La turra del patinete eléctrico: breve historia de un individualista

Por Carmen Romero 

Navidad, esa época del año en la que ser un falso es ser educado. Esa época del año en la que tienes que reírle la gracia a tu cuñao el facha y hacer como que te interesa el regalo que le va a comprar a su novio tu prima la casi pija que solo habla de ella misma todo el rato. Pero bueno, si algo bueno tiene estas fechas en las que se junta gente, es que se puede analizar todo para después llevarlo a papel.

Estas navidades, aun no pudiendo juntarnos todos, el tema estrella de algunos de mis conocidos ha sido el del patinete eléctrico. Un cacharro que, si tienes más de 30 años, cuando te montas en él pareces sacado de Blade Runner. No tenía yo nada en contra de que cualquiera vaya montado en uno, hasta que lo escuché; “lo quiero porque es la nueva revolución de la movilidad en las ciudades”, señala un conocido. Prometí no hablar de política en todo el día, pero si ha empezado él con eso de una tal revolución, la culpa de que me transformara poco a poco en una boca chanclas marxista con ganas de soltar lengua, era suya. Entro al trapo; “¿revolu.. qué?”, añado. Tremendo silencio.

Procedo a buscar anuncios de patinetes eléctricos, porque eso de “la revolución” ha tenido que ser otro invento publicitario más para que el urbanita medio, aspirante a clase media que va de progre, lo compre. En efecto, la mayoría de marcas, tanto de alquileres de patinetes como de compra de estos, lo anuncian así. Me preguntan que por qué me enfado, si se supone que soy de izquierdas y es un cambio ecologista en la forma de transportarse. «Porque soy de izquierdas, no homeópata”, contesto. Como si el alquilar un patinete de una empresa que se basa en la Gig economy cambiara algo. El buen placebo.

Lime, una empresa de patinetes financiada por Uber, aterrizaba en España en septiembre del 2018. ¿Qué tiene que ver mi anécdota de navidad, Lime, Uber y la Gig economy con mi enfado? Lo explico.

Es la ideología californiana, estúpido 

Lime, la empresa de alquiler de patinetes eléctricos, es una startup. Funciona a través de lo que llaman economía colaborativa. Siempre me ha hecho gracia ese término, porque lejos de ser lo que parece ser, es neolenguaje californiano tras el que se oculta un modelo económico donde la tecnología es de todo menos positiva para el trabajador. Vamos, que de revolución ecológica pensando en el medio ambiente de forma progresista, nada. Una nueva identidad que, lejos de mejorar algo, solo infla los bolsillos de los lumbreras que se la inventan.

La publicidad, cuyo principal objetivo es crear una necesidad de consumo, utiliza estos términos de “revolución alternativa” o “nueva experiencia”. Los consumidores reproducen ese discurso como papagayos. Porque hay que estar a la moda y porque tengo que colocar en mi muro de Facebook lo que me he comprado para tener más me gustas que mi cuñado.

Es decir, la ideología queda reducida a herramientas discursivas. O lo que es lo mismo pero no es igual: la narrativa neoliberal. El problema es ese, que lo neoliberal tiene más de narrativa que de real y se les coge rápido.

El enfado que se cogió mi conocido cuando le expliqué esto fue menudo. “¿Quién eres tú para decirme qué tipo de transporte coger?, comenta. “Yo nadie. Solo te digo que te la están metiendo si crees que por coger un patinete en el que pareces un pringado haces algo revolucionario”, contesto. “A ver si te indignas igual cuando te enteres de lo que cobran los trabajadores de esa empresa, como en Glovo o Uber”, añado. Este es el verdadero problema que ocultan con verborrea neoliberal y anuncios cool; las condiciones de inseguridad e inestabilidad a la que se exponen sus trabajadores.

Todo esto me recordó a un documental que vi en Netflix. El documental se llama ‘A los gatos, ni tocarlos’. Un horrible video viral donde un chico mataba a unos gatitos, inició una investigación ciudadana en Facebook para atrapar al asesino. La verdad que flipé al verlo. Pero no para bien. No entiendo cómo se puede ser tan sumamente egoísta. Realmente esos usuarios de Facebook no eran animalistas que iban contra el maltrato animal, sino individuos que, desde su yoísmo, intentaban ser el héroe que finalmente descubriera quién era el asesino. 

Si todas las personas que día a día se indignan en Facebook y actúan de activistas en la red se indignaran por las desigualdades sociales, el capitalismo ya habría caído. Y eso es lo que le pasa a mi conocido. Se indigna por que me meta con el puto patinete, sin pensar que es ser un individualista que no piensa en todo el entramado ideológico que hay detrás. Por eso cada vez hay más precariedad en los trabajos, menos tejido organizativo, subidas del precio de los alquileres, etc. Porque lo único que les importa a esa panda de individualistas es que no les toquen su forma de movilidad verde, sus aguacates y sus palabras terminadas en “e”.

Todo este individualismo descarnado me llevó a otra serie. En ‘Black Mirror’ hay un episodio llamado ‘Caída en picado’.El episodio transcurre en un mundo en el que las personas pueden calificar y ser calificadas con sus teléfonos móviles por puntuaciones de una a cinco estrellas en cada interacción social que realicen. Lacie, una joven obsesionada por sus calificaciones, es elegida por una popular amiga de la infancia como dama de honor de su boda. Durante el viaje para asistir al enlace Lacie tiene un encontronazo con uno de los trabajadores encargados del servicio al cliente. Tras una discusión su calificación personal comienza a bajar rápidamente. 

Es ficción, pero con la tiranía del like en redes sociales pasa algo parecido. Cuando el Amazonas estaba en llamas, a muchos de los usuarios en red que colocaban mensajes y lazos negros en apoyo al territorio devastado por las llamas no les importaba que, tras el incendio, hubiera intereses comerciales por parte del Gobierno de Bolsonaro. Les importaba que en su muro quedara claro que se habían enterado de lo que pasaba, y que son buenas personas. Es decir, anteponer mis mini batallitas de Facebook a las batallas del mundo material. Porque para batallar en el mundo real hay que hacerlo por principios, y no por tener una mayor reputación social en redes. 

Como mi conocido subiendo una foto a Instagram de que se transporta en un patinete con una pegatina ecológica para ir a su lugar de coworking y pedir en Glovo para comer, mientras se la suda las condiciones de falso autónomo del trabajador que cada mañana los repone cargados de nuevo en su sitio de partida. O las del chaval que le reparte la comida.

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