Lenin está muerto y es una sirena: ganar notoriedad dando la nota

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Por Ricard Jiménez

Hace un par de años se estrenaba la película Nación Salvaje, donde en Salem ya no ardían brujas, sino que tras la revelación de las identidades íntimas de la población, almacenadas en los Smartphones, se desencadenaba una ola de violencia sin parangón.

Suelen decir que la realidad a veces supera la ficción y tengo la sensación de que actualmente, en este caso concreto (y otros tantos), la rebasa incesante. El acoso, aunque no encarnado, se fagocita en redes sociales tras el minucioso y tambaleante análisis hermenéutico de poco más de 140 caracteres.

En tan pocas palabras se constituyen identidades que se gestan como perpetuas, sin embargo, para más inri los mismos algoritmos premian con visibilidad tales salidas de tono con la voluntad de echar raíces en los dedos unidos al «cacharro inteligente».

Estas relaciones sociales distantes promovidas a través de internet vehiculan en la toxicidad, el odio y la polémica, algunos dicen que, extendido tras la despersonalización y una cierta sensación de anonimato de las pantallas, no obstante, en muchos casos es utilizado con la voluntad de notoriedad egocéntrica.

Explicaba Enric Rodón, «se ha convertido en un banco de pruebas con nuevas formas de interactuar, nuevos lenguajes específicos, evolucionan y mueren. Memes, GIFS, stickers, frases hechas y bromas específicas en Twitter son un buen ejemplo. Y a su vez, también formulan nuevas actitudes ante la vida, maneras específicas de relacionar-nos entre humanos. Y es aquí la novedad: poco a poco nos hemos sofisticado y adecuado a un medio inmediato y vertiginoso».

Esta inmediatez más allá de conocimiento lo que requiere para reproducirse de forma frugal es el sentimiento, a flor de piel y a bocajarro. La deriva nunca fue fiscalizada o filtrada por aquellos que fingían explicar el mundo, aquellos garantes de ser los ojos de aquellos que no pueden ver: los medios de comunicación.

No se si es preciso destacar que estos nunca fueron neutrales, pero en el presente líquido y en manos de empresarios han adaptado el funcionamiento de las grandes empresas transmisoras del mensaje, las redes sociales, para maximizar la rentabilidad del click a través del like, el retweet o la interacción, aunque sea negativa. En tales medios, por supuesto, se hace necesaria la participación de aquellos pregoneros aventajados en incendios, no en apagarlos, obviamente.

La ociosidad entretenida de la lucha por una identidad propia con voz, cargada de conceptos vaciados de contenido y llenos de voluntad directriz, no son más que la burbuja de el cerrajón de torres de marfil, que tratan de erguirse en epicentro y núcleo, aunque después de todo no sean más que marionetas útiles de los de siempre.

Es simple entender este esfuerzo constante de la notoriedad por la notoriedad: «Nadie tiene trabajo, todo el mundo es artista» cantaba El Coletas, y la ejecución de la oratoria pirómana pretende sentar barrigas llenas en sillones de mimbre.

Mientras la jovialidad agresiva continúa granjeándose un lugar en la rutinalidad diaria la vida sigue transcurriendo.

Sobre una semana atrás saltaban chispas ante la nueva tarifa de la red eléctrica, a la que seguimos conectados con el filo del machete rasgando con velocidad atroz las pantallas a golpe de improperios e insultos que, caen en saco roto al encontrar las movilizaciones convocadas con reductos transeúntes deambulantes, con voluntad clara, pero sin praxis.

La falta de organización y la imposibilidad de ilusión para movilizar con proyectos alternativos, con horizontes lejanos, naufragan en un oasis de ‘ad hominem’, con narcisos perturbadores, en búsqueda del tema del día, de la posibilidad de expresar una opinión lo más turbulenta posible, ya sea sobre el gusto estético de Lenin, la españolidad o el dibujo infantilizado con aura Disney de unas niñas asesinadas por un maltratador que ejercía violencia vicaría, psicológica y toda una retahíla harta de machismo.

Pero, ¿para quá vamos a detener la rueda? El tiempo es oro, que siga salpicando a borbotones, no se a quién, no se hacia dónde.

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