La necesidad de la planificación económica

Por Mario del Rosal

“Si queremos hacer al hombre libre, debemos hacer a la economía esclava”. 

Fernando de los Ríos.

Seguro que recuerdas esa clase de “economía”, esa lectura o esa conversación en la que alguien, muy convencido y seguro de sí mismo, te contaba aquello de que el mercado se autorregula y de que conduce al equilibrio. Que el concurso simultáneo de múltiples oferentes y demandantes obra el milagro laico de la “mano invisible” por el que, automáticamente, los precios y las cantidades se ajustan continuamente a la dinámica colectiva del mercado, sin que sea necesario que intervenga ningún agente externo para ello.

También recordarás, claro, aquello de que cualquier intento de planificar u organizar racionalmente la producción y la distribución por parte del Estado o de cualquier otro ente ajeno al propio mercado, por muy bienintencionado que pueda ser, siempre acabará mal. No solo porque reaccionará sistemáticamente tarde y de forma distorsionada a las necesidades de los consumidores y a las posibilidades de las empresas, sino porque no es posible el cálculo económico en un sistema socialista. El mecanismo de los precios es insuperable, te habrán dicho, y cualquier otra alternativa solo puede conducir a menos eficiencia, a despilfarro y a escasez, por no hablar de la lógica tendencia autoritaria y liberticida que se derivará del enorme poder en manos del supuesto planificador único encargado de tomar las decisiones.

Y sigue la historia: el mercado, convenientemente desregulado y atomizado, conduce a la producción máxima y los precios mínimos, fomenta la productividad mediante la competencia y otorga al consumidor el verdadero poder económico, al convertirlo en validador último de la oferta por medio de la demanda. Sin su beneplácito, ninguna empresa puede sobrevivir o triunfar y ningún producto se impondrá.

Todo esto suena muy bien, ¿verdad? Solo tiene una pequeña pega: es rotundamente falso. Ni es verdad que los precios producidos por el sistema de mercado sean mínimos y la producción máxima, ni existe eso que llaman soberanía del consumidor, ni se fomenta otra eficiencia que no sea la dirigida exclusivamente a optimizar la ganancias, ni hay o ha habido jamás un mercado de competencia perfecta. Todo esto es un invento que, al igual que la religión católica, se sigue enseñando en las escuelas, donde nuestros hijos deberían aprender ciencia, historia, arte e idiomas, y no dogmas y catecismos.

En esta ocasión, me gustaría insistir en una falacia que no suele recordarse lo suficiente. Y no se destaca porque tiene implicaciones rupturistas que ninguna corriente reformista puede asumir, de manera que no cabe en el típico recetario de críticas al neoliberalismo (que no al capitalismo) que suelen emplear keynesianos, poskeynesianos y demás “heterodoxos”. Se trata de la cuestión de la planificación económica.

Las subcontratas no son más que unidades productivas internas de la cadena de valor global de la multinacional que, para reducir riesgos y costes, son de capital externo

Dejémoslo claro desde el principio: el capitalismo actual es, probablemente, el más planificado de la historia. Y no por accidente, sino por pura lógica económica.

La razón fundamental de esto tiene que ver con el grado de concentración y centralización que ha alcanzado el capital. Las multinacionales que marcan la pauta en los mercados han llegado a ser conglomerados gigantescos que integran vertical y horizontalmente un número incalculable de actividades, ramas, industrias y sectores económicos. Su creciente poder se manifiesta en las llamadas cadenas globales de valor, que no son más que los circuitos multidimensionales a través de los cuales estas compañías obtienen capital, se aprovisionan de materias primas, bienes de capital y fuerza de trabajo, producen en distintas ubicaciones con características físicas, económicas y legales apropiadas, y, gracias a todo ello, maximizan la explotación y tratan de apropiarse de la mayor ganancia posible.

Esos circuitos son controlados directa o indirectamente por unos pocos grandes capitales que, desde luego, no dejan al albur del mercado ninguno de los eslabones que los conforman. Muy al contrario, dedican sus mayores esfuerzos a conseguir estructuras y dinámicas de planificación, organización y coordinación internas con las que alcanzar sus objetivos. Se apropian de tierras, minas y pozos, subcontratan la producción de miríadas de bienes intermedios a precios administrados, monopolizan canales de distribución y transporte, crean o promocionan departamentos de I+D+i, etc, etc.

Los fenómenos de la externalización y la deslocalización puede distorsionar las apariencias y dar la impresión de que generan mercados nuevos o sacan de la esfera de poder de estos conglomerados la construcción de los precios, aproximando el proceso a la dinámica del mercado que suponen los (malos) libros de texto. Nada más alejado de la realidad. Una cosa es la forma legal o de propiedad y otra muy distinta la verdadera gestión. Las subcontratas no son más que unidades productivas internas de la cadena de valor global de la multinacional que, para reducir riesgos y costes, son de capital externo (cuando lo son, y habitualmente, de forma parcial). Pero lo que producen, cuánto producen, a cuánto lo producen, para quién lo producen y hasta cuándo lo producen es una decisión exclusiva de su patrón de facto.

Estas compañías integradas cuasimonopólicas no son la némesis del mercado, sino el epítome del capitalismo. Y uno de sus mayores logros, como bien reconoció el propio Schumpeter. La tremenda capacidad logística que ha sido capaz de desarrollar, por ejemplo, Amazon es indudablemente extraordinaria. Y nada tiene que ver ni con la competencia perfecta ni con ninguna de esas mistificaciones ridículas con las que se entretienen neoclásicos y austriacos.

El supuesto problema del cálculo en el socialismo no existe a día de hoy y, por lo tanto, la planificación ordenada de la economía es perfectamente realizable.

