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El relato arranca en el contexto internacional de mediados de los años treinta, cuando el ascenso de los fascismos y el viraje de la Internacional Comunista hacia los frentes populares produjeron un clima de polarización que llegó a España con rapidez y dramatismo.
Por Lucio Martínez Pereda | 13/03/2026
El libro de Carmelo Romero Salvador, “ El Frente Popular de izquierdas” , es una de las aportaciones históricas más importantes a uno de los episodios más manipulados y mitificados de nuestra historia contemporánea: las elecciones del 16 de febrero de 1936 y los convulsos meses que siguieron hasta el estallido de la sublevación militar. Romero, en poco más de 190 páginas logra lo que muchos voluminosos libros no consiguen: claridad sin simplificación, rigor sin academicismo estéril.
El relato arranca en el contexto internacional de mediados de los años treinta, cuando el ascenso de los fascismos y el viraje de la Internacional Comunista hacia los frentes populares produjeron un clima de polarización que llegó a España con rapidez y dramatismo. El autor subraya cómo ese marco condicionó las decisiones de los dirigentes republicanos y socialistas, pero sin caer en el determinismo: la coalición de izquierdas no fue mero reflejo de consignas rusas , sino respuesta pragmática- y en muchos aspectos tardía- a la deriva autoritaria de la anterior etapa de gobierno radical-cedista.
Particular atención dedica Romero Salvador a la negociación de candidaturas, áspera y llena de desconfianzas mutuas. Aquí se aprecia uno de los méritos principales del libro: desmenuzar cómo se construyó una alianza que, pese a sus fragilidades, logró aglutinar un voto útil mayoritario el 16-F: el Frente Popular obtuvo una mayoría absoluta de escaños (259 de 473) con una ventaja en votos popularmente significativa aunque no abrumadora.
Igualmente valiosa resulta la sección dedicada a la validación y anulación de actas, las tensiones en el campo, las ocupaciones de fincas, y la escalada de violencia callejera.
En resumen: el estilo de Carmelo Romero es sobrio, preciso, casi seco en ocasiones, pero nunca indiferente. Evita el énfasis dramático y las sentencias lapidarias; prefiere dejar que los documentos y los datos hablen, aunque el lector atento percibe una contenida indignación ante las manipulaciones y la falsaria propaganda política de la derecha en aquellos meses.
Aprovecho este comentario sobre el libro para recordar que las llamadas “elecciones del Frente Popular” de febrero de 1936 han sido objeto -junto al llamado Oro de Moscú – de una de las operaciones de bulo histórico más extensas y persistentes del siglo XX español. La propaganda franquista las convirtió en un fraude que habría privado a las derechas de una victoria legítima. Sin embargo, el examen riguroso de las actas electorales y de los propios informes del Ministerio de Gobernación demuestra una realidad distinta: se trató de unos comicios tensos, con irregularidades localizadas pero dentro de los márgenes habituales de la política de entonces. Los partidos conservadores impugnaron los resultados en varias circunscripciones con la esperanza de forzar una revisión general del escrutinio. Pero ni los datos numéricos ni los dictámenes del propio Tribunal de Garantías respaldaban la idea de un fraude estructural.
Este intento de impugnación sirvió para que la dictadura de Franco transformase el proceso electoral en un mito fundacional- el “asalto comunista” a la legalidad- que justificaba el golpe. Esta elaboración propagandística se sostuvo en el Dictamen de la Comisión sobre la ilegitimidad de los poderes actuantes, la conclusión de un organismo creado para sistematizar la tesis del fraude, recopilar “pruebas” sesgadas y emitir un informe que sirviera de base jurídica para justificar la insurrección. La llamada Comisión fue la formalización jurídica de un mito fundacional. Presidida por juristas afines a las órdenes de Serrano Suñer, su tarea- realizada a finales de 1938 cuando la victoria en la guerra se sabía segura- consistió en dotar de rango jurídico a una justificación propagandística: la República era ilegítima no sólo por supuestos fraudes electorales, sino por su “corrupción espiritual” y su alejamiento del orden natural. El golpe se presentaba como restitución de una verdad anterior, y la legalidad republicana, como usurpación del bien común. Posteriormente la ultra derecha- desde el tardofranquismo hasta formaciones contemporáneas como Vox- rescató ese marco interpretativo propagandístico del pasado , revestido de aparente revisionismo académico, para negar la legitimidad de la II República, y establecer paralelismos con el presente de actualidad política española.
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