La violencia especista


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Manuel López Arrabal

"Si dejamos de consumir inconscientemente y lo hacemos a sabiendas de que no perjudicamos a otros seres vivos, estaremos sentando las bases de un mundo más justo y solidario."

La palabra especismo, tras mucho insistir las ONG,s y las asociaciones defensoras de los derechos de los animales en España, por fin ha sido incluida en el diccionario de la Real Academia Española a finales del 2017, con dos acepciones muy similares: 1) Discriminación de los animales por considerarlos especies inferiores y 2) Creencia según la cual el ser humano es superior al resto de los animales y, por ello, puede utilizarlos en beneficio propio.

Además, existen otras muchas connotaciones detrás del significado de la palabra especismo como, por ejemplo, la violencia hacia los animales en base a nuestra visión antropocentrista que nos despoja de moral y ética al considerarlos como simple propiedad o mercancía, lo que reduce a nuestros compañeros animales a simples objetos para ser comprados, usados y vendidos, quedando por tanto sin valor sus vidas y pudiendo ser sacrificados sin piedad ni remordimiento cuando más nos interese.

Por supuesto que, la gran mayoría que pueda leer esto no se sentirá identificado con lo que acabo de decir, pero, en base a las estadísticas de sacrificios de animales que no para de crecer, así como por las condiciones en las que sobreviven, las connotaciones de la palabra especismo no puedo describirlas de otra manera, pues yo mismo me siento en parte responsable por el simple hecho de pertenecer a una especie que se cree superior. Y en mi opinión, esto se debe principalmente a la falta de empatía que tenemos hacia los animales que nos sirven de alimento y por la grave ignorancia que sufrimos al respecto por la costumbre social de observarlos desde nuestra infancia como algo necesario para nuestra supervivencia.

En nuestro sistema de creencias se ha instalado, sin darnos cuenta la mayoría, la normalización de la mayor y más grave injusticia que se comete diariamente en el planeta: el maltrato a más de 100.000 millones de animales terrestres, aparte del sufrimiento que padecen un mayor número de animales marinos confinados en piscifactorías, así como los que malviven en los frágiles ecosistemas marinos y fluviales altamente contaminados. Con todo esto se hace patente, hoy más que nunca, una célebre frase del siglo XIX expresada por el filósofo Arthur Schopenhauer: “El hombre ha hecho de la Tierra un infierno para los animales.”

Realmente, la gran mayoría no sabemos que somos especistas, pues hay muchas cosas que desconocemos sobre las numerosas alternativas que tenemos para vivir y alimentarnos sin necesidad de explotar y sacrificar animales. Lo mismo ocurrió dos siglos atrás con la tradición de la esclavitud de seres humanos hasta que finalmente se abolió en casi todo el mundo. Como episodio histórico bien conocido, el presidente norteamericano Abraham Lincoln promulgó en 1863 la abolición de la esclavitud mediante la Proclamación de la Emancipación en la que se declaraba la libertad de todos los esclavos. Lo mismo ocurrió, antes incluso, en las potencias coloniales europeas aboliéndose la esclavitud humana a partir de 1807 en Inglaterra y en 1815 en otros países europeos (Congreso de Viena), llevando a Fernando VII a prohibir también la esclavitud en España en 1817, aunque realmente no se hizo efectiva hasta 1870 en la península y pocos años después en las colonias de Puerto Rico y Cuba.

Con esto quiero decir que, durante siglos (más bien milenios) la mayoría de seres humanos daban por hecho y pensaban (por tradición), sin cuestionárselo siquiera, que ciertos hombres y mujeres eran inferiores por cuestiones de color de piel, por pertenencia a distintas etnias o culturas más “atrasadas”, por caer presos en guerras e, incluso, por no poder pagar las deudas. En esas épocas, los esclavizadores pensaban que estos hombres y mujeres habían nacido para servirles y, por tanto, se les trataba como mercancías que se subastaban, compraban y vendían, llegando incluso a ser torturados y sacrificados cuando no podían o no querían servir a sus amos.

