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El problema del auge de la ultraderecha no es que existan nostálgicos del fascismo. Eso siempre ha existido. El verdadero problema es que sectores de la derecha política y mediática han decidido apoyarlos para erosionar la legitimidad de los gobiernos democráticos.
Por Isabel Ginés | 22/12/2025
“La ultraderecha crece porque el joven no ve que la izquierda lo proteja”. La frase de Victoria Camps no es una provocación ni un ajuste de cuentas ideológico. Es una descripción bastante simple de algo que muchos jóvenes sienten aunque no siempre sepan formularlo. La política ya no se vive como un espacio de protección, sino como un juego ajeno, lejano y repetitivo. Y cuando la política deja de proteger, alguien ocupa ese vacío.
El auge de la ultraderecha no se explica culpando a una persona concreta, a un presidente concreto o a un gobierno concreto. Ese tipo de análisis es cómodo porque reduce un problema estructural a una anécdota. Pero no es serio. La ultraderecha no gana solo porque “el otro lado lo hizo mal”. Gana en contextos de malestar social prolongado, de inseguridad cotidiana, de desgaste institucional y de desafección política profunda. Pensar que todo se explica por una figura es una forma elegante de no asumir responsabilidades colectivas.
Los jóvenes no viven en una burbuja ideológica. Viven en condiciones materiales muy concretas. Han podido estudiar gracias a una sociedad que apostó por la educación, pero cuando entran en el mercado laboral se encuentran con salarios bajos, contratos precarios y un acceso a la vivienda prácticamente imposible. No es solo una cuestión económica. Es una experiencia de frustración continuada. La sensación de que hagas lo que hagas no llegas. De que el sistema no responde.
Aquí aparece un punto clave: estas generaciones solo han conocido el bipartidismo o variaciones muy parecidas del mismo sistema. Han visto alternarse gobiernos sin que sus condiciones de vida mejoren de forma sustancial. Por eso muchos ya no creen que un cambio de gobierno vaya a cambiar nada. No es cinismo, es experiencia. Cuando la política se percibe como incapaz de mejorar la vida real, pierde legitimidad.
La ultraderecha entra ahí con una demagogia muy eficaz. No promete soluciones complejas, promete certezas simples. No habla de estructuras económicas, habla de enemigos. No propone reformas profundas, ofrece relatos fáciles. Es el mismo espejismo que ya conocimos en el siglo XX. No porque la historia se repita exactamente, sino porque las condiciones emocionales se parecen demasiado.
En este punto es importante dejar algo claro: la ultraderecha no es un movimiento de libertades, aunque se disfrace de ello. Su proyecto no es ampliar derechos, sino restringirlos. No es proteger a las mayorías, sino garantizar que una minoría pueda seguir acumulando poder, dinero y privilegios sin límites. Pero todavía no se atreve a decirlo abiertamente. Por eso necesita mentir.
Las mentiras no son errores. Son una estrategia. Los que empobrecen a las clases medias y trabajadoras acusan a la izquierda de empobrecer a la sociedad. Los que apoyan monopolios y oligopolios hablan de libertad de mercado. Los que justifican la violencia institucional acusan a otros de violentos. Los que apoyaron dictaduras acusan a la izquierda de ser antidemocrática. Todo ese discurso tiene una sola función: confundir, invertir responsabilidades y desactivar cualquier análisis serio.
Aquí entra la memoria viva, no como consigna, sino como herramienta política. Memoria viva significa saber de dónde vienen esas estrategias, reconocer los patrones, entender que nada de esto es nuevo. No se trata de vivir en el pasado, sino de no caer en trampas ya conocidas. Cuando se pierde la memoria histórica, el autoritarismo se presenta como novedad y no como repetición.
El problema del auge de la ultraderecha no es que existan nostálgicos del fascismo. Eso siempre ha existido. El verdadero problema es que sectores de la derecha política y mediática han decidido apoyarlos para erosionar la legitimidad de los gobiernos democráticos. Es una conducta antidemocrática y profundamente irresponsable. Porque esos movimientos no se dejan controlar después. La historia es bastante clara en esto.
Los medios de comunicación juegan un papel central. Cuando convierten la política en espectáculo, cuando blanquean discursos de odio en nombre del pluralismo, cuando presentan la mentira como una opinión más, contaminan el debate público. La polarización no surge sola. Se fabrica. Y en ese clima, la ultraderecha se mueve como pez en el agua porque no necesita argumentar, solo provocar.
Como explica Zygmunt Bauman, vivimos en una sociedad marcada por la inseguridad constante. Cuando todo es frágil, la gente busca certezas, aunque sean falsas. La ultraderecha ofrece una sensación de orden en medio del caos, aunque ese orden sea excluyente y violento.
El avance de la ultraderecha no es un problema moral ni un error puntual. Es el síntoma de un sistema que ha dejado de ofrecer protección real a amplias capas de la sociedad, especialmente a los jóvenes. Mientras se mantengan salarios miserables, acceso imposible a la vivienda y una política percibida como inútil, la ultraderecha seguirá creciendo.
Frenarla no pasa por demonizar votantes ni por repetir consignas. Pasa por cambios reales, materiales y visibles. Trabajo digno, vivienda accesible, servicios públicos fuertes y una política que vuelva a ser reconocible como protección y no como ruido. Sin memoria viva, sin análisis serio y sin mejoras concretas en la vida de la gente, el autoritarismo no es una amenaza futura. Es algo temible.
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