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Entonces entendí lo que escribió Joan Didion: ‘Si hemos de continuar viviendo, llega un momento en que debemos abandonar a los muertos, dejarlos marchar, mantenerlos muertos’.
Por Isabel Ginés | 24/04/2025
Tenía 25 años. Una edad en la que todavía se se tiene mucha vida, queda mucho que vivir, que prometer y lograr. A esa edad el futuro se imagina lleno: de libros por leer juntos, canciones que se convierten en códigos privados, viajes que se posponen pero se sueñan igual. Nadie a los 25 años está preparado para perder al amor de su vida.
Morir en un accidente. Es repentino. Inesperado. Una de esas muertes que parten el tiempo en dos: lo que era antes y lo que vino después. Lo último que supe de él fue un mensaje. Y entonces comenzó otra vida. Una donde él ya no estaba. Una donde todo lo que habíamos empezado a construir seguía ahí, pero sin él dentro. La taza que usaba por las mañanas. Sus libros. La ropa olvidada en mi casa. Su cepillo de dientes. Todo intacto, como si pudiera volver en cualquier momento. Nadie está preparado para abrazar a su amor vivo y a su amor muerto. Apoyarse en su pecho lleno de latido y vida y en un pecho sin vida.
Durante semanas, después durante meses, me rodeó un silencio nuevo. No era el silencio de una casa vacía, sino el silencio interno de quien ya no sabe qué decir. Dejé de hablar de él. No porque no lo recordara. Precisamente porque recordarlo dolía más que callarlo. Es un hueco en el pecho, un dolor que te gustaría gritar sin parar. No daremos morbo al dolor diciendo cuanto gritas, lloras y deseas desparecer. Eso queda entre las amigas a las que te apoyas cuando viene un recuerdo. No contaba lo que había despertado en mí, esa versión mía que él había ayudado a construir. No hablaba de cómo me leía en voz alta cuando estaba enferma, o de cómo repetía ciertos pasajes que subrayaba y luego me enseñaba por foto o en directo. De cómo se aprendió mis miedos sin necesidad de que se los dijera. De cómo me abrazaba en medio de la noche cuando venían las pesadillas, y sin preguntas, traía un vaso de agua, se ponía a leerme y yo acaba durmiendo tranquila.
Pero el cuerpo guarda memoria. Y el dolor no desaparece porque se niegue. Así que me dolía en lo pequeño: cuando pasaba por ciertas calles, cuando sonaba esa canción en el coche, la que yo le ponía mil veces, la que a él le molaba o nuestra canción favorita. La que fuimos al concierto y gritamos hasta quedar afónicos. Me dolía en el estómago, en la espalda, en los ojos cuando intentaba leer el libro que fue su favorito, ese que él leía una y otra vez y que ahora no soy capaz ni de tocar.
Y sin embargo, con el tiempo, algo fue cambiando. El dolor, sin irse, empezó a dejar espacio. Las lágrimas llegaron menos y los recuerdos empezaron a doler distinto. Ya sonrío al recordarlo. No porque hubiera olvidado, sino porque me amó con todo lo que era, y eso, al final, deja un poso de luz. Él fue una buena persona. No perfecta, pero profundamente buena. Y yo me sentí amada. Y también amé. Me amó un hombre bueno, amé a un hombre bueno. Me amaron de verdad y como mucha gente sueña. Yo lo tuve. Me amó alguien que hacía del mundo un lugar mejor. Una persona buena.
Entonces entendí lo que escribió Joan Didion: “Si hemos de continuar viviendo, llega un momento en que debemos abandonar a los muertos, dejarlos marchar, mantenerlos muertos.” No se trataba de olvidar, ni de reemplazar. Se trataba de aceptar que hay algo que ya no está, y que por amor a la vida, tienes que soltarlo. Soltar no como quien renuncia, sino como quien deja que el otro descanse.
Amaré de nuevo. No será igual. No puede serlo. Será distinto. Otro rostro. Otras palabras. Otro ritmo. Pero también será intenso. Porque el amor no se mide por repetición, sino por entrega. Y si algo me enseñó esta pérdida es que uno puede volver a amar cuando deja de buscar lo mismo, y empieza a aceptar lo nuevo.
Amar otra vez no será traición. No será olvido. Será volver a encender lo que él ayudó a despertar.
Ahora, cuando lo recuerdo, hay lágrimas. Pero también hay gratitud. Porque me amó con una ternura única, firme, serena. Porque caminó conmigo cuando más lo necesitaba. Porque estuvo en cada regreso, y también en cada huida. Porque conocía mis gestos, mis pausas, mis silencios. Y yo le conocía igual.
El tiempo no lo borra. Solo acomoda su ausencia hasta que deja de doler como cuchillo, y empieza a doler como canción. Una canción que sigue sonando cuando menos te lo esperas.
“Esto es un intento por encontrar sentido al tiempo que siguió, a las semanas y meses que desbarataron cualquier idea previa que yo tuviera sobre la muerte, la enfermedad, la probabilidad y la suerte, la buena o la mala fortuna, sobre el matrimonio y los hijos y el recuerdo; sobre el dolor y los modos en que la gente se plantea o no el hecho de que la vida acaba; sobre la precariedad de la cordura y sobre la vida misma.” — Joan Didion, El año del pensamiento mágico.
Aunque ahora no está sé que me hizo mejor persona y me enseñó lo fuerte que puedo ser y soy.
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