Las mujeres nigerianas sobreviven en el silencio

Por Victory Collins

La cultura de la violencia en Nigeria

El silencio de las mujeres nigerianas es el resultado de un sistema estructural basado en el maltrato y en la indefensión aprendida. En Nigeria, a partir de la infancia se comienza a construir todo un esqueleto armónico, que tiene como objetivo integrar y sostener la violencia en todas sus vertientes como parte fundamental de las relaciones humanas. Tanto los hombres como las mujeres nigerianas, durante su niñez comienzan sobreviviendo a las tensiones constantes del hogar. La figura del mayor es el primer símbolo al que todo niño y niña debe guardar respeto y devoción. Si bien, cualquier desacierto -por menor que sea-, que se entienda como una falta de obediencia a su superior, le da la legitimidad a aquella persona del ámbito familiar o de la comunidad, cuyo respeto a quedado «agraviado», a ejercer los más crueles de los castigos.

Según una encuesta hecha por Agencia Fides en 2015, se estima que seis de cada diez niños y niñas nigerianas sufren abusos y violencia de diferentes tipos durante su niñez. La violencia física es una práctica socialmente aceptada y se ejecuta tanto en las familias como en las escuelas, debido a que se entiende que el castigo es una práctica vital para la disciplina de los y las menores. Durante esta etapa, los niños y las niñas aparentan tener una especie de igualdad en cuanto al maltrato que reciben de la sociedad, sin embargo, ya desde la infancia, el género femenino comienza a atravesar a las niñas, y recae en ellas la enorme carga de la mirada masculina hipersexualizadora, que en muchos casos termina conduciendo a la violencia sexual, la mutilación genital femenina y/o los matrimonios infantiles. De hecho, respecto a esto último, distintas ONGs afirman que el 43% de las niñas y adolescentes nigerianas se casan antes de los 18 años, y el 17% antes de los quince.

Mientras los chicos y las chicas van creciendo, adquieren a su vez mayor estatus dentro de la jerarquía social fundamentada por la edad. Tanto ellos como ellas comienzan a ser quienes ejercen poder sobre sus inferiores (primas y primos, hermanos y hermanas, parientes y conocidos/as de la comunidad más pequeños/as que ellos o ellas). Pero al mismo tiempo, continúan estando sujetos y sujetas al mandato de sus mayores, siendo los ancianos/as la figura de máxima autoridad. No obstante, hay un momento en dicha etapa de crecimiento, en el que el género masculino que se le impone a los hombres mediante la socialización, unido a lo que ya han ido aprendiendo sobre la jerarquía de edad, hace que no solo sepan cómo someter a sus menores, sino que además, esto contribuya a que su propia masculinidad emergente, les lleve a configurar una percepción de sí mismos en la que se creen con el pleno derecho de controlar y dominar a las mujeres de su entorno. En otras palabras, la primera jerarquía de la que fueron víctimas y verdugos los hombres nigerianos, es decir, la del rango en función de la edad, estimula también a la jerarquía en base al sexo en cuanto empiezan a ser conscientes de su existencia y de la posición que el sistema patriarcal les tiene garantizada. Esto no significa que una estructura sea causa de la otra, pues podemos ver que el sistema patriarcal es universal en todas las sociedades con independencia de que exista o no jerarquía por edad. Pero sí que, en el caso de Nigeria, dicha pirámide estructural sin ser causa del patriarcado, influye en su perpetuación, dado que al tiempo que los chicos van aprendiendo a dominar a las mujeres, aplican en ellas las experiencias ya adquiridas en la dominación de sus menores. Y de igual forma, ambas jerarquías se retroalimentan, puesto que las relaciones de opresión que mantienen los hombres con las mujeres, también les impulsa a reforzar el poder sobre sus pequeños y pequeñas.

Ahora bien, en el caso de las chicas sucede lo contrario, mientras que los jóvenes nigerianos alcanzan estatus social, tanto por su edad como por su sexo, las mujeres tan solo llegan a conseguir poder en base a lo primero. Y es que, aunque estas también se conviertan en verdugos de aquellos y aquellas a los que superan por años, jamás llegan a obtener la misma respetabilidad que un hombre de su edad, pues el género femenino se penetra en sus cuerpos y las mantiene siempre en una posición de inferioridad respecto a sus compañeros masculinos. Lo que sucederá con ellas es que, mientras que aprenden a ser verdugos de sus menores, simultáneamente mantienen su rol de sumisión frente a los hombres, que si bien recordamos, viene siendo construido desde la niñez, como víctimas por un lado, por su condición de menor en cuando a la violencia infantil, y por otro, por su condición de niñas en cuento a la violencia machista que sufren.

