La ultraderecha y los odios en palimpsesto

Cuando sustituyen un odio con otro, no lo hacen desaparecer, simplemente lo desplazan del centro de la atención mediática. Saben que continuará ahí.

Por Lucio Martínez Pereda | 22/02/2026

La acumulación o superposición de Enemigos inventados y Odios es un recurso esencial para mantener viva la narrativa de la propagandística ultraderechista. Este mecanismo no es una mera suma aritmética de prejuicios, sino una estrategia sofisticada que opera a la manera de un palimpsesto medieval -ese pergamino reutilizado donde las capas de escritura nueva se superponen- permitiendo que los odios se acumulen, se arrastren mutuamente y se reactiven periódicamente.

La ultraderecha está recomponiendo continuamente sus odios. El odio no es elemento estático o aislado, sino un recurso dinámico y acumulativo que se administra con precisión estratégica. No se trata de reemplazar un odio por otro de manera definitiva, sino de sumar capas nuevas sobre las antiguas. La ultraderecha gestiona políticamente los odios como la escritura propia del palimpsesto: la nueva escritura por encima no borra la anterior.

Este sumar acumulativo de odios implica varios pasos interconectados. Primero, la ultraderecha identifica o inventa un «enemigo» inicial, como los homosexuales (por ejemplo, durante debates sobre el matrimonio igualitario en España). Luego, cuando este odio comienza a perder fuerza —ya sea por habituación social, refutaciones que demuestran la falsedad de las acusaciones o simple fatiga mediática— no lo abandona por completo. Lo desplaza temporalmente del centro de la atención pública y lo cubre con una nueva capa: las feministas, acusadas de promover una «ideología de género» destructiva. Posteriormente, se suma el odio a los independentistas catalanes, retratados como separatistas traidores a la nación. Y en el contexto actual de 2024 -2026, el foco se desplaza a los inmigrantes, presentados como una «invasión» cultural y económica que amenaza la identidad nacional.

Cuando sustituyen un odio con otro, no lo hacen desaparecer, simplemente lo desplazan del centro de la atención mediática. Saben que continuará ahí. Los odios se acumulan como sedimentos emocionales, formando un depósito colectivo de miedos que se arrastran mutuamente creando un ecosistema de resentimientos interconectados. Por ejemplo, el odio a los inmigrantes no anula el previo a las feministas; al contrario, se entrelazan: un discurso xenófobo puede incorporar elementos misóginos al criticar el «velo islámico» como opresión de género, reactivando así odios latentes.

El recurso de sumar odios ofrece múltiples ventajas propagandísticas. En primer lugar, evita el desgaste emocional y racional. El odio, como emoción, es potente pero efímero; si se fija en un solo objetivo, la sociedad puede cuestionarlo- como decíamos antes- mediante evidencia racional y datos. La ultraderecha sabe que si permaneciese con la diana colocada en el mismo odio la gente se daría cuenta que esa peligrosa amenaza alentada desde el miedo no es real y que el inventado enemigo que lo produce no existe. Al sumar capas nuevas, se introduce una «novedad»- un cambio que reactiva la energía violenta – y se mantiene la polarización política alta sin permitir que el análisis racional o los datos empíricos (como estadísticas de inmigración o igualdad de género) erosionen el relato.

Una segunda ventaja es la reactivación continua de la base emocional. Cada nueva capa no solo tapa la anterior, sino que la arrastra, creando un efecto multiplicador. Esto genera un «depósito de odios» acumulado que amplifica la emoción colectiva. Por ejemplo, en España, el odio acumulado a los independentistas catalanes (desde el procés de 2017) se suma al de los inmigrantes en 2023- 2024 , permitiendo discursos que vinculan ambos: «los separatistas y los extranjeros diluyen la nación». Esta acumulación hace que la propaganda sea más resiliente: si un odio pierde fuelle mediático, los subyacentes emergen para sostenerlo, evitando vacíos emocionales que podrían llevar a la apatía o al cuestionamiento.

Tercero, ofrece flexibilidad táctica en el contexto de comunicación posfactual. En el mundo de redes sociales y ciclos de noticias rápidos, la ultraderecha puede adaptar sus odios a novedades coyunturales sin perder coherencia interna. Esto es propagandísticamente ventajoso porque explota la adicción a la novedad de los algoritmos: un «nuevo enemigo» genera más “engagement” que uno repetido. Además, al superponer odios se coloniza el espacio público con narrativas de miedo perpetuo.

Otra ventaja clave es la movilización sostenida sin agotamiento. Al acumular odios en capas, la ultraderecha mantiene a su base en un estado de alerta crónica, fomentando una energía agresiva que se traduce en votos, en donaciones o activismo. Permite a partidos como Vox pivotar rápidamente: de la «ideología de género» a la «invasión migratoria», sumando sin restar, y atrayendo a sectores diversos (desde conservadores religiosos hasta xenófobos )

Finalmente, esta estrategia erosiona la democracia al hacer prescindible el diálogo racional. Al sumar odios, la ultraderecha no busca convencer con argumentos; busca – como decía un un artículo anterior- trastornar a la sociedad haciendo que la acumulación de miedos y odios deslegitime las instituciones democráticas.

En resumen, el recurso de sumar unos odios a otros en palimpsesto no es un capricho, sino una herramienta propagandística que ofrece ventajas : evitación del desgaste, reactivación emocional, flexibilidad táctica y movilización sostenida.

* Desde una perspectiva histórica este recurso no es novedoso. Se trata de una estrategia propagandística usada en el periodo comprendido entre los veinte y cuarenta del siglo XX, particularmente en el fascismo y el franquismo. Durante el nazismo, los odios antisemitas se sumaban a anticomunistas y antieslavos, creando un frente unido . El régimen franquista introdujo en España esta estrategia nazi. Los odios palimsesto se acumulaban en capas: primero contra los «rojos» (comunistas y republicanos), con el añadido de los “separatistas”, luego contra los masones y judíos (como conspiradores internacionales), y más tarde contra disidentes internos como intelectuales o minorías regionales.

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