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El periodista Kei Pritsker, y el cineasta Michael T Workman pusieron el foco en las manifestaciones a favor de Palestina en EEUU, a través de la película The Encampments.
Por Angelo Nero | 17/01/2026
Durante los dos últimos años el mundo ha asistido horrorizado -al menos una gran parte de lo que todavía puede llamarse humanidad- al genocidio continuado y acelerado de la población palestina de Gaza -y, en menor medida, también de la de Cisjordania-. Un genocidio que no tiene su origen, y esto es importante subrayarlo, en el 7 de octubre de 2023, sino en el 29 de noviembre de 1947, punto de partida de la Nakba, con la votación en la ONU de la partición de Palestina, y la creación de un estado judío, que se hizo efectiva inmediatamente, y otro árabe, que no se ha materializado hasta la fecha. Pese a los intentos de los gobiernos occidentales, todos ellos alienados de un modo u otro con el régimen sionista, de acallar a su propia opinión pública, de comprar cabeceras de prensa o de silenciar a la que se atrevió a denunciar la limpieza étnica de los palestinos, este exterminio televisado, ha levantado olas de indignación con cada bombardeo del ejército hebreo sobre escuelas y hospitales, muchos de ellos bajo la protección de la ONU, el impedimento de la entrada de ayuda humanitaria y de la prensa, y el incesante goteo de muertes, la inmensa mayoría civiles desarmados, mujeres y niños.
El periodista Kei Pritsker, y el cineasta Michael T Workman pusieron el foco en las manifestaciones a favor de Palestina en EEUU, a través de la película The Encampments, los campamentos, aquí titulada como los manifestantes. La película actúa como una prueba de cargo contra el gobierno de EEUU, que criminaliza las protestas mientras continúa con el flujo incesante de armas a Israel, animándole así a que continúe con el genocidio. También es una muestra del imparable movimiento de solidaridad que ha surgido tras esta brutal limpieza étnica que Israel ejecuta, pero que respalda y arma EEUU y Europa. Una solidaridad que desafía a un sistema, el nortearmericano, que cada vez se parece menos a una democracia, y donde la disidencia es criminalizada, perseguida, encarcelada.
A través de esta película nos introducimos en los campamentos de solidaridad con Gaza de la Universidad de Columbia, donde los estudiantes no solo denuncian el genocidio, sino que intentan obligar a las autoridades universitarias a retirar todas las colaboraciones con las empresas armamentísticas o tecnológicas norteamericanas o israelís, que financian o participan directamente en la matanza del pueblo palestino. Uno de estos estudiantes, Mahmoud Khalil, destacado en la negociación entre los estudiantes y las autoridades universitarias, fue detenido y finalmente deportado. Grant Miner, involucrado en la ocupación del Hamilton Hall de la universidad, fue posteriormente expulsado de Columbia. Junto con Suede Polat, ofrecen una defensa razonada de una protesta vinculada a la campaña BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones). Numerosos estudiantes de la Universidad de Columbia también fueron heridos y detenidos en un violento asalto de la policía, que empleó balas de goma y granadas aturdidoras para acabar con la protesta.
The Encampments establece un paralelismo entre el movimiento de solidaridad con Palestina en Norteamérica con las protestas contra la guerra del Vietnam, a finales de los años sesenta, que terminaron por prender en la opinión pública, horrorizada ante un conflicto que les dolía en su propia carne: cerca de 60.000 estadounidenses, en su mayoría jóvenes, perdieron la vida en esa guerra que se alargó durante diez años, y que dejó profundas huellas en la sociedad americana. Ahora no mueren jóvenes de Columbia, o de otros lugares de EEUU, sino que son los jóvenes gazatís -la mitad de su población es menor de edad- los que caen bajo las bombas israelís -y de fabricación americana o europea- pero la represión en sus calles, en sus universidades, es tan brutal como las que intentaron apagar las protestas contra la barbarie de Vietnam.
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