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Este desenlace inscribe el caso venezolano en la larga genealogía latinoamericana donde los intentos de fabricar oposiciones bajo patrocinio extranjero han producido efectos de esterilización política.
Por Lucio Martínez Pereda | 10/01/2026
La paradoja de la operación promovida por Trump contra el régimen de Nicolás Maduro -una combinación de intervención y secuestro político- reside en que no logró precipitar la caída del gobierno venezolano, pero sí consumó la extinción política de la oposición.
En ese sentido, la “intervención” no derribó al chavismo, pero sí desfondó moral y políticamente a su adversario, consumando una extraña inversión del poder: el derrotado no fue el régimen, sino su alternativa. Este desenlace inscribe el caso venezolano en la larga genealogía latinoamericana donde los intentos de fabricar oposiciones bajo patrocinio extranjero han producido efectos de esterilización política. Desde la frustrada invasión de Bahía de Cochinos se repite el mismo resultado: cuanto mayor es la dependencia del actor político doméstico respecto al centro hegemónico, menor es su capacidad para articular una legitimidad propia.
Esta claro que en el diseño de intervención elegido por Marcos Rubio está no cometer el estudiado y conocido “error Bahía de Cochinos». Es un fenómeno que se repite en toda la Edad Contemporánea desde la invasión francesa de España a principios del XIX: la lealtad a la potencia extranjera se traduce en sospecha popular, y esa sospecha erosiona toda legitimidad democrática.
* Sobre el caso español hay que añadir un matiz muy importante que lo hace imparangonable con lo que está sucediendo en Venezuela, un matiz diferenciador que tiene que ver con el nacimiento mismo de la modernidad política española bajo el signo una fractura entre tradición y modernidad. La invasión de 1808 no fue solo un conflicto militar o dinástico: fue un cataclismo simbólico de la soberanía, un cortocircuito entre la legitimidad tradicional- heredada del rey cautivo- y la legitimidad racional de las nuevas instituciones francesas. Por primera vez, el poder no emanaba del linaje sino del código político; y esa transferencia de fidelidad multiplicó las sospechas. Quien aceptaba el nuevo orden, aun movido por la esperanza de una España regenerada, se volvía culpable ante una comunidad que había hecho de la resistencia su dogma moral.
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