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Al mostrar al país en un contexto festivo, sin mencionar el trasfondo de violencia y opresión, RTVE desvincula la imagen de Israel de su realidad política.
Por Lucio Martínez Pereda | 16/05/2025
La decisión de Radio Televisión Española de emitir la actuación de Israel en el Festival de Eurovisión no es un acto neutral, sino una forma de legitimar, a través del espectáculo, las acciones de un gobierno acusado de perpetrar un genocidio contra el pueblo palestino. Al mostrar al país en un contexto festivo, sin mencionar el trasfondo de violencia y opresión, RTVE desvincula la imagen de Israel de su realidad política.
El entretenimiento masivo tiene el poder de alejar y desviar la atención de las realidades incómodas. La música, las luces y el ambiente festivo del festival actúan como un velo que distrae a sus espectadores de las acusaciones de genocidio. La elección de las canciones, la puesta en escena de los artistas y la narrativa visual de sus actuaciones están cuidadosamente pensadas para proyectar una imagen propagandística positiva del país.
Al retransmitir estas imágenes sin cuestionarlas, RTVE contribuye a la construcción de una percepción acrítica de Israel. Retransmitiendo esta actuación, no solo amplifica este mensaje, sino que lo legitima dándole un espacio privilegiado en su programación. Dar este tipo de visibilidad a un país acusado de genocidio en un espacio de entretenimiento masivo contribuye a normalizar y legitimar su imagen internacional, desvinculándola de las acusaciones de genocidio.
La retransmisión de la canción de Israel vista por millones de personas actúa como una herramienta de «soft power». La participación de un país no europeo como Israel en Eurovisión forma parte de una estrategia de «hasbara» (propaganda) para mejorar su imagen internacional y trasladar a la opinión pública la apariencia propia de una democracia liberal respetuosa de los derechos humanos. Este tipo de propaganda que podríamos llamar “banal” no se ejecuta por los canales de transmisión propios de la propaganda política sino mediante plataformas de comunicación de actos culturales, deportivos o cualquier otra forma de ocio de masas, para conseguir así que el espectador no los identifique como políticos y en consecuencia la capacidad de influencia psicológica de sus mensajes no sea detectada y pierda eficacia.
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