Además, no podemos obviar en nuestro argumento el impacto que tiene sobre la situación de las mujeres nigerianas, no solo la jerarquía en base a la edad, que es la primera estructura de dominación y sumisión a la que los niños y niñas son conscientes, sino también todo el conjunto de violencias estructurales que se tejen alrededor de la cultura común nigeriana, que es a su vez sustentada por el propio Estado. A día de hoy, Nigeria es el séptimo país más peligroso de África, tan solo superado por Sudán del Sur, Somalia, República Democrática de Congo, República Centroafricana, Libia y Sudán; y se encuentra dentro del top 15 de los países más violentos del mundo (Global Peace Index 2020). En este contexto, la discriminación y persecución a distintos colectivos minoritarios, el terrorismo islámico, los conflictos étnicos, las mafias y bandas criminales, el abuso policial, etc., hace que el maltrato hacia la mujer quede totalmente normalizado, pues forma parte de todo el entramado sistemático de una sociedad que se expresa mediante la violencia.

La normalización del maltrato hacia la mujer

En Nigeria, el maltrato por parte de los hombres hacia las mujeres dentro de la pareja, hasta hace poco más de dos generaciones era entendido como un ingrediente fundamental para la salud de la relación, sin embargo, aún quedan resquicios sociales bastantes pronunciados de esta idea. A las niñas y adolescentes se les insta a creer que los hombres tienen la legitimidad absoluta de maltratar a sus novias y esposas por la razón que estos consideren, -también a sus hermanas y primas en el caso de la violencia doméstica o intrafamiliar-. De esta forma, durante la etapa del desarrollo de las jóvenes, interiorizan la falsa creencia de que sus conductas merecen ser corregidas mediante el castigo. Cuando se trata del ámbito de la pareja, la violencia ejercida por parte de sus novios o esposos queda completamente aceptada, ya que tanto la familia como la sociedad en general contribuye a que las mujeres se perciban a sí mismas como inferiores, llegando muchas al punto de defender que es totalmente lícito que un hombre maltrate a su pareja. Es decir, los patrones culturales las conduce a normalizar la vulneración de sus derechos y libertades.

En la mayoría de las comunidades nigerianas, los hombres son el sostén de la familia, mientras que las mujeres son las encardas del cuidado del hogar, educan a sus hijos e hijas y dependen económicamente de sus maridos. No obstante, cuando se producen cambios en el orden tradicional de los roles de género, puede llevar a los hombres a desencadenar actitudes extremadamente violentas hacia sus novias o esposas. Si una mujer desobedece a su marido o no cumple con su rol, este puede incurrir en el maltrato físico para «disciplinarla», logrando así «ponerla en su lugar» y mantener su poder y control. Por ejemplo, hace aproximadamente un años, una mujer en Gboko (Estado de Benue) fue asesinada por su marido debido a que, tres años atrás, la autoestima de este había quedado dañada cuando perdió su empleo. Como se suponía que era él el que se debía encargar de proveer los bienes familiares y ser el jefe del hogar, empezó a sentir que su esposa amenazaba su honor, así que decidió apalearla públicamente sin piedad durante horas.

Los factores contextuales, como son las normas socioculturales asociadas con el género pueden desempeñar un papel primamente importante, ya que influyen en el riesgo de sufrir violencia machista. Las expectativas compartidas que generan estas normas sobre la conducta que deben tener hombres y mujeres, hacen que la desviación de estos comportamientos esperados genere vergüenza, rechazo o sanciones por parte de la sociedad. Por ello, cuando se trata de las mujeres maltratadas, se cree que dicho maltrato es fundamental para controlar y corregir su comportamiento. Además, según el estudio hecho por BMC Women’s health, las sociedades en donde las mujeres tienen mayor estatus -mejores condiciones legales, económicas, políticas y sociales en relación con su contexto-, disminuye la posibilidad de sufrir violencia machista. No obstante, este mismo estudio nos dice que, en sociedades como la nigeriana, la interacción entre el estatus de la mujer y la justificación de la violencia machista en el ámbito de la pareja hace que el efecto protector que genera una buena posición de la mujer se pueda ver revertido cuando a nivel general los hombres aceptan la violencia contra las mujeres en la comunidad.

Asimismo, a parte del aspecto macrocultural nigeriano, los medios de comunicación y la industria cinematográfica (Nollywood) tienen un papel fundamental en la «perpetuación de prácticas nocivas y estereotipos de género con respecto a las funciones y responsabilidades de los hombres y las mujeres en la familia y en la comunidad, que fortalecen la subordinación de estas en la esfera pública y privada»[1]. Dichos estereotipos también contribuyen al aumento de matrimonios infantiles, la poliginia y el levirato, y por lo tanto, a la condición desigual de las mujeres en la sociedad. 