Esos logros técnicos del ingenio humano han sido desarrollados gracias a milenios de acumulación de conocimiento social y se han acelerado exponencialmente en los últimos dos o tres siglos gracias al método científico y el pensamiento lógico-racional. Lamentablemente, en el marco de las sociedades dominadas por el modo de producción capitalista, este proceso se ha dirigido indefectiblemente al aumento de la explotación, la acumulación de ganancias en una clase minoritaria y la exacerbación del consumo masivo (con la consecuente crisis ecológica). Pero, siendo así, ¿debemos renunciar a estos logros técnicos de la ciencia por el uso y la canalización criminal y suicida que les ha dado el capitalismo? De ninguna manera.

Precisamente, el éxito de Amazon y tantas otras empresas es la mayor prueba empírica de la factibilidad de la planificación económica. Bastaría con socializar su capital y democratizar su gestión (sobre todo, en relación a sus trabajadores, aunque no sólo) para convertir una máquina destinada al lucro del individuo más rico del mundo en una herramienta para el desarrollo material y social de la ciudadanía de alcance inusitado. ¿Acaso su increíble sistema logístico no podría servir para distribuir alimentos y medicinas en tiempo récord? ¿Acaso su impresionante grado de automatización no podría servir para reducir la jornada laboral? ¿Acaso su descomunal excedente no podría servir para objetivos más inteligentes y éticos que seguir alimentando la obscena fortuna de una sola persona que acumula, a día de hoy, 166.000.000.000 dólares?[i]

Desde los pioneros soviéticos de la cibernética, como Anatoli Kitov o Viktor Glushkov, hasta los recientes trabajos de Cockshott y Cottrell, las evidencias de que la planificación para el conjunto de la economía es posible y las muestras de los avances en su perfeccionamiento son innegables[ii]. De hecho, al igual que la estructura de producción y distribución integrada y planificada de una gran compañía es mucho más eficiente que el mercado, lo mismo ocurre con una economía completa. Las dificultades de cálculo que en su momento suponía la gestión de una economía de gran tamaño y en plena reestructuración productiva como la Unión Soviética sería hoy fácilmente resoluble gracias al enorme avance de la capacidad de computación y recogida de datos. Por no hablar de las gigantescas posibilidades que ofrecen tecnologías nuevas y desconocidas en aquella época, como la inteligencia artificial, la gestión de los Big Data o la computación cuántica.

El supuesto problema del cálculo en el socialismo no existe a día de hoy y, por lo tanto, la planificación ordenada de la economía es perfectamente realizable. El problema no es técnico, sino político y social. Para entender sus posibilidades y ventajas, falta información, formación, honestidad científica y voluntad; para ponerla en marcha, una revolución. Y nada de eso se hace sencillamente porque los intereses de las clases propietarias lo impiden sistemáticamente. Ni siquiera pueden permitir que exista un debate abierto y sin prejuicios sobre la cuestión, porque de ello depende su posición dominante en la sociedad.

La planificación económica no es una utopía, sino una necesidad. Es necesaria a fuerza de deseable, puesto que abre las puertas a una gestión verdaderamente democrática y sustentable de la economía y, con ella, a la solución de problemas que hoy parecen irresolubles, pero no lo son, como la pobreza, la desigualdad, el paro o las crisis endógenas. Y es necesaria por ser inevitable: ya sea por la fuerza autocrática del capital, que la acabará imponiendo a la fuerza a costa de los residuos de democracia que aún creemos disfrutar, del medio ambiente y, en fin, del propio género humano; o ya sea por el empuje de las masas, que la exigirá como única forma de resolver las contradicciones de un sistema económico cada vez más inviable, antidemocrático y destructivo.

Debemos olvidar las imposturas de la teoría económica vulgar, simple servidora del poder

Sin embargo, la planificación económica es necesaria, pero no suficiente. Debemos perseguirla para ponerla a nuestro servicio antes de que el capital nos ponga definitivamente a nosotros al suyo. Y eso exige que la planificación sea verdaderamente democrática. De nada serviría imponerla para que se convirtiera en instrumento de dominio de nuevas castas burocráticas, como ocurrió en la URSS estalinista.

Para ello, debemos recordar y aprender de la historia de los errores y los horrores del pasado. Y, al mismo tiempo, debemos olvidar las imposturas de la teoría económica vulgar, simple servidora del poder. Debemos poner en marcha la planificación, perfeccionarla y aprender de ella.

Y todo ello para algo muy sencillo: recuperar el control sobre nuestras vidas. Vidas que ahora parecen sometidas a fuerzas sobrehumanas tan incontrolables como los falsos dioses de los que creían depender nuestros antepasados.

Al igual que la ciencia nos salvó de las tinieblas de la religión, la planificación económica democrática ha de salvarnos del capitalismo, un Juggernaut moderno que, si no lo impedimos, acabará aplastándonos bajo las ruedas de nuestra propia locura colectiva.

[i] Para quien se pierda con estas cifras, que sepa, por ejemplo, que esta fortuna supera al PIB anual de 132 países del mundo, que equivale al gasto en pensiones de España a lo largo de todo 2018 o que supone 1,7 veces el montante total actualizado del plan Marshall.

[ii] [ii] La obra de referencia de Cockshott y Cottrell es “Towards a New Socialism”, de 1993. Un reciente y recomendable texto en español es “Ciber-comunismo. Planificación económica, computadoras y democracia”, del propio Cockshott y de Maxi Nieto, editada por Trotta en 2017. En España se está poniendo en marcha una interesante iniciativa que, por el momento, ha tomado forma de grupo de investigación y página web: https://cibcom.org


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