La ultraderecha se alimenta de la creación de miedos entre sus votantes

En la fotografía, Analía Plaza, escritora que ha recibido el encargo de permeabilizar socialmente este nuevo odio empleado por la ultraderecha para manipular psicológicamente a los votantes jóvenes.
Si antes era el extranjero el que ‘robaba el trabajo’, ahora es el jubilado el que ‘roba el futuro’ de los jóvenes.

Por Lucio Martínez Pereda | 27/12/2025

La ultraderecha se alimenta de la creación de miedos entre sus votantes. El inmigrante  es su enemigo funcional, la pieza necesaria para mantener en marcha el engranaje del miedo. Hoy, cuando el discurso del Miedo  al Otro se desgasta por repetición, el nuevo adversario que se inventa ya no viene de fuera, sino del interior: el pensionista, el jubilado. Los pensionistas son presentados ahora como una carga, como si su derecho a una pensión cotizada por ellos mismos fuese la causa que produce la precariedad de los jóvenes.

El nuevo discurso del odio se disfraza de excusas económicas : se habla de “sostenibilidad” de las pensiones, de “reformas inevitables”, de “racionalización del gasto público”. Pero detrás de ese lenguaje tecnocrático subyace la misma intención que en el viejo discurso sobre el inmigrante: señalar a un colectivo concreto. Si antes era el extranjero el que “robaba el trabajo”, ahora es el jubilado el que “roba el futuro” de los jóvenes. Históricamente no hay nada mas ventajoso para la ultraderecha  que enfrentar a las víctimas entre sí. Mientras los viejos son presentados como parásitos que viven a costa del presupuesto común, se oculta deliberadamente quiénes han acumulado de verdad la riqueza, quiénes desvían beneficios a paraísos fiscales o quiénes han privatizado servicios públicos que eran patrimonio de todos.

Pero el odio hacia los jubilados encierra algo más profundo. No es solo una batalla económica, es una operación contra la memoria. Cada pensionista sabe lo que fue un país en dictadura. Los pensionistas representan la última conexión viva con una idea de comunidad basada en la defensa de lo público y la certeza de que la justicia social no era una utopía. Atacarles es atacar esa memoria de resistencia que perjudica a los defensores  del mercado ilimitado. El día que el odio hacia los pensionistas se normalice la ultraderecha habrá conseguido algo más que un triunfo político: habrá impuesto un modelo moral. Un modelo en el cual la vida solo tendrá valor mientras produzca beneficio.

Como decíamos al principio ahora ya no se señala solamente al diferente que viene de fuera como amenaza inventada sino a aquel que estuvo siempre dentro. La ultraderecha necesita neutralizar cualquier resto de solidaridad intergeneracional e instalar el odio entre generaciones, tan útil para desactivar cualquier conciencia de clase compartida. El tránsito de un enemigo exterior a uno interior no es accidental. Responde a un reordenamiento de los conflictos en el marco de la crisis demográfica y fiscal de los Estados sociales. El pensionista, convertido en sujeto pasivo de transferencia pública, representa el punto exacto donde confluyen las tensiones entre sostenibilidad presupuestaria y productividad. Así, el miedo al colapso del sistema de pensiones complemente el miedo a la invasión.

El resultado es la configuración de un nuevo tipo de alteridad peligrosa: una alteridad interior que existe dentro del propio cuerpo social. Ya no se trata de excluir lo externo, sino de excluir lo interno. Este proceso erosiona la solidaridad intergeneracional y, con ella, las bases morales de cualquier pacto político para defender derechos.

Se el primero en comentar

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.




 

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.