La Vuelta, Palestina y el espejismo de la neutralidad

Se ha acusado a los manifestantes de ‘violentos’ o de actuar como ‘propalestinos’. La etiqueta es engañosa. Lo que está en juego no es una adhesión partidista, sino una denuncia de la violencia desproporcionada contra una población civil.

Por Isabel Ginés | 15/09/2025

Las interrupciones en La Vuelta ciclista, provocadas por protestas vinculadas a la situación en Palestina, han generado un aluvión de reacciones airadas. Se repite la idea de que “el deporte debe permanecer al margen de la política”, como si existiera un espacio puro, aséptico, inmune al conflicto. Pero esa supuesta neutralidad nunca ha existido: el deporte de élite ha sido siempre una vitrina de la historia, un terreno atravesado por símbolos, boicots, exclusiones y silencios.

Los ejemplos abundan. Los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 fueron instrumentalizados por el nazismo como propaganda. Durante la Guerra Fría, las citas olímpicas se convirtieron en escenarios de boicot y confrontación ideológica. En la actualidad, Rusia ha sido apartada de competiciones internacionales tras invadir Ucrania, y esa decisión apenas generó dudas sobre si deporte y política debían mezclarse. El deporte nunca ha sido neutro: es un espejo amplificado de lo que ocurre en el mundo.

Las protestas en La Vuelta no pusieron en riesgo la vida de nadie. Lo que hicieron fue incomodar, retrasar, irrumpir en un espacio mediático global. Y esa incomodidad es la esencia misma de la desobediencia civil. Los grandes avances sociales el voto femenino, la abolición de la segregación racial, las conquistas laborales no se consiguieron pidiendo permiso ni evitando molestias. El boicot y la protesta son lenguajes de quienes carecen de poder institucional pero no renuncian a interpelar a la conciencia colectiva.

Se ha acusado a los manifestantes de “violentos” o de actuar como “propalestinos”. La etiqueta es engañosa. Lo que está en juego no es una adhesión partidista, sino una denuncia de la violencia desproporcionada contra una población civil. No se trata de elegir entre banderas, sino de poner en el centro un principio elemental: asesinar a niños, bombardear hospitales, arrasar escuelas, condenar a miles de personas a la inanición no puede normalizarse. Frente a esa realidad, cortar el paso de una carrera ciclista resulta un gesto mínimo, casi simbólico, pero imprescindible.

Quienes critican estas acciones sostienen que son “malas para el país”. Sin embargo, lo que verdaderamente daña la imagen de una sociedad no es un boicot deportivo, sino la indiferencia ante crímenes que la comunidad internacional empieza a calificar como genocidio. Guardar silencio no protege a un país: lo degrada moralmente. La historia juzga menos a quienes protestaron que a quienes miraron hacia otro lado.

La objeción más repetida es que “esto no es un genocidio, sino una guerra”. Pero las guerras enfrentan ejércitos. Lo que vemos en Palestina es otra cosa: bombardeos sistemáticos sobre barrios residenciales, destrucción de infraestructuras básicas, uso del hambre y la enfermedad como armas de sometimiento. La intención no parece ser la derrota militar de un adversario, sino el quebranto físico y psicológico de una población entera.

La Vuelta, como cualquier acontecimiento deportivo global, no puede ser un paréntesis de indiferencia. El deporte convoca audiencias millonarias y, con ellas, una responsabilidad ética: no blindarse frente a la realidad, sino reflejarla. Cada protesta que irrumpe en ese escenario recuerda que no hay espectáculo que justifique el silencio. Que pedalear mientras otros mueren bajo los escombros no puede ser la normalidad.

El verdadero riesgo no está en una etapa interrumpida, sino en la tentación de pensar que nada de lo que ocurre fuera de la meta nos concierne. Y sin embargo, nos concierne todo. Porque el deporte, como la vida misma, siempre ha estado atravesado por la política, y fingir lo contrario solo nos convierte en cómplices pasivos del horror.

1 Comment

  1. Estupendo el artículo, más creo que hay un aspecto que no se menciona y que yo pienso que es importante.
    Es que la reacción a boicotear la vuelta responde a la participación, la inclusión de un equipo sionista, no porque lo fueran los ciclistas ( alguno habría) sino el dueño, el organizador, el gestor.
    Con un objetivo claro y dirigido desde el gobierno genocida de Israel.
    Participar en los en los eventos deportivos como si no pasara nada y fuera un país normal. Normalizar con el deporte la existencia de un país que se dedica a masacrar ( extinguirlos) a otro para robarles el territorio. Y su memoria.
    Sin ese objetivo sionista, cruel, meticulosamente preparado para limpiar un genocidio cruel, la vuelta hubiera seguido un recorrido normal. Pero el mundo sigue los intereses imperialista de los americanos y nos comemos 25 ruedas de molino por no responder con humanidad, que a veces exige tiras vallas e interrumpir la carretera.

    La hipocresía de las palabras delata a quien la dicta.
    El problema son los estadounidenses siempre abusando,hay que boicotearlos a los dos.
    Un saludo.

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