La soledad del corredor de fondo

Por Daniel Seixo

«El único verdadero paraíso es el paraíso perdido

Marcel Proust

«Es más fácil querer a alguna gente a distancia.«

Irvine Welsh

Los nuevos medios para el control han sido creados no por nosotros sino por el capitalismo en su etapa militar-imperialista

Las calles están ahora en silencio, como si sintiesen que algo está cambiando, como si guardasen luto por todos los que nos están dejando. Los primeros rayos de sol en estas mañanas de primavera, no son los de antaño, su fuerza, su luz, su significado, quizás sí sean como solían ser, pero ninguno de nosotros se muestra ahora capaz de abrazarlos como antes.

Pocos podrían haber imaginado que las distopías también se hacen realidad, cuando uno menos se lo espera. Aunque llevásemos un tiempo viviendo en ellas y las salas de cine  se estuviesen transformando de forma lenta e inexorable en una escapatoria y no en un lugar ficticio, nos negábamos permanentemente a admitir que el desastre se encontraba cerca. Que algunas respuestas, sin embargo, se encontraban a cada paso, cada vez más y más lejos de nuestro alcance. 

Somos hijos de la herencia política de una dictadura e infantes amamantados en la sin razón del capitalismo especulativo y su cruel pedagogía contra nuestras fábricas, nuestras minas o nuestros astilleros. Lejanos amos y cercanos intereses, desgarraron nuestra columna vertebral y cada una de sus ramificaciones sectoriales y sindicales, con falsas promesas de libertad y diversión que más temprano que tarde, terminaron por transformarse en dolor y consumismo. Las luchas obreras, las huelgas, las tuercas surcando nuestros cielos y las barricadas forjadas a sangre y fuego, irremediablemente sucumbieron ante la potencia de la alienación social ejemplificada en la búsqueda nacional de un «hombre nuevo» llamado Curro. Un cruel juego de trileros basado en un consumo exacerbado y en el continuo endeudamiento y depredación de nuestros nexos comunes a costa de las estructuras del estado. Aquellos que durante la transición habían logrado pasar impunemente de la camisa parda al Polo Ralph Lauren, consiguieron también arrebatarnos nuestra identidad con falsas promesas de un futuro mejor, repleto de electrodomésticos baratos, utilitarios a estrenar cada cuatro años y puntuales vacaciones en las playas de España o quizás, quién sabe, en el Caribe si nos esforzábamos lo suficiente y las incómodas protestas obreras interrumpían la imprescindible producción de capital únicamente lo justo y necesario.

No existe la palabra imposible para un pueblo con convicción, para un pueblo que reconoce en la clase trabajadora su bien más preciado

Todo aquello que había permanecido inalterable al paso de los años, todo aquello que nos unía a una larga estirpe de luchadores y compañeros en este interminable camino, se derrumbó ante nuestros ojos como una mera ilusión óptica, algo demasiado lejano para poder sentirlo o simplemente recordarlo. Dio igual que todavía los huesos y las armas de nuestros antepasados siguiesen a flor de piel soterrados bajo nuestros pasos o que cada año, cada despido, cada desahucio, un nuevo proletario se sumase a la ya inabarcable lista de los desheredados. Hoy, ya nadie admite como propio nuestro fracaso colectivo, hoy ya pocos ven instintivamente en un puño en alto o en un grito seco y desgarrado ante la línea policial, a un compañero, a un hermano. Zara, Netflix, Amazon, son miles los engaños y tan pocos los verdaderos amigos. Nos hemos dejado arrastrar a situación sumamente comprometida tras haber perdido la «recta vía» de la solidaridad obrera y el tacto cercano de la cálida mano de un compañero de partido o de sindicato, cuando la falta de pan y trabajo, comienzan a suponer la principal estrategia del amo para lograr someternos. Ya no basta con un ocio ilimitado, no basta con intentar olvidar y continuar la huida hacia delante renunciando poco a poco a nuestro orgullo y dignidad a la espera de que una mañana, al despertarnos, todo esto haya pasado al fin.

