Las diecisiete primaveras rojas de Pepita Laguarda Batet

Los milicianos, y las milicianas anarquistas, que también fueron significativas en los primeros momentos de la guerra contra el fascismo, no dudaron en coger las armas para enfrentarse al ejército rebelde, y fueron determinantes en la defensa de Cataluña y Aragón. Pepita Laguarda Batet fue una de ellas, incorporándose a las filas libertarias sólo dos días después del estallido de la guerra civil.

Por Angelo Nero

Pepita Laguarda Batet nació en L’Hospitalet de Llobregat, en 1919, en medio de un ambiente de crisis económica y política sin precedentes. Ese año se celebraron elecciones generales, aunque la mitad de la población, las mujeres, no tenían derecho a voto. El ganador de los comicios fue el partido Conservador de Antonio Maura, que experimento una fuerte subida, y estuvo a punto de alcanzar los 200 diputados. El Partido Liberal de Manuel García Prieto se convirtió en la principal fuerza de la oposición, con 140 escaños. La coalición republicano-socialista, en la que estaba el PSOE, apenas alcanzaron los 15 asientos en el Congreso. La inestabilidad del gobierno de Antonio Maura, durante la cual se llevó a cabo la histórica Huelga de la Canadiense, que paralizó la ciudad durante 44 días, llevó a la repetición electoral al año siguiente, en la que los conservadores, esta vez liderados por Eduardo Dato, llegarían a los 224 diputados. Pero el nuevo gobierno se tuvo que enfrentar a graves conflictos, como la guerra del Rif, y la la creciente contestación anarquista en las calles y en las fábricas, especialmente en Cataluña. Dato nombró como gobernador civil de Barcelona al general Severiano Martínez Anido, que inició una sangrienta represión del movimiento obrero. Esta represión fue contestada por los anarquistas, con todas las armas a su alcance. Una de esas armas acabaría también con la vida del Presidente del Consejo de Ministros, Eduardo Dato, un 8 de marzo de 1921, cerca de la Puerta de Alcalá, en Madrid.

El anarquismo, especialmente a través de la CNT, no dejaría de crecer, a pesar de la represión emprendida desde los gobiernos de conservadores y de liberales, e incluso saldría fortalecida de la dictadura de Primo de Rivera. En 1919, en el año que nació Pepita Laguarda, ya contaban con 800.000 afiliados, contando con carismáticos líderes como Ángel Pestaña, Salvador Seguí. Sería determinante la participación anarquista en la Revolución de Octubre de 1934, junto otras fuerzas de izquierda, que sería duramente reprimida por las tropas republicanas, al mando del General Francisco Franco, en Asturias.

La relación de la CNT con la Segunda República siempre fue tensa, sobretodo a partir de 1934, pero los posicionamientos entre los defensores y los detractores de la República, les llevarían a apoyar claramente a la legalidad republicana, aportando cuatro ministros al gobierno de Largo Caballero, en noviembre de 1936: Federica Montseny, ministra de Sanidad. Juan Peiró, ministro de Trabajo. Juan López, ministro de Comercio, y Juan García Oliver, ministro de Interior.

Los milicianos, y las milicianas anarquistas, que también fueron significativas en los primeros momentos de la guerra contra el fascismo, no dudaron en coger las armas para enfrentarse al ejército rebelde, y fueron determinantes en la defensa de Cataluña y Aragón. Pepita Laguarda Batet fue una de ellas, incorporándose a las filas libertarias sólo dos días después del estallido de la guerra civil. Ella había trabajado en una bacaladería de la calle Creu Coberta de Barcelona, y ayudaba en un hospital del barrio de Sarrià, donde se enteró de que estaban reclutando voluntarios en el cuartel Miguel Bakunin de Pedralbes para hacer frente a la sublevación militar. Sólo había cumplido diecisiete primaveras. Se alistó junto a su compañero, un obrero anarcosindicalista de artes gráficas, Juan López Carvajal, que tenía entonces 22 años. Ambos compartieron destino: la 5ª centuria de la Columna Ascaso, y fueron enviados a las trincheras de la línea del frente de Aragón.

Enseguida se ganó el respeto y la simpatía de sus compañeros, que la recordaron como una persona valiente y decidida. Esquivando un ataque de la artillería fascista, su centuria anarquista llegó al pueblo de Vicién, a finales de aquel trágico agosto de 1936, en el que sería el último verano de su vida, mientras las fuerzas republicanas redoblaban la ofensiva sobre la ciudad de Huesca, ya que el golpe militar había tenido éxito en las tres capitales provinciales de Aragón, a pesar de que la mitad de la región había quedado en manos de fuerzas leales a la República.

Juan López Carvajal, contrajo una infección intestinal, lo que lo dejó al margen de la ofensiva, y en la noche del 30 de agosto, Pepita se acercó a la enfermería para decirle a su compañero que al día siguiente se subiría a uno de los carros blindados que avanzarían hacia Huesca.

El gobierno republicano había dado el mando de la ofensiva al General húngaro Lukács, que viniera del frente de Madrid con la XII Brigada Internacional, aunque en 11 de junio de 1936 muere por el impacto de un obús franquista, a las afueras de Huesca, pasando el mando a otro brigadista internacional el General Kléber, originario de Bucovina. La primeras ofensivas sobre Huesca fracasan, con numerosas bajas en el bando republicano, muchas de ellas anarquistas y también milicianos del POUM, entre los heridos está el escritor británico George Orwell.

Pepita Laguardia combatió durante horas en la ofensiva de la madrugada del 1 de septiembre de 1936, que también fracasó, en la cual recibió un balazo en la espalda, en torno a las cinco de la madrugada. Fue recogida con vida por la Cruz Roja, que también sufrió el bombardeo incesante de la artillería fascista. A pesar de que pudo ser trasladada primero al hospital de Vicién, donde se le administraron los primeros auxilios, y después al hospital de sangre de Grañén, no pudieron salvarle la vida, y falleció a las nueve y media de la mañana.

Su muerte fue muy sentida por sus camaradas de la 5ª centuria de la columna Ascaso, de la que “era el alma por la alegría y bondad de su carácter”. Ante su cadáver desfilaron numerosos compañeros y la totalidad del pueblo de Grañén.

En su entierro desfilaron sus camaradas libertarios de la columna Ascaso y el pueblo de Grañen. Según la crónica de Solidaridad Obrera: “El ataúd fue envuelto en la bandera rojinegra y muchas flores fueron depositadas encima para embellecer el instante doloroso, pero sublime, de la chiquilla de 17 años que ofrendó generosamente su vida en las inmediaciones de la ciudad de Huesca”.

Juan López Carvajal sería el encargado de escribir la carta a la familia de Pepita para dar la noticia de su muerte. También declararía a Solidaridad Obrera: “Su vida -nos dice el desconsolado camarada- sólo tiene un objetivo. Luchará a muerte por el triunfo de la revolución social. Y luchando por el proletariado, vengará a la camarada que murió por la redención de la clase trabajadora. Una vez más -concluye el obituario-, nuestras compañeras nos dan el ejemplo. Enaltecemos a las mujeres que ofrecen su pecho a las balas enemigas”.

Sobreviviría a la guerra civil y se exiliaría en Francia, donde seguiría militando en el anarquismo y escribiría sus memorias: “Memorias de mi vida. Memorias de un obrero anarcosindicalista en la España del siglo XX”.

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