LGBTIfobia y la manipulación pro punitivista

«Una sociedad sana sería aquella que lucha para evitar que la justicia se base en la venganza, y que se centre en evitar este tipo de delitos, no en castigarlos».

Por Mariana Robichaud

Como parte del colectivo LGBTI, irremediablemente lloras viendo las noticias de las últimas semanas. Todas podemos empatizar y ponernos en la piel de otras personas, pero saber que puedes ser tú, saber que esa agresión va dirigida hacia ti por lo que eres, por lo que representas, indiscutiblemente da miedo, y negarlo sería cometer un error.
Las consignas que claman que no tenemos miedo pueden tener todas las buenas intenciones del mundo, pero no son ciertas. Lo tenemos, hay que admitirlo para reconocer este problema como algo sistemático y estructural. Lo que no debemos permitir es que este miedo nos frene. Tenemos la tarea de reconocer ese miedo para no quedarnos inmovilizadas por éste, sino hacer todo lo contrario y combatirlo. ¿Contra qué estaríamos luchando si no diéramos ese paso inicial de reconocer que sí, que efectivamente existe ese miedo hacia una violencia que nos pone en el punto de mira? Nos hemos de reconocer como colectivo al que va dirigido un tipo de violencia concreto, un tipo de odio concreto y, hecho esto, dar pasos para combatirla. Y es aquí donde se ha de procurar pensar a largo plazo, buscando soluciones reales y no meros parches, y no hacerlo desde la inmediatez, la búsqueda de venganza, la rabia o la ira. Es importante que el miedo y la emocionalidad no nos cieguen, y, sobre todo, es necesario rechazar por completo el intento de algunos por tratar de aprovecharse de nuestro dolor para imponer su agenda burguesa punitivista.

Llegamos, pues, a la idea que vamos a sostener a lo largo de este artículo: que el punitivismo, además de ser contrario a los derechos humanos, no es la solución al problema de la lgtbifobia. ¿Por qué renegar del punitivismo? Son varias las razones. Principalmente, nos enfocaremos en dos: por un lado, la practicidad. Está demostrado que las penas más duras no conllevan menores índices de criminalidad. De entrada, este motivo es de por sí suficiente para ser conscientes de que la solución ha de pasar por otro tipo de enfoque. Por otro lado, y esto es aún más importante, porque como sociedad no debemos caer en la falta de humanidad, y menos permitir que se usen luchas sociales tan necesarias y justas como la del colectivo LGBTI para justificarlo. Lo que queremos quienes somos parte del colectivo es atajar el problema de raíz, no buscar castigos.

En esta sociedad capitalista, los problemas propios del sistema a los que nos enfrentamos no son únicamente de carácter económico, de aquello que conforma la base del sistema (las relaciones de producción, etc.). La superestructura, ese plano cultural/ideológico que se encarga de que naturalicemos el capitalismo sin cuestionarlo y que lo veamos como la única opción, de forma inconsciente, hace que la ideología burguesa se extienda en todos los espacios y que siga siendo la forma de pensar y de ver el mundo dominante, mientras se nos hace pasar por lo normal, por lo neutral. Esta ideología se reproduce en el aparato judicial, en la educación, en los medios de comunicación, etc. En este caso, una vez más, encontramos que la Justicia y todos sus órganos, toda su configuración y todo su contenido están, por completo, cargados de ideología burguesa (y qué decir de la prensa). De esa que pretende hacer creer a la sociedad que es mejor el castigo que la prevención, que es preferible la venganza a la búsqueda de remedios que vayan directamente al origen de las distintas problemáticas para atajarlas. Al fin y al cabo, la cárcel no es más que otro órgano de represión que es útil a la clase dominante y, además, un negocio para esta, de ahí que convenga a los capitalistas conservarla como método principal para “hacer justicia”(1).

En la Universidad, además, una de esas instituciones más funcionales al capitalismo para reproducir la ideología burguesa, toda la formación que adquieren los futuros profesionales del ámbito jurídico asumen todas estas ideas tan perjudiciales para nuestra sociedad, para nuestra clase. No se cuestiona, evidentemente, la idea de que todo el aparato jurídico, y en especial todo lo relacionado con lo penal, está contaminado de ideas cuya función es la de asegurar que el capitalismo siga funcionando sin ser puesto en tela de juicio. Cuando se dicta sentencia, se hace dentro de un marco burgués. También profundamente preocupante es lo que ocurre con la formación de los funcionarios de prisión, entre los cuales abunda la cantidad de perfiles que ven a los presos como si no fueran siquiera humanos.

