientras el caballo rojo relincha y pide pista, quien actúa es la judicatura. Contraviniendo todas las leyes de la naturaleza y de la historia, España es la única realidad afirmada como una, indivisible, indisoluble y, a futuro, eterna. Soberanía única blindada por cuantas leyes, tricornios y piolines sean precisas, pero también por sentencias. La última del Tribunal Supremo en el caso de Bateragune apunta, no solo a Sortu y a EH Bildu, sino también al independentismo catalán. Togas y puñetas que ayer mismo afirmaron lo contrario, sentencian ahora que no solo se puede juzgar dos veces por unos mismos hechos, sino que están dispuestos a cambiar cuantas doctrinas sean necesarias para salvaguardar las esencias del régimen. ¡Que nadie busque en Europa apoyo alguno a sus pretensiones soberanistas, pues sus esfuerzos serán vanos!, avisan.

El caballo negro: el hambre. El IBEX-35 lleva las riendas del corcel. Ellos siempre rebañan el plato. Dicen que en la gran crisis de 1929, era peligroso caminar por las aceras de Wall Street, pues llovían los banqueros arruinados que se suicidaban arrojándose por las ventanas de los rascacielos. Eran otros tiempos. Hoy, los banqueros y capitalistas españoles escaldados por la crisis que ellos colaboraron a crear, son rescatados por el gobierno con los dineros de todos. Después de la última, la de 2008, la parte del pastel que se llevan unos pocos es cada vez más grande y la de los muchos, cada vez más pequeña. La precariedad crece, sobre todo entre las mujeres, y golpea a una juventud a la que, a falta de servicio militar obligatorio, quieren domesticar para extirpar de ella todo instinto de rebeldía. La población migrante, perseguida y criminalizada, es puro papel de cocina, de usar y tirar, y los cuidados sociales son pasto de fondos buitre. 

El caballo amarillo: la peste. El coronavirus no ha caído del cielo, como las plagas de Egipto, sino que se ha incubado en la tierra. El género humano (el “hombre”, dicen), no es el rey de la creación, sino un mero inquilino. Alguien que, por cierto, está haciendo un muy mal uso del espacio arrendado. En vez de aprender a convivir con el vecindario, está alterando las normas de relación y éstas, finalmente, se están volviendo en su contra. El cambio climático, la contaminación, la pérdida de biodiversidad y la agricultura y ganadería intensiva tienen una relación directa con la creación de un hábitat favorecedor a este tipo de virus y su rápida difusión. Junto a ello, el modelo de desarrollo de cemento, pelotazo, turistización, desertización y desmantelamiento productivo llevado a cabo en el estado español ha abierto las puertas a que los efectos de esta epidemia nos hayan puesto a la cabeza del ranking mundial en número de muertos por cien mil habitantes y población sanitaria y de servicios sociales afectada, algo sobre lo que el gobierno, por supuesto, no da explicación alguna.

Termino. Hay otro par de jinetes más de los que también se podrían contar grandes cosas, pero no hay espacio para ello. Se trata de la Iglesia y la monarquía. Habrá que dejarlo para otro día.

 

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