Pobreza, corrupción o indefensión aprendida: ¿por qué callan las nigerianas?

Varios estudios sobre la violencia machista en Nigeria han demostrado que:

La prevalencia de la violencia de género varía del 31 al 61% para la violencia psicológica, del 20 al 31% para la violencia sexual y del 7 al 31% para la violencia física. Además, los estudios realizados en diferentes regiones de Nigeria han informado de una prevalencia de la VdG que oscila entre el 42% en el norte, el 29% en el suroeste, el 78,8% en el sureste y el 41% en el sur»[2].

Ante estos resultados y todo lo anteriormente dicho, cabe preguntarnos: ¿qué sucede cuando las mujeres nigerianas se dan cuenta de que están siendo víctimas de maltrato? ¿cuáles son sus posibilidades de acción? ¿Existen medidas efectivas en Nigeria que operen a favor de erradicar la violencia machista? En primer lugar, el factor pobreza es un elemento crucial que determina no solo el hecho de que las mujeres puedan llegar a reflexionar y desnaturalizar su condición de inferioridad, sino que además, una vez conseguido esto, puedan siquiera permitirse hacer frente a las consecuencias que supone denunciar a sus maltratadores. En la mayoría de los casos, la toma de consciencia se ve dificultada por tres causas principales: la ausencia de una educación igualitaria, la falta de una crítica social potente que criminalice la vulneración de los derechos de las mujeres, y la pobreza extrema. Respecto a esto último, es necesario señalar que Nigeria, a pesar de figurar como la tercera economía más fuerte de África gracia a su gran abundancia en recursos naturales como el petróleo, el oro, el estaño y el carbón, es a su vez el país con mayor número de personas pobres del mundo. Estamos hablamos de un territorio de 200 millones de habitantes en el que 57 millones no tiene acceso a agua potable, dos tercios de la población no cuenta con una sanidad adecuada, y 10 millones de niños y niñas no tienen acceso a la escolarización. En efecto, la Organización de Naciones Unidas afirma que la pobreza en Nigeria llega a tal punto que es como si la mitad de su población sobreviviese con 1’60€ al día.

Ante este estado de emergencia, la situación de las mujeres queda brutalmente afectada, puesto que son ellas las que se ocupan siempre de los trabajos más precarios (en el caso de las autorizadas a trabajar), al tiempo que crían y educan a sus hijos e hijas. Sus circunstancias materiales les impide poder tener el tiempo suficiente para pensar en ellas mismas en cuanto a su desarrollo personal. Tal y como diría Maslow, gran parte de las mujeres nigerianas se encuentran en la base de la pirámide de necesidades, por lo tanto, les es de total prioridad emplear todas sus fuerzas en encargarse de sus exigencias fisiológicas y las de su familia. Si bien, aquellas mujeres que sí llegan a ser conscientes de su opresión, en muchos casos no tienen otra posibilidad que permanecer junto a sus parejas porque su vida y las de sus hijos e hijas, dependen del sustento económico de sus maridos.

En segundo lugar, las leyes nigerianas y la alta tasa de corrupción es otro de los factores que impide a las mujeres expresar su sufrimiento. En 2015, Nigeria aprobó la Ley de Prohibición de la Violencia contra las Personas, en la que se tipifica como delito los actos perjudiciales y represivos contra la mujer. Esta ley es aplicable en tan solo 11 de los 36 estados que tiene el país, en el que se incluye la capital. Y aunque en algunos de ellos se han elaborado leyes y políticas de acción específica con el fin de proteger los derechos de las mujeres, los propios mecanismos particulares que tiene cada estado, hace que «las mujeres y niñas estén sujetas a diferentes leyes y políticas que ofrecen distintos niveles de protección»[3]. Además, la sección 42 de la Constitución no incluye una definición amplia de «opresión» acordes con el artículo 1 de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Opresión contra la Mujer (ONU). Al no tener una definición exhaustiva en el que conste todos los tipos de violencia contra las mujeres y niñas, se vuelve imposible tomar medidas efectivas que prohíban todas las formas de excluirlas y someterlas, tanto de manera directa como indirecta, en donde se tenga en cuenta el ámbito público y privado, y los modos interrelacionados de opresión y discriminación.

No obstante, lo que más inquieta son las contradicciones internas de las leyes. La República Federal de Nigeria, dispone de un ordenamiento jurídico pluralista en el que las leyes del derecho estatuario, el derecho consuetudinario y el derecho islámico se aplican conjuntamente, incluso cuando dichos derechos son incompatibles entre sí. De tal forma que, mientras que por una parte se crean normas para abolir la opresión por razón de sexo, por otra, en la sección 55 del Código Penal, «se permite el maltrato de la esposa como método de castigo siempre que no inflijan lesiones corporales graves»[4].