¿Cuál es nuestra postura, entonces, en respuesta a las agresiones lgbtifóbicas? Que el derecho no puede ser punitivista y servir para dictar sentencias “ejemplarizantes”. No podemos caer en una dinámica sensacionalista, exhibicionista y morbosa como es la de “satisfacer” la búsqueda de castigo. De normalizar esto último, correríamos el riesgo de legitimar conductas completamente inhumanas como las vividas en el pasado, cuando hacer justicia era todo un espectáculo para el pueblo, cuando servía como entretenimiento, pero también como amenaza. Una sociedad justa no debe aspirar a contemplar horrores para sentirse satisfecha. Una sociedad sana sería aquella que lucha para evitar que la justicia se base en la venganza, y que se centre en evitar este tipo de delitos, no en castigarlos. Porque ese es el orden lógico: trabajar para acabar con la mentalidad que da lugar a estos crímenes, y no esperar a que se cometan para, posteriormente, castigarlos y advertir al resto de cómo pueden ser castigados. El punitivismo ni educa ni puede erradicar la lgtbifobia. ¿Pretendemos evitar este tipo de delitos a base del miedo a las penas, o queremos erradicar la lgbtfobia educando a la sociedad, atajando el problema de raíz? ¿Queremos sociedades sanas donde se erradiquen estos ataques porque la mentalidad lgbtifóbica haya sido erradicada, o queremos prisiones llenas sin que cesen las agresiones?

 

Por desgracia, las instituciones penitenciarias no son concebidas en la práctica como centros para la reeducación, tal y como deberían ser, sino como espacios apartados de la sociedad donde recluir a los presos, algo completamente contraproducente. Nuestra propia Constitución, con sus luces y sus sombras, ampara la idea de que el objetivo debería ser reinsertar. En su artículo 25.2, esta recoge que «las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad penales estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social». La vida en las cárceles, además, acaba inevitablemente dando lugar a que los presos acaben por desaprender aún más cómo vivir en sociedad, que es todo lo contrario a lo que cabría esperar si el objetivo es su reinserción. Se convierten en vidas al margen de la sociedad, con unas normas diferentes, con conductas diferentes, que distan mucho de lo que es el hábitat normal de cualquier ser humano. De forma paulatina, va produciéndose una adaptación a las normas de prisión, que aleja a los presos de lo que es una vida normal en sociedad, lo que provoca que la resocialización sea más difícil.

La vida en prisión conlleva un sufrimiento psicológico que deberíamos evitar a toda costa, que no reparará jamás el daño causado. El trato humillante y degradante al que los presos son sometidos solo supone más y más trabas para su reintegración. Debemos tener algo claro: el sufrimiento ajeno no devuelve las cosas a su estado anterior, no puede deshacer lo acontecido. Si lo que queremos es evitar la reincidencia, hagámoslo garantizando que la persona no es privada de su humanidad y sus derechos. Garanticemos que puede cambiar por convicción y no por coerción. Este es el enfoque que necesitamos si aspiramos a una justicia más sana, más segura, que no se base en el ojo por ojo.

Por todo ello, es evidente que no necesitamos enormes centros apartados de la sociedad donde se despoje a las personas de su humanidad. Lo que necesitamos es hacer todos los esfuerzos necesarios para que, por un lado, la educación procure una sociedad en la que no se reproduzca lgtbifobia y, por otro, sustituyamos el trato inhumano y vejatorio hacia los presos por verdaderas tareas de reeducación y de reinserción. Es fácil tirar la toalla y mirar a otro lado, pero no es así como podemos evitar que este tipo de agresiones ocurran. Lo cierto es que no se nace con una mentalidad alineada con los postulados capitalistas y lgbtifóbicos, sino que se nos inculcan a través de los distintos agentes de socialización. Es por ello que debemos empezar aquí, en el origen del problema, y no ignorar todo el proceso que nos hace asimilar ideología burguesa hasta que, de pronto, se comete un crimen, la rabia nos lleva a desearles años de cárcel a los agresores y nos centramos en la sed de venganza, sin plantearnos qué hacer para que esto no ocurra. No debemos cometer el error de apelar a sus aparatos de represión propios del capitalismo para aspirar a una sociedad mejor.

