La OTAN alimenta el fantasma de la guerra con Rusia para justificar la militarización de Europa

La clase trabajadora es la gran perdedora en esta ecuación: mientras los salarios se estancan o caen, los directivos de la industria armamentística celebran bonos millonarios.

Por Ricardo Guerrero | 12/12/2025

En un tono apocalíptico que evoca las sombras de la Segunda Guerra Mundial, el Secretario General de la OTAN, Mark Rutte, ha lanzado este 11 de diciembre una advertencia durante una rueda de prensa en Berlín: «Tenemos que estar preparados» para un conflicto con Rusia que podría alcanzar «la misma magnitud que la guerra que sufrieron nuestros abuelos y bisabuelos». Junto al canciller alemán, Friedrich Merz, Rutte ha añadido que «debemos tener muy claro cuál es la amenaza: somos el próximo objetivo de Rusia y ya estamos en peligro». Estas declaraciones, pronunciadas en un evento organizado por la Conferencia de Seguridad de Múnich, responden al engranaje de una maquinaria que acelera la conversión de Europa en un bastión de «economía de guerra», a costa de los bolsillos de la clase trabajadora.

Rutte, el ex primer ministro holandés que asumió la secretaría general de la OTAN en octubre de 2024, ha pintado un panorama sombrío en el que el continente se encuentra «ya en el punto de mira» de Moscú. «Rusia ha traído la guerra de vuelta a Europa», ha afirmado, recordando el conflicto en Ucrania que se prolonga hacia su cuarto invierno y que, según él, podría escalar en menos de cinco años hacia un enfrentamiento directo con la alianza atlántica. El mensaje es inequívoco: la OTAN debe «cambiar a una mentalidad de tiempo de guerra» y preparar sus fuerzas para un escenario de destrucción masiva, similar al que diezmó generaciones pasadas. Pero detrás de esta retórica de urgencia, subyace una agenda clara: presionar a los 32 estados miembros para que eleven su gasto en defensa hasta el 5% de su PIB, un salto cuántico desde el actual objetivo del 2% que ya parece insuficiente para Bruselas.

Esta campaña no surge de la nada. En los últimos meses, la OTAN ha intensificado sus esfuerzos para rearmar el continente, con Rutte como ariete principal. En su discurso de este 11 de diciembre, ha criticado a aquellos aliados que «no sienten la urgencia» y ha instado a una «rápida subida» en la producción de armamento y en los presupuestos militares. Alemania, anfitriona del evento, ejemplifica esta deriva: bajo el gobierno de Merz, el país ha anunciado planes para destinar miles de millones de euros adicionales a la industria armamentística, mientras se aplican recortes en sanidad y educación en los presupuestos estatales. No es un caso aislado; desde Londres hasta París, pasando por Madrid y Roma, los gobiernos europeos justifican esta escalada con el espectro ruso, pero el beneficiario real son las corporaciones bélicas como Rheinmetall, BAE Systems o Airbus Defence, que ven cómo sus acciones se disparan ante la perspectiva de contratos jugosos financiados con dinero público.

Europa, que apenas salía de las cicatrices de la pandemia y la crisis energética provocada por la guerra en Ucrania, ahora se adentra en una fase de militarismo rampante. Esta transformación no es neutral: implica un desvío masivo de recursos de lo social a lo bélico. En Alemania, por ejemplo, el fondo especial de 100.000 millones de euros para defensa –lanzado en 2022 y ahora ampliado– se nutre de recortes en pensiones y subsidios energéticos para las familias humildes. En Francia, el presidente Macron ha vinculado el aumento del gasto militar al 3% del PIB con «reformas estructurales» que erosionan derechos laborales.

La clase trabajadora es la gran perdedora en esta ecuación. Mientras los salarios reales se estancan o caen –con una inflación que muerde especialmente en los hogares de renta baja–, los directivos de la industria armamentística celebran bonos millonarios. Rheinmetall, por citar un caso, ha multiplicado por diez sus beneficios desde 2022, gracias a los pedidos de tanques Leopard para Ucrania y futuros conflictos. Esta «economía de guerra» no solo engorda los bolsillos de la burguesía industrial, sino que normaliza un estado de excepción permanente: mayor vigilancia, reclutamiento forzado en potencia y una narrativa que criminaliza cualquier voz disidente como «prorrusa». ¿Es esto preparación para la defensa, o el preludio de una aventura imperial que arrastra al continente a un abismo evitable?

Las declaraciones de Rutte llegan en un momento delicado: mientras el presidente estadounidense Donald Trump presiona por un «plan de paz» en Ucrania que incluye cesiones territoriales a Moscú –lo que Rutte ha calificado sutilmente como un «test» para Putin–, los aliados europeos se reúnen en Londres para discutir el futuro de Kiev.

En las calles de Berlín, donde Rutte habló hoy, las manifestaciones contra la guerra y por la paz social ya claman por un giro: Europa no necesita más tanques, sino bienestar. La historia, esa que Rutte invoca con temor, nos recuerda que las aventuras imperialistas tan solo llevan a los pueblos hacia el precipicio.

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