La insuficiencia y las contradicciones de las leyes para proteger a las mujeres es un problema que se une junto a la corrupción del propio Estado nigeriano. Según el IPC de 2019, Nigeria estaría en un nivel de corrupción del 81% respecto al resto de países analizados. Esta degradación del sistema es visible en todas las escalas, desde las instituciones -como el Estado- hasta las organizaciones más llanas e informales del país. Hoy día, la mayoría de los funcionarios judiciales están encabezados por hombres corruptos y susceptibles a los estereotipos de género. Por ello, para que las mujeres nigerianas víctimas de violencia machista se atrevan a acudir a las autoridades y confiar en los procesos judiciales, es de vital importancia investigar y sancionar a todos los funcionarios que obstruyen la justicia, trabajar por la formación y sensibilización sobre cuestiones de género y aplicar políticas paritarias para el acceso de mujeres cualificadas a dichos puestos.  

En tercera instancia, está la cuestión del honor. Buena parte de la población nigerina considera que el honor familiar y social «depende de la complicidad, la pureza y el silencio de las mujeres»[5]. Aquellas que denuncian ser víctimas de violencia machista, se enfrentan al estigma de una sociedad extremadamente misógina. De hecho, algunas supervivientes de violación han sido expulsadas de sus comunidades ya que se las acusa de haber cometido adulterio. Y en el caso de las que han sido violadas por sus maridos, no son ni siquiera reconocidas como víctimas de violencia sexual porque se entiende que una mujer jamás puede negarse a tener sexo con su esposo.

El último factor tiene que ver con el estado de indefensión aprendida que muchas víctimas terminan por desarrollar. Esta condición psicológica se produce cuando las personas viven situaciones reiteradas en donde sus actos no generan ninguna transformación deseada, por lo que llegan al punto de aceptar sus circunstancias por más dolorosas que sean sin poner ningún tipo de remedio. Incluso cuando se les ofrece alguna alternativa, consideran que no deben acogerse a ella ya que creen que intentar remediar su problema podría conducir a un agravamiento de su situación. En lo que se refiere a las mujeres nigerianas, la pobreza extrema, las leyes opresivas, la corrupción estructural y el estigma social, dar lugar a que dichas mujeres piensen que son incapaces de cambiar su realidad, y presupongan entonces, que no hay otra opción posible más que apelar al silencio como modo de sobrevivir a un sistema que las oprime.

FUENTES

http://www.fides.org/es/news/58392-AFRICA_NIGERIA_El_60_de_los_ninos_son_victimas_de_abusos_y_violencias_de_todo_tipo

https://datosmacro.expansion.com/demografia/indice-paz-global

https://datosmacro.expansion.com/demografia/indice-paz-global/nigeria.

https://bmcwomenshealth.biomedcentral.com/articles/10.1186/s12905-018-0628-7

https://gestion.pe/economia/nigeria-pais-minuto-caen-seis-personas-pobreza-extrema-nnda-nnlt-259460 noticia/#:~:text=Nigeria%20ocupa%20el%20puesto%20157,la%20salud%20y%20la%20desigualdad.&text=La%20Nigeria%20de%20hoy%20es,menos%20de%20%24%201.90%20por%20d%C3%ADa

https://elpais.com/elpais/2019/07/09/planeta_futuro/1562668778_682488.html

https://www.eoi.es/blogs/katherinecarolinaacosta/2012/05/24/la-piramide-de-maslow/#:~:text=La%20escala%20de%20las%20necesidades,o%20%C2%ABnecesidad%20de%20ser%C2%BB

https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/paises/pais/show/nigeria/

https://undocs.org/es/CEDAW/C/NGA/CO/7-8


[1] Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer. (2017). CEDAW/C/NGA/CO/7-8. https://undocs.org/es/CEDAW/C/NGA/CO/7-8

[2] Benebo, F. O., Schumann, B., & Vaezghasemi, M. (2018). Intimate partner violence against women in Nigeria: a multilevel study investigating the effect of women’s status and community norms. BMC Women’s Health, 18(1), 2. https://doi.org/10.1186/s12905-018-0628-7

[3] Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer. (2017). CEDAW/C/NGA/CO/7-8. https://undocs.org/es/CEDAW/C/NGA/CO/7-8

[4] Óp. cit. p.4

[5] Emmanuel, I. S. (2019, 10 julio). El ponzoñoso patriarcado de Nigeria. EL PAÍS. https://elpais.com/elpais/2019/07/09/planeta_futuro/1562668778_682488.html

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