Hemos asumido que la única forma de hacer justicia es el encarcelamiento, pero esto no hace más que dificultar las posibilidades de que la persona pueda rectificar. Hemos asumido que el castigo es un remedio, que es necesario, que es la única forma de condena posible. Sin embargo, tener prisiones llenas de gente de la que no nos hacemos cargo emocional y psicológicamente, en las que se subsiste en un ambiente hostil, sin que haya programas eficientes de reeducación y de reinserción, es todo lo que no hay que hacer para lograr que una persona pueda rectificar, aprender y cambiar. Es lo más contraproducente que cabría imaginar. Para que estos programas sean efectivos, así como la atención terapéutica, no pueden ser opcionales ni superficiales, ni pueden estar a cargo de profesionales que carezcan de la formación necesaria o de esa voluntad por lograr la reinserción (de nuevo, estamos ante un problema sistemático, no individual). El problema no es, como algunos dicen, que la reinserción no funcione. El problema radica en cómo se trabaja por lograr esa reinserción, en la falta de medios y de voluntad por parte de las instituciones. Es por ello que descartarla, sin haber dedicado los esfuerzos necesarios en hacerla funcionar, y dejarnos llevar como sociedad por la impulsividad y la rabia es, en realidad, la opción más perjudicial que podemos imaginar. Repetimos: se trata de buscar remedios, prevención. Hacen falta programas y tratamientos que sirvan para facilitar la integración en la sociedad, no para alejar a los presos de esta, y conseguir esa adaptación a las normas de la misma, evitando la asimilación de la cultura carcelaria. Solo de esta forma se pueden proporcionar las herramientas necesarias para vivir de forma adecuada en sociedad y evitar la cronificación de sus problemas, siendo esto último lo que ocurre cuando encerramos a personas en condiciones privativas de libertad que empeoran aún más el desarrollo antisocial.

De lo que se trata es de luchar por una sociedad en la que la lgbtifobia se extinga, en la que no tengan lugar crímenes de este carácter no por evitar el castigo, sino porque hayamos logrado acabar con esta mentalidad reaccionaria. Aludir a la dificultad de lograr algo así, cruzarse de brazos y resignarse no es una opción. Sabemos que el problema existe y es grave, y sabemos que ignorarlo y dejarlo todo en manos del parlamentarismo no va a solucionarlo. Como sociedad, debemos tomar acción y no dejar que el desánimo nos abata. ¿Vamos a dejar que el pesimismo disipe la evidente necesidad de combatir la ideología burguesa que, al ver cuestionada la familia tradicional y heterosexual sobre la que se sustenta el capitalismo, responde cada vez de forma más violenta? Está en nuestras manos evitarlo. No queremos que nuestras agresiones sean usadas para justificar una sed de sangre que no solucionará nada y que la derecha usa para señalar a colectivos ya oprimidos. Para combatir tanto la lgbtifobia como el punitivismo, ambos propios de la mentalidad reaccionaria, la solución pasa por dejar de lado la impulsividad y centrarnos en lo importante: organizarnos y extender nuestro pensamiento.

 

(1) Podríamos, en esta línea de crítica hacia el Derecho y el sistema penitenciario como instituciones que mantienen al capitalismo, profundizar en ello y recordar que la pena de cárcel no es ni mucho menos igual para los capitalistas y para la clase obrera. Bien recuerda Lenin constantemente eso de que en las democracias burguesas no existe la igualdad por mucho que se quiera convencer a la ciudadanía de ello. La cárcel conlleva la privación de la libertad de la persona, lo cual imposibilita a la clase obrera para vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario, su única forma de sobrevivir. Los empresarios, en cambio, siguen siendo dueños de sus medios de producción, y sus familias, a menudo dueñas también, pueden seguir gestionando estos negocios lo que dure la condena. Queda claro quiénes salimos perdiendo siempre.

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