El baile de identidades, los debates estériles, pero mediática y políticamente necesarios, el surrealismo mágico de nuestros pseudointelectuales, el vacío existencial de las drogas, legales o ilegales, una cultura cada día menos social y comprometida, la basura del fútbol moderno, la escoria televisiva o unos líderes del partido que viven cada día irremediablemente más lejos en su código postal, pero también en sus cicatrices y pensamientos. Hace tiempo que todo eso nos ha abandonado definitivamente y cuando uno sale a la calle, tan solo el olor del suelo mojado, las sirenas, el rechinar del metro y la contaminación al inspirar y exhalar por nuestros pulmones en un lento y desganado baile, nos recuerdan que esas calles, esas plazas, esas ciudades, son las mismas en las que un día luchamos por conquistar nuestro pan. 

Las luchas obreras, las huelgas, las tuercas surcando nuestros cielos y las barricadas forjadas a sangre y fuego, irremediablemente sucumbieron ante la potencia de la alienación social

Cuando al fin todo esto pase, cuando de nuevo retomemos nuestras vidas y el dolor y el desanimo no termine de desaparecer, recordad que estos días, estos momentos, no deben suponer sino un respiro para el verdadero asalto. Una lenta y necesaria reflexión, para no volver a pasar de largo ante el ruido de los desahucios en nuestras calles, los despidos o los más necesitados. Nunca más un ejercito de sin techo en nuestras ciudades puede suponer una realidad aceptable mientras nos dirigimos al bar de moda o a ese nuevo restaurante que nos han recomendado en el trabajo. Ni la precariedad de los riders, la inestabilidad de los estibadores o los taxistas o las dificultades para llegar a fin de mes de nuestros vecinos o compañeros, pueden volver a suponer un problema doméstico. Hagan comunidad, reconózcanse y reconozcan en ello a los suyos, porque ellos son las personas con las que se cruzan en las escaleras, en el metro, en el trabajo o a la hora de pasear al perro o tirar la basura tras una larga jornada de trabajo. Vuelvan a intentar sonreír conscientes de que necesitamos luchar para cambiar las cosas. Porque no se equivoquen, las miradas de miedo, esa inseguridad y ese temor por un futuro incierto, ya estaba ahí antes de todo esto, antes de la llegada a nuestras vidas del coronavirus. Simplemente era algo propio, algo escondido, algo que nos daba miedo mostrar sin tapujos, para no identificarnos como unos perdedores en el mejor de los mundos. 

No resulta malo tener miedo, no resulta malo necesitar ayuda, somos legión los que así pasamos nuestros días a la espera de un solución que no acaba de llegar. Este virus y sus respectivas consecuencias tan solo han actuado en forma de espejo, tan solo se ha posado en la palma de nuestra mano y poco a poco ha condensado en un breve lapso de tiempo todo el dolor y el «sinsentido» acumulado en nuestras vidas. Nos ha mostrado nuestro egoísmo, nuestra insolidaridad, nuestras miserias. Pero también nos ha mostrado una salida, una salida dibujada en todos aquellos que luchan, en lo común, en lo público. Sí existen soluciones, todavía estamos a tiempo de cambiarlo todo, a tiempo de cambiar nuestro mundo. Y pese a la complejidad y el temor intrínseco en tal revolución social, no existe la palabra imposible para un pueblo con convicción, para un pueblo que reconoce en la clase trabajadora su bien más preciado. Otros lo han comprendido antes. Simplemente debemos recordar que existió un momento en el que era mucho más lo que nos unía, un momento en el que la identidad, la realidad, se dibujada entre las familias que luchaban unidas por su sentido de pertenencia y su identidad última a la hora de defender una fábrica.

Y si ustedes son de los que todavía hoy se preguntan el lugar en el que se encuentra ese orgullo de clase y ese sentido de pertenencia en nuestros días, simplemente miren a las calles, a cada uno de nuestros hogares y piensen en todos y todas aquellas que mientras el mundo sigue derrumbándose bajo nuestros pies, todavía nos siguen cuidando. Piensen ustedes en todos ellos y ahí encontraran la respuesta a sus preguntas.


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3 Comments

  1. Buen artículo y sigo vuestros trabajos cuando puedo y no es que estemos en un mal momento, la gente. Los de barrio tenemos que estar preparados para lo que venga, los capitalistas y corruptos siempre están ahí, aparecen como los virus dando caña. Ánimo y a seguir..

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