En los siglos XX y XXI ya no se habla de esclavitud, pero sí de racismo, vocablo que aparece en todos los diccionarios y que lleva muchas connotaciones morales que todos conocemos y que, en general, se asocia a comportamientos socialmente no aceptados. Lo mismo podría decirse de la palabra sexismo, cuyas connotaciones cada vez son más conocidas y tenidas muy en cuenta en la sociedad occidental de este siglo, aunque queda mucho por hacer todavía para la disminución hasta la total desaparición del racismo y del sexismo en muchos sectores y círculos sociales de nuestra sociedad y, más aún, en numerosos países del mundo donde el racismo y la trata de mujeres y niños siguen siendo una lacra social. A estos dos grandes prejuicios discriminatorios tan conocidos por todos, podríamos unir otros como la discriminación por razón de edad o de discapacidad, por pertenencia a una determinada religión, partido político o equipo de fútbol, el clasismo, la xenofobia, etc. Sin embargo, todos ellos, además de ser sentimientos discriminatorios muy conocidos, están dentro del círculo moral de una mayoría de la sociedad que los considera inaceptables y, por tanto, han generado movilizaciones sociales y acciones políticas que los han ido limitando mediante regulaciones legislativas que permiten la acción de la justicia.

Lo que hoy consideramos inaceptable acerca de todos estos prejuicios de superioridad es la forma en que se manifiestan, es decir, mediante la violencia psicológica y física. Por tanto, esto nos lleva a sacarlos a la luz y a darles publicidad con términos del tipo violencia racista, machista, homofóbica, transfóbica, xenófoba, clasista, intergeneracional, religiosa, ideológica…, estando todos ellos dentro de lo que podríamos llamar violencia intraespecie. Sin embargo, a la violencia y maltrato que diariamente infligimos a decenas de miles de millones de animales inocentes, ni siquiera le ponemos nombre a pesar de ser gigantesco el dolor y padecimientos que sufren los que no tienen voz para poder, ni siquiera, defenderse.  A esta clase de violencia, la podemos encuadrar en la categoría de violencia interespecies, aunque la denominaremos más concretamente: VIOLENCIA ESPECISTA. La magnitud del sufrimiento de estos animales por nuestra causa, es tremendamente superior al sufrimiento que nosotros mismos causamos a los de nuestra propia especie y no solo por la cantidad de animales que son sacrificados diariamente para satisfacer nuestro apetito, nuestra estética o nuestras necesidades de ocio, sino principalmente por las horribles condiciones de vida que sufren desde que nacen hasta que mueren, ya sea por enfermedad o en nuestras propias manos.

Por tanto, se hace cada vez más urgente que tomemos consciencia de cuál es el mayor sufrimiento que existe hoy día en el mundo. Los medios de comunicación nos inundan con noticias de dolor y sufrimiento entre nosotros, pero ya va siendo hora de que abramos los ojos a la verdadera realidad de la mayor injusticia que se comete a cada instante en todo el planeta. 60.000 millones de animales terrestres y 150 millones de toneladas de animales marinos sacrificados al año (según la FAO), son solo unas cifras que señalan a la punta del iceberg del sufrimiento animal, pues el momento del sacrificio lo podemos ver como el desenlace final que libera por fin al animal de su agonía. Donde realmente se produce el terrible sufrimiento de los más de 100.000 millones de animales terrestres que se explotan diariamente, por y para nosotros, es en el transcurso de sus miserables vidas, por el trato cruel o insensible al que los sometemos. Y esto ocurre por muchas causas, pero sobre todas ellas por la invisibilidad y la ignorancia de este sufrimiento.

Para sacar a la luz todo esto que acabo de contar, solo hace falta que lo interioricemos para después nombrarlo, expresando nuestros sentimientos al respecto, y a partir de ahí, actuar en consciencia. Por ello es muy importante compartir esta cruda realidad provocada por nosotros a través de la violencia especista, generadora de millones de campos de concentración de animales esclavos que sufren un injusto holocausto animal o animalicidio. El uso frecuente de estos términos junto con otros del tipo empatía interespecies, justicia animal, respeto para todas las especies, amor hacia todos los animales terrestres y acuáticos, etc., hará que el problema se conozca y se visibilice cada vez más. Esto, a su vez, desencadenará una mayor movilización social en defensa de los derechos de los animales, lo que provocará que progresivamente se vaya legislando a favor de nuestros compañeros planetarios no humanos.

