Lo que queremos es que explote

Por mucho que repitan una mentira no se convierte en verdad, al contrario que afirmaba el jefe de propaganda del gobierno nazi: Joseph Goebbels. El Valle de los Caídos no es un monumento de unión y reconcilio, desde el principio fue planificado como un mausoleo para conmemorar una victoria; algo nada innovador, ya que antes de Franco ya lo hicieron múltiples líderes militares como Octavio Augusto o Napoleón. Augusto hizo esculpir en el Campo de Marte el “Ara Pacis”, un monumento por una paz que duraría mil años (ignorando los problemas fronterizos que suponían Britania y Germania). Este fue el acto conmemorativo que supuso una larga tradición de mausoleos y monumentos en la historia de Europa tras una gran victoria militar. Sin embargo, en algo más coincidían los mausoleos de Octavio Augusto y Franco; en que ambos nacen del fin de una guerra civil.

Historiadores, periodistas y tertulianos paternalistas se han desvivido por mostrarnos el lado romántico de la Guerra Civil señalando que era una “lucha entre hermanos”, y si bien es cierto que muchas veces la gente no elegía el bando en la guerra, olvidar los inicios del conflicto es reducir el mayor conflicto y la mayor masacre del país a poco más que un Puerto Urraco de dimensiones nacionales.

Muchas veces los propios franquistas reconocidos, y los que también lo son pero huyen del término, hacen gala de esos viejos conceptos en su beneficio. Los mismos que dieron un golpe de Estado y bombardearon a su pueblo, dispararon a sus vecinos y los dejaron morir a la intemperie, hablan de que el mausoleo del dictador, donde los supervivientes de la guerra tuvieron que dejarse la vida picando piedra y dinamitando, es el sitio perfecto para cerrar las heridas de ambos bandos.

Un lugar que fue diseñado, literalmente para “rendir honor y enterrar a aquellos que cayeron luchando por la valiosa cruzada del Caudillo”; es obvio que los republicanos no estaban invitados a la gloria, tan solo fueron su necesaria mano de obra.

Hablan también los simpatizantes de los 40 años de represión sobre esa conglomeración de huesos que en un acto romántico une a “las dos Españas” en su tumba, ignorando todo lo que supone usar los huesos de tus enemigos para hacer hormigón, o el que atormentados y atormentadores estén unidos en una placa de restos inidentificables para las familias. Una postura de la que hace gala Ciudadanos, y que como muy bien escribió Antonio Maestre en “La Marea”, habría que ver si les gustaría tanto el planteamiento de que las víctimas de ETA estuviesen enterrados junto a sus verdugos en un futuro, para que viesen se rompiese ese romanticismo kitsch del que hace gala el fascismo español cada vez que plantean esos términos.

Para borrar todo ello de nuestro inconsciente colectivo, para pasar página definitivamente, hay que acabar con ese sinsentido que corona Cuelgamuros: que los huesos de los sublevados y los que defendieron al gobierno legítimo de su país se separen para poder descansar en paz, que la gente visitase únicamente a sus muertos.

Un amigo me decía el otro día que él no ve mal que saquen a Franco, pero que al igual que los campos de concentración, es necesario dejar el Valle de los Caídos en su sitio para recordar el horror ante el paso del tiempo, y que precisamente quienes financian el mantenimiento de los campos de concentración, es en buena medida el estado de Israel, ese mismo que sigue argumentando en el Holocausto su existencia y la masacre de palestinos.

El Valle de los Caídos está en un estado deplorable, ya que sin ir más lejos, su arquitecto, Juan de Ávalos (simpatizante del PSOE en su juventud, al que el régimen le hundió su carrera durante años al enterarse de ello) no tuvo en cuenta los cambios bruscos de climatología y la resistencia de su “maravillosa fórmula” ante el agua. La humedad intensa y la lluvia están entrando por grietas estructurales y descomponiendo el yeso de la mezcla, las estatuas que representan a los apóstoles y a la virgen en una versión de “La Pietá” de Miguel Ángel se están deteriorando y es cuestión de tiempo que se desmoronen.

Por todas estas causas, el mausoleo es una ofensa al presente en sí mismo. Ni siquiera voy a citar los crímenes cometidos durante la posguerra, las vidas truncadas al no seguir el pensamiento del régimen, los crímenes personales del dictador o los delitos de lesa humanidad, esos que suponen el verdadero horror y que personifican dos cadáveres glorificados por toneladas de piedra y mármol donde cierta gente va a honrar la represión y los genocidios pasados. No basta con que saquen a Franco y a Primo de Rivera (si es que es él y no un vagabundo negro llamando “el Negre Lloma” el que descansa en su tumba), mientras siga existiendo un lugar donde exaltar al fascismo, viejas y nuevas generaciones de fascistas se congregarán en él atentando contra los valores fundamentales de una democracia sana.

Y es que por lo general, los libros de historia romana no hablan de qué ocurrió con los partidarios de Bruto, Casio o Marco Antonio una vez que Octavio Augusto les derrotó, los libros de historia española no recogen el sufrimiento de no poder hablar en tu lengua, de no poder querer a alguien de tu mismo sexo, de tener que escuchar Radio Moscú bajito y a las cinco de la mañana en medio de un huerto alejado del pueblo para conocer más allá de lo que te cuentan; y si en alguno se describe siguen siendo palabras escritas y no terror en la piel.

Para borrar todo ello de nuestro inconsciente colectivo, para pasar página definitivamente, hay que acabar con ese sinsentido que corona Cuelgamuros: que los huesos de los sublevados y los que defendieron al gobierno legítimo de su país se separen para poder descansar en paz, que la gente visitase únicamente a sus muertos (si es que saben dónde están), que igual que se hizo con dinamita, se destruya con dinamita, y así el valle se haga cuenca. Eso sí que sería romanticismo.

Escena de la explosión del Valle de los Caídos en la película “Jaguar lives!”

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