Por qué las medidas contra la contaminación no sirven en Madrid

Por Víctor Marrero | Ilustración de Rubio

Ha llegado el otoño y, con él, la época del año en que la contaminación atmosférica se manifiesta con mayor virulencia en nuestras ciudades. Las más afectadas, como fácilmente se puede deducir, son Madrid y Barcelona. Los altos niveles de dióxido de nitrógeno que en estas fechas y, presumiblemente, durante todo el otoño, se concentran en las principales ciudades de nuestro país, vienen dadas por dos factores predominantes: el clima y el tráfico, que, combinados, suponen un cóctel fatal para el hábito saludable del ciudadano de a pie.

Los sistemas de altas presiones impropios ya de la época en la que nos encontramos, impiden el paso de frentes atlánticos y nos abogan durante semanas a cielos totalmente despejados y a un aire inmóvil que, dado su estatismo, se ensucia y contamina cada vez más. En Madrid está en vigor desde hace algunos años un nuevo plan anticontaminación, que viene a sustituir al pobre y permisivo anterior del gobierno de Ana Botella, pero que, aún así, tampoco cumple las expectativas pese a ser más restrictivo. No se pueden dar pasitos estrechos hacia adelante, como es la filosofía de este nuevo plan; si queremos luchar real y desinteresadamente contra la contaminación atmosférica y el cambio climático, debemos dar pasos de gigantes en pos de una mayor calidad de vida y preservación de los ecosistemas.

Los próximos años van a ser clave para monitorizar el éxito de nuevas medidas, como el veto permanente a la circulación de vehículos diesel por el centro de Madrid, la peatonalización de arterias centrales como la Gran Vía, o la mejora del transporte público

El principal fallo del protocolo anticontaminación de Madrid es que tiene una filosofía de curar, y no de prevenir. Los umbrales de partículas que sirven de alarma para poner en marcha la primera fase del protocolo, ya dan a entender que los madrileños y sus visitantes han estado, al menos un día, respirando aire tóxico. Por tanto, nace de una concepción de bajar los niveles de contaminación una vez que estos son elevados, en lugar de prevenir que estos estén, simplemente, altos en ningún momento.

De forma simple, los escenarios del citado protocolo son cuatro: En el 1 se limita la velocidad en la M-30 y accesos a 70km/h, en el 2 se añade la prohibición de aparcar en zona SER (la almendra central) a los no residentes, en el 3 hay que sumar la circulación de vehículos según matrícula (pares en días pares, y viceversa), y en el 4 directamente, sumado a todas las anteriores medidas, se limita la circulación de vehículos en un 50% en la M30 y queda prohibida la circulación de taxis libres en la almendra central.

Hasta ahora, el escenario más alto vivido ha sido el 3, ejecutado por el Ayuntamiento el pasado 29 de diciembre, lo que supuso que por primera vez en España se implantase una restricción circulatoria por matrículas –solo pudieron circular las matrículas impares-.

Pero, volviendo atrás, lo importante es calibrar la efectividad de este protocolo. Su sucesiva aplicación respalda la tesis de su escasa efectividad. Las medidas aplicadas son parches, no curaciones. Sería como suministrar fuertes calmantes a un aquejado de apéndice en lugar de someterlo a una intervención quirúrgica. La única salida es el veto a gran escala del vehículo privado contaminante (lo que Esperanza Aguirre bautizó como cochofobia) y una apuesta tajante por el transporte público, algo que en Madrid funciona bastante bien y que, más allá de inconvenientes puntuales, supone una alternativa real a la movilidad urbana.

No se pueden dar pasitos estrechos hacia adelante, como es la filosofía de este nuevo plan; si queremos luchar real y desinteresadamente contra la contaminación atmosférica y el cambio climático, debemos dar pasos de gigantes

Por tanto, la efectividad real de las medidas anticontaminación, el escenario al que deberíamos aspirar, sería al de la inexistencia de las mismas. A que nunca haga falta aplicarlo. Si el problema es sociocultural, hay que incidir en la comunicación dinámica con aquellos que no sueltan el coche ni para ir a comprar tabaco, y hacer un esfuerzo para convencer a los ciudadanos al mismo tiempo que se ofrece una alternativa sostenible más atractiva.

Los próximos años van a ser clave para monitorizar el éxito de nuevas medidas, como el veto permanente a la circulación de vehículos diesel por el centro de Madrid, la peatonalización de arterias centrales como la Gran Vía, o la mejora del transporte público.

 

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