Lo anterior ya ha ocurrido en muchos países del mundo en relación a la defensa de los derechos de nuestras mascotas, la prohibición del uso de animales de laboratorio para testar productos cosméticos en Europa o la prohibición del maltrato animal en ciertas fiestas populares, como por ejemplo la prohibición en el año 2000 de tirar una cabra desde el campanario de una iglesia con motivo de los festejos de un pueblo de Zamora. En cuanto a las famosas corridas de toros, hay países que las han abolido totalmente como son Ecuador y Perú; en otros como Francia las han prohibido en determinadas ciudades y en España han sido también prohibidas en Canarias (1991) y Cataluña (2010). Sin embargo, todo esto es un proceso muy lento que va dando poco a poco sus frutos, pero que ni de lejos afecta a la mayor injusticia animal de todas: la captura y producción intensiva de animales acuáticos y terrestres para la industria alimentaria principalmente, pero también para la industria del cuero y la piel, la industria cosmética, la industria farmacéutica y la industria del ocio y el entretenimiento.

Sin embargo, lo que más rápido puede incidir en la disminución de animales injustamente tratados y sacrificados, son nuestros hábitos de consumo. Aún me cuesta creer que solo en España se tengan que sacrificar al año más de 900 millones de animales (solo de 7 categorías) para nuestro consumo. Por cada uno de los 47 millones de habitantes consumimos al año unos 33kg de ternera, 18kg de oveja, 2kg de cabra, 200gr de caballo\yegua, más de un cerdo entero (unos 60kg de carne), un conejo y 16 pollos\pavos\patos por persona. Si tenemos en cuenta que según las encuestas de población un 7% de los españoles se declara vegetariano y muchos otros consumen poca carne y pescado, las proporciones y cantidades aumentan para el resto. Si a estas tremendas cantidades de carne por persona le sumamos los 43kg de pescado que cada uno de nosotros consumimos de media al año en España, frente a los 18kg de media en Europa, me resulta imposible concebir que por muy “carnívoras” que sean muchas personas puedan ingerir al año más de 200kg cada una entre carne y pescado.

Tras esta reflexión, y volviendo a lo que decía al principio del párrafo anterior, si reducimos progresivamente nuestro consumo de proteínas animales, si dejamos de comprar ropa y calzado hechos con cuero o pieles, si dejamos de ir a zoológicos…, en definitiva, si dejamos de consumir inconscientemente y lo hacemos a sabiendas de que no perjudicamos a otros seres vivos, estaremos sentando las bases de un mundo más justo y solidario. Por cada persona que deje de comer carne y pescado en España, se estará evitando el sacrificio de aproximadamente 25 animales terrestres y posiblemente de más de 500 animales marinos. En EEUU, las previsiones son aún mayores por cada persona que pase a ser totalmente vegetariana. Tengamos en cuenta, que los animales de granja se producen (nosotros los inducimos y los forzamos en su reproducción) en función de la demanda existente en el mercado. Literalmente, somos nosotros los humanos los que creamos y criamos a los animales de granja. Por tanto, si baja la demanda, bajará la producción.

Pasemos ahora a valorar brevemente el aspecto de la sostenibilidad alimentaria y medioambiental. Podría empezar diciendo que una alimentación completa a base de legumbres, frutas, verduras, semillas y otros vegetales es 10 veces más económica y de muchísimo menor impacto ambiental, además de más saludable, que la alimentación con carnes y pescados. La cantidad de cereal y de agua que hacen falta para producir un kilo de carne varía sustancialmente según las fuentes que se consulten. Tomando una estimación conservadora, para producir un solo kilo de carne de ternera se necesitan 9 kilos de cereales y 15.000 litros de agua. En la actualidad, más del 40 % del cereal mundial se destina a alimento para ganado y se estima que para el año 2050 se superará el 50%. Solo en Estados Unidos el porcentaje es del 70 %. La creciente población de la humanidad no puede alimentarse en su totalidad si seguimos destinando al engorde de animales los cereales y el agua necesaria para que todos los seres humanos se mantengan con vida, o al menos sin tener que pasar hambre o sed. Sin embargo, debemos saber que se puede obtener un kilo de verduras o un kilo de frutas con tan solo 300 o 900 litros de agua, respectivamente. Es decir, con 15.000 litros de agua podemos obtener un kilo de ternera o bien, 50 kilos de verduras o 16 kilos y medio de fruta.

La producción de carne representa un gasto de agua y de energía muy por encima de la que se necesita en la producción de vegetales o de cereales.  La proteína animal es muy costosa de obtener. No solo consumen los cereales y el agua que podrían destinarse a las personas que pasan hambre y sed, sino también combustibles fósiles, abonos y pesticidas con la consiguiente contaminación, gases de efecto invernadero y desechos contaminantes que van a parar a los ríos, a los acuíferos y al mar. Si todos los habitantes de la Tierra se alimentaran con las mismas cantidades de proteína animal que los ciudadanos europeos, y más aún los estadounidenses, nos enfrentaríamos al hecho de que no hay tierras, cereales ni agua suficiente para mantener una mega-ganadería intensiva para todos. Para hacernos una idea, necesitaríamos 5 planetas como este para que todos pudiéramos alimentarnos con los hábitos europeos y 7 para mantener los hábitos de los norteamericanos. Según la ONU, una reducción de la producción y el consumo de carne entre el 10 y el 15%, podría erradicar el hambre en el planeta.

