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Las cosas no son ni pueden ser tan sencillas. La política nunca se convertirá en un departamento contable donde todas las cifras cuadren. Porque, como diría mi amiga L., la política es esperanza.
Por Jayro Sánchez | 7/11/2025
Hace años, estaba tomando una cerveza con mi amigo C. en una terraza madrileña después de salir del trabajo. Era un viernes por la tarde, y había sido una semana larga y dura. Hablábamos sobre el proyecto que nos traíamos entre manos y, cómo no, sobre política.
España estaba empezando a recuperarse de los estragos de la COVID-19, y la coalición gubernamental y la oposición se lanzaban sus acostumbradas dentelladas verbales durante las sesiones del Congreso por diferentes cuestiones.
Refiriéndose a esa capacidad magistral que tienen nuestros actuales líderes para teatralizar sus debates en la arena parlamentaria, C. afirmó que estaba convencido de que la mayoría de los españoles solo quería que estos fueran buenos gestores.
Desde su punto de vista, sus ideas no tenían ni la más mínima importancia mientras fuesen unos burócratas bien adiestrados y eficientes. Sin embargo, yo me preguntaba cómo se puede manejar la res publica sin ningún tipo de criterio o de idea política.
Quizá haya quien crea que el Estado es una entidad primigenia que existía antes incluso de que naciera el primer ser humano. Quien piense que las leyes que nos rigen se escribieron en unas tablas de arcilla hace 5.000 o 10.000 años y, que desde entonces, no han cambiado ni cambiarán.
Si ese fuera el caso, los políticos no pasarían de ser simples funcionarios. Y, los parlamentos, gestorías donde hombres grises sin rostro harían cuentas exactísimas con sus calculadoras para firmar contratos sociales perfectos e ineludibles.
Pero las cosas no son ni pueden ser tan sencillas. La política nunca se convertirá en un departamento contable donde todas las cifras cuadren. Porque, como diría mi amiga L., la política es esperanza.
Esperanza para los vagabundos que duermen a las puertas de los cajeros. Esperanza para las madres solteras que no pueden ver a sus hijos porque tienen que alimentarlos a base de jornadas maratonianas de trabajo mal remunerado. Esperanza para los jubilados que malviven con una pensión indigna después de haber contribuido a las arcas del Estado durante 40 años con el sudor de su espalda y las palmas encallecidas de sus manos.
Esperanza de dar aplicar la solución a los problemas de los pobres y los marginados, de erradicar los males que afectan a los indefensos y a los ignorados. En efecto, la política es la única esperanza.
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