En 1966 había en Estados Unidos 53 millones de cerdos distribuidos en un millón de granjas. Actualmente, hay más de 100 millones de ellos en unas 60.000 grandes instalaciones. Una media de casi 2000 cerdos por granja. Podemos imaginar el hacinamiento y el estrés que sufren estos animales, la cantidad de desechos que producen y las condiciones de estas instalaciones, así como la cantidad de medicamentos e insecticidas que se emplean para controlar las epidemias. El consumidor, como eslabón final de esta cadena de sufrimiento animal, también padece las múltiples consecuencias de esta práctica destructiva, tanto para nuestra salud como para el equilibrio de la ecología planetaria.

En cuanto a nuestra salud, en relación al consumo excesivo de carne sabemos que, hace 50 o más años en España la carne era un elemento poco frecuente o excepcional en la dieta de la mayoría de las familias. En aquellos años, sólo quienes tenían un elevado poder adquisitivo podían permitírsela, siendo muchas de sus enfermedades muy distintas a las de la gran mayoría. Posteriormente, y una vez superados los periodos de escasez de alimentos y aumentado el nivel económico de la población, las familias españolas empezarían a situar la carne y el pescado como alimentos imprescindibles y necesarios en la dieta diaria, todo ello influenciado por los intereses de la industria alimentaria a través de la publicidad y de sus “expertos” en nutrición. Nada más lejos de la realidad. Un exceso de proteínas de origen animal no mejora nuestra salud, más bien al contrario, pues este tipo de proteínas va acompañado de una cantidad importante de grasas saturadas y de sustancias de desecho que, por acumulación, terminan provocando numerosas enfermedades a gran parte de la población: problemas cardiovasculares, diabetes, cáncer, alzheimer, arteriosclerosis, artritis, reuma, obesidad, cansancio, apatía…, incrementándose la gravedad de todas ellas por la pésima calidad de vida de los animales que se convierten en nuestra comida y por las sustancias tóxicas y alimentos de engorde que se les suministran. Debemos recordar la epidemia de encefalopatía espongiforme producida por un prion de las ovejas, que se transmitió a las vacas alimentadas con piensos compuestos de restos ovinos.

Para concluir, solo me queda anunciar mi gran confianza en el ser humano y mi gran esperanza de que en pocos años podemos revertir la tendencia de producción y de sacrificios de animales en España, así como más tarde se podrá observar en todo el mundo. Confío que algún día llegaremos a ver como a la par que crece la población humana, irá disminuyendo el número de campos de concentración donde se hacinan nuestros compañeros los animales, disminuyendo también el número de los que son sacrificados. Asimismo, también confío en que mejorarán las condiciones de vida de la mayoría de ellos conforme vaya incrementándose la ganadería ecológica. Y todo ello será posible, sin necesidad de esperar a que sean los gobiernos los que intervengan en tal proceso. Simplemente, nuestro consumo consciente y responsable sería suficiente. Reducir nuestro consumo de carne y pescado progresivamente o bien, dejar de consumirlos directamente, tiene mucha mayor influencia que votar a un partido político animalista que, si bien podría obtener buenos resultados a largo plazo, no puede compararse con el poderoso efecto inmediato que tiene el hecho de reducir o dejar de consumir carne y/o pescado de manera progresiva o definitiva. En nuestras manos está “salvar” muchas vidas al año o, al menos, mejorar las condiciones de vida de nuestros hermanos planetarios, los animales.

Finalizo este artículo con una reflexión y me comprometo a publicar más información acerca de lo que se puede hacer -podemos hacer-, para llegar algún día a la completa abolición de la esclavitud animal, primero en algunos países (espero que España sea uno de los pioneros) y luego en todo el mundo.

“La verdadera y definitiva paz en el mundo solo llegará cuando logremos alcanzar una verdadera y definitiva paz con los animales. Entonces las guerras y conflictos entre hermanos humanos habrán finalizado; y la fraternidad universal entre humanos y animales por fin habrá comenzado.”


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